CARACAS, martes 02 de septiembre, 2008 | Actualizado hace
Hace unos días, con el título de "El precio del
silencio", se hizo público un estudio e investigación
sobre diferentes formas de presión gubernamental contra
la prensa y los periodistas, particularmente sobre "la utilización
abusiva de la publicidad oficial" con el propósito de
"asegurar coberturas periodísticas favorables y desalentar
los enfoques críticos".
Lo que se hace con este trabajo, dicho en términos menos
elegantes, es denunciar el uso de dineros públicos para
atacar la libertad de prensa y coartar el derecho a la información
de los ciudadanos. Se trata de dos graves delitos -corrupción
y violación de un derecho humano básico- cometidos
por quienes detentan el poder, como lo prueban con sus propios
actos.
El informe fue elaborado por la Asociación por los Derechos
Civiles (ADC) de Argentina y recoge investigaciones realizadas
por organizaciones civiles en el país citado y en Chile,
Colombia, Costa Rica, Honduras, Perú y Uruguay.
Sin dudas "El precio del silencio" constituye un importante
aporte en la lucha contra una vieja y terrible práctica
de censura gubernamental, denunciada hace por lo menos tres
décadas, particularmente por la Sociedad Interamericana
de Prensa. Fue una prédica y tarea que no siempre fue
entendida. Más de una vez gobiernos, sindicatos y muchos
expertos y académicos de la comunicación coincidieron
en sus críticas y al unísono proclamaban que "lo
que se estaba haciendo era buscar publicidad para las empresas".
Llevó tiempo hacer ver que se trataba de una forma
tan sutil como mortífera de ataque a la libertad
de expresión.
Felizmente hoy el tema de la publicidad oficial, sumado al
del libre acceso a la información pública y al reclamo
de derogación de leyes de desacato (insulto), son objetivos
prioritarios que se han universalizado en la defensa
de esa primera y estratégica libertad de los ciudadanos.
Si uno analiza esos temas, parece ridículo que tenga
que hacerse una ley para que los funcionarios y las instituciones
de una democracia cumplan con su obligación de actuar
con total transparencia y de dar cuenta a sus mandantes lo
que hacen en su condición de representantes transitorios.
Peor aún es que esos funcionarios, que ponen vallas
al acceso a la información, se voten leyes escudos con
protecciones superlativas para no estar expuestos al pertinente
escrutinio público.
Así son las cosas; y aún las hay peores, por ejemplo,
que la libertad de expresión es el derecho menos protegido,
el más desamparado.
Esa libertad se sitúa junto con el derecho a la vida
y el derecho al honor al tope de los derechos y libertades
del hombre. Estos dos últimos están protegidos ampliamente
por leyes y en los códigos y están claramente tipificados
los delitos que puedan cometerse en su contra y las penas
son siempre severas. En casos, con la carátula
de defensa del honor, se amparan actos y conductas más
que deshonrosas y muy poco honorables.
Con la libertad de expresión no pasa nada de eso. Quienes
atentan contra ella no sufren ninguna consecuencia.
No se considera ni como un agravante para el caso de periodistas
asesinados. Ni qué hablar entonces de juzgar a quienes
proponen leyes contra esa libertad y el derecho a la información
y los que desde el poder atentan contra esos derechos a través
de la publicidad oficial y de diversas vías más.
Hay hasta quienes recurren a la propia justicia, en prácticas
nada éticas, para acallar denuncias y provocar la autocensura
y los magistrados en el mejor de los casos archivan las demandas,
pero jamás castigan esos intentos de ataque a la
libertad de expresión.
No se tiene en cuenta ni aun en los episodios más
groseros. ¿Alguien conoce casos de dictadores o tiranos
acusados y sancionados por cerrar diarios, implantar la censura
previa, repartir dineros públicos a periodistas y medios
amigos? Se les castiga por robar, matar, torturar, y está
bien, pero se olvida que lo primero que hicieron fue decretar
la censura y prohibir la libre circulación de noticias
y que después de eso robaron, torturaron y mataron.
Solo por ese hecho, que nadie puede negar, de que los gobernantes
corruptos y los tiranos y dictadores tienen como primer objetivo
aniquilar la libertad de expresión, habría
que insistir fuertemente por la sanción de leyes que
castiguen a quienes atentan o meramente amenazan ese derecho.
Por ese mismo motivo los gobernantes y legisladores
deberían dar rápidamente los pasos necesarios en
ese sentido. Es lo mejor que pueden hacer para fortalecer
nuestras debilitadas democracias y ya de paso para no
ser confundidos.
1 .2. Nacional y Política. Las elecciones no se suspenden; a pesar de las lluvias ya se instalaron 98% de las mesas de votación y sólo se reportan 183 centros de votación -de un total de 11.297- afectados por los aguaceros, en su mayoría (114) sólo presentan problemas con el suministro eléctrico.
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