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De la vida misma
PEDRO PABLO PEÑALOZA |  EL UNIVERSAL
miércoles 3 de septiembre de 2008  10:37 AM

A continuación podrá conocer dos historias paralelas que han terminado unidas por una pluma y una misma calamidad: La falta de un buen seguro médico. De antemano, debe aclararse que aquí jamás se descalificará o cuestionará la encomiable labor que galenos y enfermeras desarrollan en el sector público.

Pasa con estos profesionales de la salud como con los jugadores de la Vinotinto. Al reconocerlos como héroes y mártires de un sistema que les agobia, termina uno culpando a las autoridades, la federación y hasta la providencia por la pelota que se estrella en el travesaño o el bisturí que se perdió en el quirófano. Da igual.

El primer hecho que aquí será narrado ocurrió en el dispensario Padre Machado, "clínica solidaria" ubicada en Montalbán. Hasta allí se acercó "José Rodríguez" el jueves para practicarse una tomografía. Llegó bien temprano, a las 6 de la mañana. Unas 120 personas estaban delante de él. "A qué hora habrá llegado el primero en la cola", se preguntaba, mientras se quitaba las lagañas y la envidia lo carcomía. "Ese tipo debe estar loco", diagnosticaba. En el dispensario también ofrecen consultas psiquiátricas.

Este centro asistencial es administrado por unas valientes monjitas que se identifican como las "Hermanitas de los pobres". Es decir, que estas religiosas cuentan con una familia bastante extendida en Venezuela. Como de costumbre, ese día la fila de pacientes era infinita, pero los números que repartían estaban contados. "José" tenía que volver en la tarde. "Bueno, aquí me sale en cien mil lo que en una clínica privada cuesta como 700 mil bolos", calculaba, tratando de ver el vaso medio lleno.

A las cinco de la tarde, "José" ingresó donde le realizarían la tomografía. El cuarto era pequeño y en el medio tenía una máquina que parecía diseñada por la NASA, pero para la expedición del Apolo XI. Como llamaban de tres en tres, a nuestro mozo de 28 años le tocó en suerte quedar encerrado en una salita con dos mujeres de estampa impactante. Una tenía 85 años y la otra 79. Esto es la avenida Teherán de Montalbán, no el consultorio del doctor 90210 en Beverly Hills.

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La segunda historia aconteció en el hospital Miguel Pérez Carreño, de Antímano. "María Urquiola" arribó un jueves a ese nosocomio sin saber por qué le llamaban "El pescozón". Ya el viernes "María" había elaborado su propia hipótesis sobre el peculiar apodo.

En realidad, "María" llegó el miércoles, pero no había cama. En Venezuela hay gente que para rebatir las cifras de miseria, expone: "… pero viste que están agotados los vuelos para Miami en diciembre…". Pues "El pescozón" está como American Airlines. Sold out.
Retornó "María" al día siguiente, entonces. Se había abierto una vacante para los que estaban en "lista de espera". Ella estaba feliz. No soportaba las rodillas y quería operarse cuanto antes. De inmediato, alguien le sugirió: "Si no va a estar aquí, ponga una sábana en la cama para que sepan que está ocupada, sino viene alguien y se la agarran". Este problemita de las invasiones ha hecho metástasis.

Compartía habitación con otras siete personas, incluida una china que no hablaba español y una muchacha que hacía de sábana. "Yo estoy aquí no por mí, sino cuidándole la cama a un pariente", explicaba la joven. "María" quiso guardar sus pertenencias en una mesita puesta junto a la cama y se percató de que estaba muy oxidada. Luego fue al baño y se dio cuenta de que no tenía luz ni ventilación. "María" sintió vergüenza al pensar que en ese mismo estado se debían encontrar las petrocasas, casas que Venezuela ha donado a Nicaragua y Bolivia. "¡Qué pena con esa pobre gente!", se le oyó balbucear.

Las horas transcurrían sin que nadie le preguntara por qué estaba allí o cómo se sentía. Se tomó la temperatura con el termómetro que había llevado y, mientras contemplaba las telarañas desplegadas en el techo, sintió cómo le hervía la sangre. Sufría de tensión alta. Más tarde, la visitó su marido. El señor "Urquiola" no la tuvo fácil: el cancerbero del piso es muy celoso con su trabajo y al parecer ha recibido dos órdenes: No dejar entrar a nadie extraño ni dejar salir a los que conoce.

En la noche, un médico residente le dijo a "María" que ella no tenía que padecer estas penurias. Que por 15 millones él la intervenía en su consulta privada. El señor "Urquiola" le apretó la mano derecha y ella no lo pensó dos veces. "María", que 24 horas antes había llegado renqueando, ahora salía corriendo del Pérez Carreño. Un milagro había ocurrido en "El pescozón".

ppenalozaochoa@gmail.com



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