Al muchacho lo criaron en la Zona F de 23 de Enero
Introvertido, temeroso, solitario y de muy pocas palabras. Así describen los moradores de los bloques 34, 35 y 36 de 23 Enero al joven de 25 años que el sábado pasado lanzó una granada a la caminería donde los vecinos de esa zona estaban reunidos, todos alrededor en un "remate" de caballos.
Los que murieron y los que hoy reviven a ratos la explosión vieron crecer a Jefferson José Arnal. "Siempre pensé que iba a matar a alguien o a muchos y que él terminaría mal. Andaba con malas juntas", dicen quienes lo conocieron desde niño, "pero que mi nombre no salga, por favor, que sus amigos son malos, y con los narcos uno no se mete porque podemos terminar muertos", dijeron como condición para ofrecer más sobre el joven.
Jefferson -aseguran- era un joven con un intelecto que podía asustar a cualquier. De sólo observar durante varias horas una moto desarmada, por ejemplo, lograba rehacerla sin que alguna pieza quedara por fuera. "Y hasta prendía y funcionaba bien", explicaron los vecinos con un dejo de desesperanza, como si quisieran resaltar que el muchacho hubiese podido desarrollar otro futuro.
Sin embargo, sólo aprovechó esa destreza para ayudar a quienes tenían armas y necesitaban una reparación rápida. Según aseguraron los lugareños de la Zona F de 23 de Enero, ése, al parecer, se convirtió en alguno de sus oficios: "repararle las armas a varios hampones y narcotraficantes de la zona".
Estiman que como parte de pago, por alguno de los trabajos, pudo haber obtenido la granada, que drogado lanzó. "La certeza sólo se la llevó "Urraca" a la tumba", indicaron.
"Urraca" era el mote que le habían puesto a Jefferson, pero no explicaron por qué. Al que sí le dieron justificación fue a "Gaferson", otro de los remoquetes. Decían que era un joven muy alto, delgado y muy desgarbado. Caminaba con desdén y parecía siempre tener flojera.
Lo criaron en el bloque 34. Su familia aseguró que el joven terminó bachillerato y tuvo dos trabajos, pero luego comenzó a consumir droga y desde hace dos años vivía en la calle.
Sus deudos aseguraron que hubo tiempos en los que el muchacho oía sirenas, veía helicópteros y mantenía el delirio de que lo querían asesinar.
A veces se violentaba, pero fueron contados los episodios en los que los moradores lo vieron discutir. "Lo que sí repetía con frecuencia cuando estaba drogado era que antes de morir se llevaría con él a varias personas".
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