Los investigadores dudan de que haya desaparecido la nomenklatura en la Rusia de hoy
En 1957, a través de un libro titulado La nueva clase,
Milovan Djilas denunció la existencia de la nomenklatura.
Sabía de lo que hablaba, pues había destacado como
dirigente comunista en Serbia y refería una experiencia
de gobierno bajo la influencia de los métodos soviéticos
de control. Quince años más tarde, el moscovita
Michael Voslensky trató con mayor profundidad el asunto
para hablar de un régimen de terror y corrupción,
que pudo descubrir cuando escapó de los bolcheviques
para escribir un volumen titulado La nomenklatura.
Los privilegiados en la URSS. Las publicaciones abrieron
el camino para múltiples indagaciones y para la recolección
de testimonios gracias a los cuales quedó al descubierto
una de las más escandalosas aberraciones en términos
de administración y gobierno sucedidas en el siglo XX.
De acuerdo con las fuentes mencio- nadas, la nomenklatura
fue una red de vínculos personales debido a la cual se
formó un estamento encargado de gobernar en atención
a las solicitudes del mecanismo que permitió a sus miembros
el ascenso. Para extender su influencia en la vastedad de
la antigua Rusia no podía el Partido Comunista contar
con la divulgación de su doctrina, capaz de concitar
resistencias en lugar de simpatías, ni con el despliegue
de una violencia desenfrenada que sería motivo de descrédito
en el exterior. ¿Cómo establecer un predominio exclusivo
y excluyente, sin exagerar con la ideología y disimulando
la represión? Mediante la recluta de individuos capacitados
para hacer el trabajo en cualquier rincón del mapa. Sólo
se requería que fueran miembros del Partido Comunista,
pero más importaba la respuesta que se diera a la llamada
de un líder que las demostraciones de marxismo-leninismo
que cada quien pudiera ofrecer. En un mundo que estaba por
hacer, se necesitaba una suerte de mano de obra especializada
en gobernar en todas las escalas, siempre que fuese leal al
anfitrión. Las posiciones se reservaban en términos
de exclusividad para los miembros del partido, pero dependían
de la eficacia de los convidados en servir a sujetos de mayor
jerarquía y en la forma de escalar hacia la cúpula.
Lenin escribió en 1922 sobre la necesidad de trabajar
con "personas políticamente confiables", afirmación
en la cual los historiadores encuentran el origen de la nomenklatura.
Como no se procuraron mecanismos democráticos para el
encuentro de los colaboradores, se miró hacia los que
parecían confiables, o sumisos, o habilidosos, o simpáticos,
o espabilados, o inescrupulosos, o simplemente tontos que
disimulaban su estupidez, para que todo desembocara en una
trama de connivencias y rivalidades que con el tiempo se convirtió
en una forma petrificada de dirección. Una jerarquía
formada por patrones de diversa calidad y por clientes de
variada estatura, reinó en las alturas hasta que vio
el ocaso en tiempos de Gorvachov. Es evidente cómo la
manera de reclutar significó una discriminación
frente a las masas que esperaban la redención anunciada
por el Kremlin, pues apenas ascendía y mandaba un elenco
escogido por camarillas al ritmo de las circunstancias. Sin
embargo, la iniquidad pasó a mayores debido a cómo
se apoderaron de la sociedad los ungidos por los nuevos señoríos.
El Partido Comunista decretó la eliminación de
los privilegios del capitalismo, pero no los sacó del
juego: se convirtieron en la manera de compensar a los miembros
de la nomenklatura, o de garantizar su compromiso. De allí
que, como afirmara Djilas, naciera una "nueva clase" que se
apropió de los beneficios materiales que se negaban al
pueblo: viviendas de lujo, objetos suntuarios, adquisición
masiva de divisas, negociados en el mercado negro, impunidad
en los tribunales, mesas con alimentos exóticos, servicios
especiales de salud y estética, turismo de lujo, compañeras
y compañeros solícitos para el disfrute sexual&,
que quedaron vedados para el común de los "camaradas"
a quienes apenas quedaba la esperanza de disfrutar algún
día las mieles de una sociedad de iguales. En la medida
en que los nomenklaturas se aficionaban a la buena vida, estaban
dispuestos a cualquier perfidia para mantenerla o para disfrutarla
en mayor grado, peleando a dentelladas por puestos en la alta
burocracia o aferrándose a ellos por cualquier precio.
Los investigadores dudan de que, pese a la magnitud de sus
pecados, haya desaparecido la nomenklatura en la Rusia de
hoy. Según afirman, en un grotesco cogollo como el de
los privilegiados del bolchevismo, o en la habilidosa forma
de maquillarlo, ha encontrado Vladimir Putin la ocasión
de un cetro a perpetuidad. Pero quizá no estemos sólo
ante un engendro soviético. Si se produjo en latitudes
sobre las cuales influyó el peso de una ideología,
la nomenklatura está a la vuelta de la esquina en otras
cuyos mandones apenas manejan discursos rudimentarios.
eliaspinoitu@hotmail.com
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