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¿Vivimos en un campo de concentración?

Salir cada día a la calle con un sentimiento de duda sobre llegar o regresar, es inhumano

ORLANDO VIERA-BLANCO |  EL UNIVERSAL
lunes 1 de septiembre de 2008  12:00 AM

Una amiga venezolana que reside en Montreal me comentaba sobre su última visita a Caracas. Tenía apenas un año sin ir. Le impresionó la cantidad de cercos eléctricos que han inundado la ciudad. "Esto parece un campo de concentración" -sentenció apenada- agregando que la cosa no acaba en los cercos, sino que venía reforzada por cámaras, alambres de_púas, enrejados y reflectores. Con dolor y molestia reconocí su apreciación, que para colmo obvió algo más grave: ese tórrido "paisaje eléctrico" nos resulta normal.

A pesar que la quietud en Québec no tiene parangón, tampoco el estado de ansiedad y violencia que toleramos en Venezuela tiene paralelo. Salir cada día a la calle con un invasivo sentimiento de duda sobre llegar o regresar, es inhumano. De visita en Montreal me doy cuenta de la fuerte carga de ansiedad y miedo que somos capaces de soportar en Venezuela. Al caminar cualquier rincón de esta hermosa ciudad -desde el viejo puerto hasta Mount Royal- descubro un inmenso alivio que no tiene otra razón que la descarga de stress devenida de sentirse a salvo.

Y decía que al tiempo de preocuparnos por la inseguridad, tanto o más censurable es acostumbrarse a ella. En este sentido, un lector alguna vez me corrigió apropiadamente: "Orlando -cuidado- nadie se acostumbra a vivir con miedo y violencia. Somos nosotros quienes la promovemos por nuestra indiferencia y egoísmo frente a la realidad".

Confieso que esos fantasmas sobre nuestra recurrente apatía de pronto los diluyo en una visión predeterminista de nuestros atavismos y atrofias culturales. Pero no por comprenderlo es justificable, menos normal. Aquí pastea el origen de nuestras viciadas licencias conductuales que permiten la salida (y permanencia), no sólo de un Chávez, sino de tantas opciones carentes de estructura moral para agenciar un nuevo orden.

Entonces el "campo de concentración" en el que vivimos de pronto no es tal, porque nada concentra en términos de privación. Somos nosotros quienes nos aislamos de nuestros desafíos y nos negamos reconocer lo que debemos hacer, para transitar libremente no sólo por nuestras ciudades, sino por nuestras conciencias. Es a partir de rebelarnos -no a la inseguridad- sino a vivir así, donde nace un proceso socialmente evolutivo. No en el cambio de liderazgo sino en el cambio de nuestro modo de aceptar lo inaceptable. Es nuestra posición frente a la pobreza, al desorden o la suciedad; es nuestro activo rechazo al despilfarro de nuestro petróleo, la corrupción o el abuso, donde se vislumbra la solución de nuestros pesares& ¡Y es así como caerán los cercos eléctricos, no sólo de nuestros muros, sino de nuestros más aletargados pensamientos!

vierablanco@cantv.net



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