CARACAS, domingo 21 de diciembre, 2008 | Actualizado hace
Para Axel Capriles, quien no es un vivo o un pícaro, vive constantemente peleando y de mal humor, ofendido, mientras otro más tolerante se lo toma más suave, lo aguanta mejor (Kisaí Mendoza)
La picardía es uno de los temas claves para entender uno de los rasgos lamentablemente distintivos del venezolano; y el psicólogo y terapeuta Axel Capriles lo devela minuciosamente en su libro La picardía del venezolano o el triunfo de Tío Conejo (Taurus, 2008).
-¿Qué es un pícaro?
-Un transgresor, en quien la maldad no surge como primera característica y además tiene unos elementos de humor, de chiste. Pero está en el límite del pícaro que se caracteriza por su cinismo, por no tener valores, que se puede convertir en delincuente y hasta en psicópata.
-Eso es peligroso, alguien así podría hacer lo que le da la gana...
-Y es el pícaro que no se detiene en principios, con tal de obtener lo que quiere, aunque no es el psicópata.
-Vende a la madre, pero no la mata.
-No llega al crimen.
-¿Si el pícaro es la expresión de un arquetipo universal, por qué hablar de la picardía del venezolano?
-Por su presencia como rasgo dominante en nuestra cultura. Hay una expresión que no menciono en el libro pero que recordé recientemente, y es el verbo "caribear". "No te dejes caribear", le decían a uno pequeño, no te dejes engañar, no seas tomado por tonto. Es una especie de mandato fundamental. La viveza es un valor cultural. Lo que particulariza nuestra sociedad es la celebración de la astucia, la chispa y la viveza. Disfrutamos y encontramos graciosas las historias de infracción y transgresión de la norma. En todos lados hay pícaros y embaucadores, pero raras veces se los celebra. Aquí son una especie de héroes culturales. Además, en un país ahogado por las normas rígidas y la burocracia, la astucia es una función de adaptación indispensable para sobrevivir. Si no somos suficientemente vivos la podemos pasar muy mal.
-Pero si la picardía es una cultura del atajo, de rapidez y flexibilidad, ¿cómo es eso de un país ahogado por normas rígidas?
-Has dado en un punto bien importante y bien interesante desde el punto de vista psicológico, sobre todo porque afecta sobremanera nuestra vida cotidiana. Es la gran paradoja. El pícaro es arquetípicamente el espíritu del desorden y pareciera que para compensar el caos y la anarquía que su presencia propicia hemos desplegado una inusual rigidez de procedimientos, un exceso burocrático que complica hasta las más simples tareas de todos los días. Todo reclama papeleo, prelaciones, formalidades. Sacar un pasaporte, registrar un documento de venta, cualquier trámite que necesitemos como ciudadanos se hace cuesta arriba. No es así en otros países donde las autoridades están para simplificar las cosas y ayudar a los ciudadanos. ¿Por qué la rigidez, la prepotencia, la arbitrariedad, el exceso burocrático? Pareciera que la informalidad y la flexibilidad son rasgos predominantes en nuestra consciencia. Como el orden y la norma no son valorados suficientemente ni tienen mucho espacio en nuestra visión del mundo, cuando aparecen lo hacen de manera burda, rígida e inadaptada.
-¿Cómo se manifiesta la picardía en la vida política del país?
-El pícaro es una persona sin escrúpulos que busca caer parado y aprovecharse de cualquier situación. Es el tránsfuga que cambia el color de su franela con tal de tener la barriga llena. No tiene verdaderos ideales y utiliza todo tipo de engaños para conseguir su bien. Ya esa imagen nos habla de los excesos cínicos en que ha caído la política venezolana de los últimos años. De entrada, pareciera que el pícaro y el avispado, que hacen lo que les da la gana, que no se someten a la norma y burlan la ley, son antídotos en contra del autoritarismo. No es así. La máxima colonial "se acata pero no se cumple" es un legado de la picardía que se ha convertido en una extraña forma de sumisión política. El pícaro es insensible a los valores y se somete sin vergüenza al mando del más fuerte a quien luego burla con astucia. Pero el vivo no se rebela, no se opone a la autoridad, no se enfrenta al mandón, no lo confronta ni busca cambiar el orden establecido. Pasa agachado. Es, en realidad, una fuerza conservadora que baja su cabeza ante el poder.
-¿La fortaleza del Estado es un estímulo o una limitación a la picardía?
-Si hablas de un Estado de derecho con poderes e instituciones independientes y fuertes, veríamos una disminución de la astucia y la viveza como fórmulas de adaptación. El ciudadano estaría mucho más protegido y tendría pautas permanentes para orientar su conducta. Pero ese no es el caso venezolano. Aquí, por el contrario, el Estado, como presencia titánica y todopoderosa, es el principal estímulo a la picardía. Cuando el Estado invade los rincones de la vida privada y las actividades económicas de los ciudadanos, cuando impone todo tipo de controles y regulaciones y pretende maniatar a los individuos, el instinto básico de supervivencia encuentra en la astucia el mecanismo indispensable para devolver la libertad perdida. Además, el Estado en nuestro país en lugar de ser un garante de la ley representa la arbitrariedad del poder. Y ante la prepotencia la fuerza bruta de Tío Tigre, lo único con lo que cuenta el pequeño Tío Conejo es con su astucia y su viveza.
-¿Qué pueden hacer los que no son vivos para sobrevivir?
-Mal que bien se logra sobrevivir, pero a duras penas, muy desadaptado, le cuesta mucho. La persona que es, por ejemplo, estricta en cuanto a normas o procedimientos, en Venezuela vive constantemente peleando, de mal humor, vive ofendido, se hace difícil; mientras que la persona que se lo toma más suave, más "caribeño" lo aguanta mucho mejor.
-Según una encuesta que usted realiza en su libro, los suizos y los mexicanos ven mal a los pícaros, ¿son bobos según el modo de ver venezolano?
-Lo que muestra eso son las diferentes valoraciones de la picardía. Como es tan obvio para nosotros que lo contrario a un pícaro es un bobo, y otra persona lo ve desde un ángulo totalmente diferente, entonces dice que son cosmovisiones, mundos distintos, formas dispares de entender las cosas.
Ana María Hernández G.
EL UNIVERSAL
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