CARACAS, martes 06 de enero, 2009 | Actualizado hace
El primer deber de todo venezolano, reza la Constitución,
es el de "honrar y defender a la patria, sus símbolos
y valores culturales, resguardar y proteger la soberanía,
la nacionalidad, la integridad territorial, la autodeterminación
y los intereses de la Nación". Quien se diga parte vital
de Venezuela, en otras palabras, ha de tenerla siempre como
lo primero.
La afirmación viene al caso por la noticia de que el
Presidente permitió que la bandera cubana ondease dentro
del templo de nuestra memoria nacional, el Panteón Nacional,
decretado por Guzmán Blanco en 1874.
A los honores de éste sólo pueden acceder los venezolanos
ilustres quienes hayan prestado servicios eminentes a la patria,
luego de transcurridos 25 años de sus fallecimientos.
Pero no basta. Se requiere de una decisión de la Asamblea
Nacional, por ser ésta, en teoría, la depositaria
de la soberanía popular, y una vez como le hayan formalizado
alguna recomendación al respecto el mismo Presidente,
las dos terceras partes de los gobernadores de Estado o el
plenario de los rectores de nuestras universidades nacionales.
La sola visita del Presidente de Cuba, Raúl Castro,
o los honores de rigor que se le hayan rendido en el Panteón
-el ondeo de su bandera o la escucha de su himno- carecerían
de significación, en todo caso, que no fuese por el contexto
que les adorna.
Es obligante que todo Jefe de Estado amigo rinda homenaje
a Bolívar ante sus restos y lo es, también, que
al momento, presidiendo el acto las banderas de la nación
anfitriona y la del visitante, se escuchen nuestro himno y
el de quien tributa su respeto al Padre Libertador. La dignidad
o indignidad del visitante, su admisión o no al Panteón
en calidad de huésped es un asunto sujeto a la decisión
gubernamental, según los usos de la diplomacia; lo que
no excluye, en toda democracia, el libre juicio de la opinión
pública acerca de la inconveniencia o impertinencia de
tal decisión. Pero el contexto, cabe repetirlo, en el
caso del hermano de Fidel, es otro. De allí la irritación
que causa su presencia en la catedral de nuestros héroes.
No es suya la culpa, es verdad, sino de Hugo Chávez
Frías, quien negándose a sí el título
de Presidente de "todos" los venezolanos, peor le calza y
mal lleva el de soldado de nuestro Ejército de Libertades.
Relaciones cordiales y hasta privilegiadas con naciones extranjeras
las han tenido todos los gobiernos precedentes al actual.
Ninguno, sin embargo, permitió, por respeto a la dignidad
soberana del país y por lealtad a lo venezolano, que
los ministros y funcionarios de aquéllas despachasen
nuestros asuntos como si fuesen cosa propia u ocupasen nuestras
oficinas públicas en comunidad con los funcionarios locales.
Ningún oficial militar, para ascender u obtener los
grados de su carrera, tuvo que rendirse ante los pies de ningún
gobernante extranjero o someterse a la vigilancia de sus comisarios.
Y en la hora de la repartición de nuestra riqueza, todos
los gobernantes y legisladores que ha tenido Venezuela, hasta
los más indolentes y desprevenidos, tuvieron el cuidado
de satisfacer primero las necesidades del país antes
de aplicar recursos a la cooperación con pueblos extraños.
No ha sido el caso de Chávez.
No es un cuento que al visitar Fidel Castro a Venezuela,
en 1959, una vez como triunfa su revolución contra Batista,
y al entrevistarse con el presidente electo, Rómulo Betancourt,
aquél le pidió a éste como regalo unos barriles
de petróleo. Y Rómulo, al rompe, le dijo que el
oro negro era la fuente de bienestar de Venezuela y el que
lo quisiera debía pagarlo en contante y sonante. Desde
entonces surgió un desencuentro que, de espaldas a su
primer deber como venezolano, zanjó en beneficio de Castro
el actual inquilino de Miraflores.
Desde que asumió el poder este soldado de la traición
no ha hecho sino vejar a la milicia y ofender en sus sentimientos
más íntimos al pueblo venezolano. Hasta se permite
someter al dictado del gobernante de La Habana sus acciones
como gobernante de Venezuela y escucha para ello, incluso,
el criterio determinante del innombrable Procónsul cubano
en la ciudad de Caracas. Las necesidades que privilegia la
Casa de Misia Jacinta, hoy, son las cubanas, o la de los aliados
de la revolución. Luego, si caben o alcanza, se atienden
con mendrugos las de nuestra Patria, y por ello mismo se agotó
el Tesoro Público. ¡Nada más insolente!
Al observar la bandera del pueblo de Martí batir el
viento sobre nuestro suelo, de suyo me viene preguntarle a
Chávez Frías, quien mal habla y despotrica en el
exterior de todos nosotros, sus conciudadanos, ¿si acaso
es o se siente venezolano, o si tiene conciencia de su primer
deber como tal, que es anterior y superior a sus deberes de
gobernante?
correoaustral@gmail.com
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