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El psicópata cotidiano

Una vez que está arriba no lo saca nadie. No larga el poder y mucho menos lo delega

ROBERTO GIUSTI |  EL UNIVERSAL
martes 27 de enero de 2009  12:00 AM

No todos los políticos son psicópatas, ni todos los psicópatas son políticos, pero entre estos últimos suelen abundar unos cuantos de los primeros, según apunta el doctor Hugo Marietán, uno de los principales especialistas argentinos en psicopatía, en entrevista publicada por el diario La Nación, de Buenos Aires, el pasado 14 de enero. Marietán encuentra una categoría, entre este tipo de personalidades, los "psicópatas cotidianos", quienes, a su juicio, no son enfermos mentales, "sino una manera de ser" que a menudo llega a la cima política, económica y del reconocimiento social. Si bien el reputado psiquiatra no se refiere a nadie en particular, define una serie de características que deben resultarles familiares no sólo a los habitantes de ese país, sino del nuestro.

Se trata de una variante poco frecuente del ser humano que se caracteriza por sus necesidades especiales. Está animado de un afán desmedido de poder, de protagonismo o de matar. Funciona con códigos distintos de los manejados por la sociedad y suele estar dotado para ser capitán de tormenta por su alto grado de insensibilidad y tolerancia a situaciones extremas. Es mentiroso, pero un mentiroso peculiar. Es un artista. Miente con la palabra, pero también con el cuerpo. Finge sensibilidad. Uno le cree una y otra vez porque es convincente. Un dirigente común sabe que debe cumplir su función en un tiempo determinado. Cumplida su misión, se va. Al psicópata, en cambio, una vez que está arriba, no lo saca nadie. No larga el poder y mucho menos lo delega. Y aquí el doctor se pone casi travieso: "quizás usted recuerde a alguno así&".

Según Marietán alrededor del dirigente psicópata se mueven obsecuentes, gente que, bajo su efecto persuasivo, es capaz de hacer cosas que de otro modo no haría. Gente subyugada que puede ser de alto nivel intelectual. Este tipo de dirigente no toma a los ciudadanos como personas con derechos, sino como cosas. Porque el psicópata siempre trabaja para sí mismo, aunque en su discurso diga lo contrario. La gente es mero instrumento. Este tipo de personalidad resulta incapaz de ponerse en el lugar del otro. Todo debe estar a su servicio: personas, dinero, la famosa caja para comprar voluntades. Utiliza el dinero como elemento de presión. Su preocupación es ¿cómo doblego la voluntad del otro? ¿Con dinero, con un plan, con un subsidio? ¿Cómo divido? Es "un yo te doy, pero vos me devolvés, venís a tal o cual acto." No es un dar desinteresado, sino usar a las personas para construir su poder.

Marietán concluye que el psicópata cotidiano apela a banderas suprapersonales: la salvación en el más allá, la patria, el hombre nuevo. El problema es que el psicópata, advierte, necesita la crisis. Ser reconocido como salvador. En la paz no tiene papel. No la soporta Por eso las sociedades lideradas por él viven de crisis en crisis.

rgiusti@eluniversal.com



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