CARACAS, miércoles 08 de octubre, 2008 | Actualizado hace
Poderosas máquinas trituraran un legajo hermoso en la
historia del deporte. Bajo los auspicios del progreso, el
mítico Yankee Estadium pierde su último partido,
frente a la endemoniada velocidad del mercantilismo.
Corría la década de los veinte. Frente al crecimiento
inusitado de Nueva York como genuina expresión del éxito
de una nación de inmigrantes; el beisbol asumió
el papel de vanguardia del esparcimiento de las grandes mayorías.
En la búsqueda de un héroe que sintetizara al norteamericano
común, surgió Babe Ruth con sus laberínticos
cuadrangulares. Aquel tosco y regordete jugador requería
un lugar majestuoso en donde los aficionados cómodamente
instalados, pudiesen disfrutar de su poder sin límites;
avezados comunicadores sociales de la época iniciaron
una campaña en la búsqueda del escenario ideal para
los Yankees de Nueva York. El 18 de abril de 1923, abrió
sus puertas al público la nueva joya arquitectónica.
Sus modernos palcos con mayor visibilidad que los estadios
de Chicago y Boston, abrieron la dura rivalidad entre los
fanáticos que festejaban las inolvidables performances
del bambino.
Han trascurrido ochenta y tres años desde aquellos idílicos
instantes que forjaron el amor por la disciplina que tanto
gusta a los venezolanos. Más de veintiséis series
mundiales envueltas en la magia del parque del Bronx. Nadie
podrá medir tantos hechos traducidos en leyenda.
Estando Babe Ruth en la cumbre del éxito deportivo,
surgió otra centella en el firmamento boreal de los incomparables,
una primera base de gran poder y exquisito guante, su nombre
Lou Gehrig. Ambos se constituyeron en los ejes del mejor
equipo en la historia del beisbol, los Yankees de 1927. Aquella
pareja se cansó de darle lauros a los neoyorquinos; cuando
descendía la aureola de Babe Ruth, apareció un hijo
de inmigrantes italianos que causaría furor: Joe DiMaggio.
Mientras el llamado Yankee Clipper, patrullaba el valle de
la muerte en el jardín central; una enfermedad degenerativa
fue ahogando las privilegiadas condiciones de Gehrig. Quizás
estos ídolos convertidos en elegante trípode, en
donde unos emergían y otros descendían del trono;
luchando desde el mismo uniforme por ser el rey de los aplausos.
Hicieron que sus rivalidades y encuentros, sirviesen como
herramientas para elevar la popularidad del equipo. Sin duda
la oncena que concita el mayor respaldo en las grandes ligas.
Los músculos de miles obreros de la construcción
derribaran las viejas estructuras que sostienen las columnas.
El serpenteo incesante de las máquinas removiendo escombros,
podrá destrozar el armazón de hierro y cemento;
sin embargo nunca harán olvidar el juego perfecto de
Don Larsen en la serie mundial de 1956. Losas que caen, y
mueren en la grama reseca. Mientras el recuerdo de Mickey
Mantle luchando con sus lesiones, nos conecta con los sesenta
y un jonrones de Roger Maris. ¿Donde caerían los
tres cuadrangulares de Reggie Jackson en el juego final de
la serie mundial de 1977?
En el viejo estadium boxearon Mohammad Ali, Sugar Ray Robinson
y hasta el bombardero de Detroit, Joe Louis, frente al alemán
Max Schmeling. Fueron batallas épicas en la historia
de los ensogados; ningún cruce de palancas cambiará
el campeonato de sentimientos y vergüenza deportiva que
forjaron estos héroes de millones.
Y pensar que en estos graderíos convertidos en copiosa
lluvia de escombros, el Papa Pablo VI llevó la
flor del evangelio, al igual que Juan Pablo II. Asimismo
el célebre evangelista Billy Graham, duró más
de cuarenta y cinco años predicando la Palabra de Dios,
en este escenario. Eran campañas que duraban todo el
mes de noviembre.
Ni hablar de los de los afamados grupos musicales y personalidades
del mundo del espectáculo.
Ahora su agonía no apagará la grandeza que se impregna
en sus paredes. Esa historia maravillosa construida por los
Yankees de Nueva York, no se perderá en los bloques desperdigados.
El progreso avanza a pasos agigantados, la historia seguirá
exponiendo los hechos deportivos que se ocultan tras las bases
de una nueva estructura.
alexandercambero@hotmail.com
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