CARACAS, viernes 09 de enero, 2009 | Actualizado hace
Sacándole punta al lápiz durante estos días,
descubrí que el precio del barril venezolano cayó
justo cuando estábamos más cerca de registrar el
mayor ingreso petrolero por habitante de nuestra historia.
Es decir, si tomamos los ingresos por exportaciones petroleras,
los corregimos por inflación y los dividimos por habitante,
el punto más alto sigue siendo 1974 (502 dólares
de 1958). En el año que acaba de terminar, nuestras exportaciones
petroleras per cápita resultaron 12% menores a ese valor
(440 dólares de 1958). Esto es lo más cerca que
hemos estado de aquél punto de máximo esplendor
petrolero.
Pero las similitudes van mucho más allá. Con aquél
ingreso (producto del embargo de los países árabes
a Estados Unidos por su apoyo a Israel durante la guerra del
Yom Kippur), el gobierno se embarcó en una ola fiscal
expansiva que comprendía la construcción de una
enorme red de empresas públicas, además de la nacionalización
(estatización) del hierro y el petróleo. El impulso
de demanda generó una fuerte presión de precios,
la inflación del quinquenio (8%) casi triplicó la
del gobierno anterior (3%), pero gracias a la abundancia de
divisas no se implementó ninguna devaluación. En
un país que mantenía numerosas áreas de su
economía cerradas a la inversión y a la competencia
extranjera, se generó una pequeña elite de grupos
económicos que hicieron una fortuna repentina, con base
en la producción nacional de cuanta cosa (protegida)
fuese posible.
El 2009 será diferente. Si el precio promedio de nuestro
barril se estabiliza entre 40-50 dólares, vamos a terminar
con un ingreso petrolero por habitante similar al registrado
durante los dos primeros años del gobierno de Jaime Lusinchi:
1984-1985. Esta coincidencia también irá mucho más
allá.
Enfrentados con una fuerte caída en los ingresos petroleros,
los políticos de entonces implementaron un régimen
de cambio diferencial, colocaron los bienes que competían
con la producción nacional a 7,50 (74% de devaluación),
impusieron un control de precios (Conacopresa) e introdujeron
nuevos impuestos (Alcohol, timbres fiscales, y reformas para
acelerar la recaudación del ISLR). Más importante
aún, decidieron utilizar las reservas internacionales
para mantener el ritmo de crecimiento de las importaciones.
En el quinquenio de Jaime Lusinchi, las exportaciones pasaron
de 13.937 a 10.244 millones de dólares, pero las importaciones
crecieron de 5.783 a 11.465 en esas mismas unidades. El país
quedó en el chasis.
Ese es el panorama. El gobierno podría reconocer que
el futuro ya no es lo que era antes (Mafalda dixit) e implementar
un programa de ajustes que en cualquier caso tendría
un fuerte componente de devaluación, reducción en
el consumo, aceleración de la inflación, y disminución
del gasto en términos reales. Es eso, o seguir la receta
de Lusinchi y cruzar los dedos. Un whisky más en la barra
del Titanic. La clave aquí es por cuánto tiempo
se podría prolongar la depresión en los precios
petroleros, y si ese período es suficiente para salir
a buscar un Carlos Andrés cualquiera que pague las cuentas.
Es decir, el punto clave es si el Pérez de Lusinchi en
el caso de Chávez es el propio Chávez, o algún
otro. ¿No?
www.miguelangelsantos.blogspot.com
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