Esta anarquía permite, tolera o quizás fomenta una industria armamentista clandestina
Epítome: Resumen o compendio de una obra extensa,
que expone lo más fundamental o preciso de la materia
tratada en ella". Así el Diccionario de la Real Academia.
Pues acabamos de vivir el epítome de los diez años
de Chávez: una fábrica clandestina de balas en Petare.
Esta muestra emblemática de desarrollo endógeno,
de Pyme revolucionaria, ahorra mucha tinta y espacio mediático:
cuando usted oiga hablar al Presidente o a sus personas, recuerde
que este Gobierno permite fabricar municiones a sus espaldas.
Habría que decir que esta anarquía permite, tolera
o quizás fomenta una industria armamentista clandestina,
porque cualquier teoría del Estado, desde el far right
hasta el maoísmo, afirma sin ambages que la fuerza de
las armas debe ser controlada por el Gobierno. Impedir que
nos matemos unos a otros es el cometido esencial del Poder
Público, y resulta que cada vez más ello parece
estar fuera de los objetivos del socialismo del siglo XXI.
Esta política industrial del chavismo -no olvidemos
la granada en el 23 de enero de hace pocas semanas: ¿habrá
también una fábrica de minas personales?- tiene
como contraste paradójico la nacionalización de
tantas cosas que sí podrían estar en manos privadas,
de hecho estuvieron, como los teléfonos o la luz eléctrica.
El Gobierno nacionaliza con furor la economía y privatiza
el poder de fuego, las armas y la violencia: el mundo al revés.
No se trata de criticar a discreción la nacionalización,
proceso muy discutible, sino de anotar dos lemas esenciales:
el que mucho abarca poco aprieta y zapatero a tus zapatos.
Antes de producir ocumo, el gobierno debe controlar las armas;
antes de poner inyecciones, Petróleos de Venezuela debe
producir petróleo. Si ese Gobierno se dedica a las verduras,
le montarán un enriquecedor de uranio en Catia. (Ha habido
otros gobiernos que han hecho muchas cosas, pero casi todas
mejor que éste: su agenda telefónica tiene más
nombres; la del Presidente no pasa de cinco).
La fábrica de balas es epítome también porque
el malandro se ha convertido en el Juan Bimba de estos años.
El campesino que se superaba, al que Rómulo Gallegos
y Andrés Eloy le enseñaban a leer, ha sido sustituido
por el motorizado malsín (no el trabajador, que son tantos).
Moto, misión y pistola.
glinares@cjlegal.net
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