Pretender la permanencia vitalicia remite al advenimiento de una situación de barbarie
En mi trabajo de escribidor he procurado alejarme del término
barbarie para explicar situaciones o personajes de
la historia. He considerado a ese vocablo como resultado de
un prejuicio sobre la aptitud de unas sociedades a las cuales
quiere imponerse una vacuna de compostura para aprobar el
examen de virtudes que les permita acceder a la fiesta de
la civilización occidental. Salida de la pluma de Sarmiento,
de Gallegos o de muchos de nuestros positivistas, la expresión
me ha parecido una simplificación de maestros presuntuosos
en un aula que no merecen. Hoy, sin embargo, ante la arremetida
del chavismo contra un modo de convivencia labrado a través
de los siglos, estoy en el trance de cambiar de opinión.
Especialmente ahora, cuando la pretensión de quienes
insurgen contra una cohabitación lograda a costa de inmensos
sacrificios, pretende convertirse en permanencia a través
del atajo de una enmienda constitucional.
Después de incontables esfuerzos que datan de los inicios
de la historia republicana, Venezuela logró un acuerdo
en torno a las formas de vivir, a la aceptación de regulaciones
compartidas por la mayoría y dispuestas desde una racionalidad,
a las maneras de subsistir y de ascender en la vida, a la
existencia de dioses y demonios, a un entendimiento de la
rutina que no fue consecuencia de una imposición sino
de una evolución convertida en hecho concreto cuando
mediaba ya el siglo XX. De allí que se fuera formando
una sensibilidad que puede estimarse como producto de una
civilización fabricada a cuentagotas, de acuerdo con
los requerimientos de sus integrantes y con la fidelidad a
unos principios sugeridos por los fundadores de la nacionalidad.
Sujeta a perfección y aun a cambios de gran calado, esa
suerte de civilización hecha de acuerdo con las solicitaciones
del entorno nos ha convertido en un conglomerado que ha logrado
sus metas y puede aproximarse a otras partiendo de la valoración
de sus antecedentes.
Pero, cuando la alternativa de una transformación depende
del capricho de un solo individuo a quien no distingue una
historia capaz de presentarlo como algo diferente a un sujeto
corriente, ni la posesión de un pensamiento susceptible
de considerarse como tal, ni la existencia de un plan en el
cual quepa la mayoría de los gobernados, ni la comprensión
del mundo que le rodea, ni siquiera una mínima prenda
de civismo o de sacrificio que lo conecte con los logros esenciales
de la sociedad, es evidente que no podemos hablar de una mutación
sino de la proximidad de un abismo del cual difícilmente
se pueda salir debido a que marca la ruta de un fracaso colectivo,
de la negación de lo que hemos hecho como pueblo para
entrar en una insondable oscurana. Que tal individuo sea el
accidente de una década puede tener explicación
y remedio, pero que pretenda permanencia vitalicia remite
al advenimiento de una situación de barbarie.
La palabra suena mal, quizá parezca concepto del pasado
remoto, pero basta con mirar el paisaje para sentirla como
una realidad. Está en los insultos del mandón contra
los estudiantes, en la lluvia de lacrimógenas y en la
proliferación de patrañas con las cuales ha respondido
a sus reclamos. También se palpa en la invasión
de las áreas universitarias con armas de fuego, se expresa
a través de las amenazas contra la Nunciatura Apostólica,
marcha sin embozo a atacar una celebración pacífica
de Bandera Roja y a calumniar a los directivos del Ateneo
de Caracas, forma parte de las transmisiones del canal 8 dedicadas
a la calumnia impune, muestra sus colmillos en las trabas
puestas a los gobiernos regionales de oposición que no
pueden ejercer sus funciones debido a la resistencia de bandas
de forajidos. Pero, en especial, está metida en el pellejo
de un mandón cuya última ocurrencia ha sido la de
anunciarse, sin argumentos que lo respalden, simplemente por
el volumen de sus gritos, como sinónimo de patria y patriotismo.
Dado que cualquier punto de vista debe sustentarse en testimonios
concretos, y como no se señalan ahora episodios pasajeros
sino conductas recurrentes, se puede asegurar que, si no existe
ahora una barbarie como la condenada por los autores clásicos,
estamos ante un fenómeno que se le parece como gota de
agua.
El desafío consiste en detenerla antes de que se meta
en los huesos de la sociedad, antes de que sea el cáncer
que consuma una historia que ha costado mucho. La oposición
a la reelección indefinida en un lenitivo al alcance
de la mano, por ahora y entre otros.
eliaspinoitu@hotmail.com
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