CARACAS, lunes 01 de septiembre, 2008 | Actualizado hace
La evaluación de lo acontecido con la representación
deportiva venezolana en los Juegos Olímpicos de Beijing
2008 reproduce hasta la saciedad los males de las organizaciones
deportivas subdesarrolladas y literalmente proyecta en forma
secular las fallas de la cultura dirigencial deportiva
nacional desde siempre. Se tiene la sensación que los
atletas están muy por encima de sus dirigentes, que casi
nadan a contracorriente cuando compiten en las instancias
internacionales que los enfrentan a verdaderas estructuras
deportivas, que año tras año producen y no prometen
atletas de alto rendimiento. El deseo de todo un país
se ve frustrado una vez más por la inexistencia de una
motivadora gerencia deportiva. Los atletas que acceden a una
medalla son islas que han tenido la fortuna de contar con
entrenadores muy completos, oasis en el desierto que prosperan
en él gracias a un ferviente espíritu de superación
y disciplina que comunican a sus discípulos, luego de
la heroica superación de la maleza burocrática para
hacer deporte.
Las promesas de las casas del pasado de nuevo aparecen. En
esta oportunidad, una medalla de bronce habla y recuerda que
ya le habían prometido la vivienda hace cuatro años.
Un lector con casa propia comenta que esa es una actitud marginal
del atleta, que así no llegamos a ninguna parte. Lo que
ni llega a contabilizar este lector, es la cantidad de sacrificios
que tuvo que hacer la atleta para montar sobre su medalla
los treinta mil millones de bolívares fuertes que costó
la representación venezolana en Beijing, incluido
el período de entrenamiento. Pero ya los trogloditas
de siempre que tenemos en todas partes, le exigen a la joven
que se calle la boca y no reclame la vivienda que le prometieron
y que además tenga el valor de solicitar un trato similar
para todos sus compañeros que dieron el mejor esfuerzo
para conseguir los lauros que otros prometieron por ellos
sin ayudarlos realmente en el esfuerzo.
Sería más sencillo de lo que muchos imaginan, si
el Estado y la empresa privada promovieran campañas de
superación personal y colectiva a través de
la imagen de estos atletas, de su ejemplo, de su esfuerzo.
Pero sin utilizarlos para ideologizar. Para catequizar prosélitos.
No. Ellos no compitieron por un Estado, por un gobierno, por
un partido o por una fracción del pensamiento, por la
mitad de Venezuela o por una parcela de sus afectos. Ellos
compitieron por una Nación, por unos colores que pertenecen
a todos, por una barra de seguidores extendida a lo largo
y ancho de un país que siempre ha soñado y seguirá
soñando con sus victorias. Ellos compitieron por sus
hogares, por sus seres queridos, por sus valores familiares
que están muy por encima de los intereses ideológicos,
porque mientras éstos procuran el poder y el dinero que
da el poder, aquéllos se fundamentan en el amor sostenido
de todos los días, que igual recibe con gozo del corazón
tanto al victorioso como el derrotado, como lo recibe la Patria
misma , que tambien es madre y que quiere por igual a todos
sus hijos, sin distingos de talentos, de dinero, de creencias
o militancias.Para la Patria, no hay atletas de segunda, todos
son de primera, porque al realizar con pasión, esfuerzo
y tesón su práctica deportiva, están conquistando
el oro de la vida del joven que emulándolos se aparta
del camino del odio, de la diatriba, de la división,
de la discusión estéril. El atleta ha aprendido,
a través del deporte, a respetar a su contrincante, a
competir con él, no contra él, a compartir con él
las grandes lecciones del crecimiento humano. Pregúntenle
a un atleta dónde están sus mejores amigos y a quiénes
más admira. Conseguirán sorpresas. Muy probablemente
conseguirán a los rostros que adversaron en la competencia.Porque
para el corazón del atleta, la victoria más significativa
que el color del metal de su medalla, se encuentra en la victoria
de la amistad que le permitió alcanzar un escalón
más en el podio de su desarrollo humano.
santiagoquintero@gmail.com
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