CARACAS, domingo 31 de agosto, 2008 | Actualizado hace
ROBERT ANDRÉS GOMEZ
Con el pasado a cuestas
El pasado es un ejercicio de la memoria. Una visita a un
tiempo transitado, consumido, vivido. Es un cuarto de cosas
que ya fueron. Una fotografía, una canción, un paseo.
La imagen de una mujer, un hombre, un niño. Un perro
cruzando una calle. Una alegría, una tristeza. El silencio.
El pasado es un concepto y también un sentimiento.
Para el escritor Alan Pauls, el pasado es un tiempo que no
termina hasta que se cierran las cuentas con él. Para
el realizador Héctor Babenco es un hombre frágil,
fagotizado por un ejército de mujeres, que se va hundiendo
hasta su liberación definitiva.
Basada en la novela homónima del argentino Alan Pauls,
El pasado (2007) es la cinta más reciente del
también argentino (aunque brasileño de convicción)
Héctor Babenco.
El realizador de Pixote (1981), El beso de la mujer
araña (1985) y Carandirú (2003) entrega
una cinta exquisita, inquietante, hermosa y a ratos atemorizante.
El pasado es la historia de una mujer que ama a un hombre.
Es la historia de un hombre que ya no ama a esa mujer. Que
quiere seguir con su vida, pero que no lo consigue gracias
a ese amor del pasado que nunca deja de perseguirle.
Sofía (Analía Couceyro) ama a Rímini (Gael
García Bernal). Sabe que ya su amor no es correspondido,
pero aquello que más teme es que Rímini se olvide
de ella. Rímini no lo entiende. Sólo quiere seguir.
No quiere volver, no quiere recordar. Así, prosigue.
Se sumerge en nuevas relaciones y se tropieza una y otra vez
con su pasado.
Babenco respeta el texto de Alan Pauls, pero lo transforma.
La suya es una metáfora y reinterpretación del melodrama
latinoamericano. Una parábola del declive cultural. También,
una película de sentimientos erosionados y de mujeres
casi vengadoras.
Las mujeres de esta cinta van de la ternura y el amor supremo
a los celos enfermizos y a la locura.
Babenco explora la locura del abandono y el desasosiego de
la soledad.
El realizador nacido en Mar del Plata (Argentina) entrega
a los espectadores a un antihéroe que casi no entiende
qué le sucede y por qué le sucede cada cosa en su
vida.
Es casi un niño que va y viene guiado por sus mujeres.
Un hombre que se deconstruye ante su propia capacidad para
entenderse a sí mismo.
El texto de Pauls es delicioso y minucioso en detalles. Babenco
ha conseguido detenerse y exprimir muchos de esos momentos.
La dirección de arte y la fotografía cierran la
mirada del director a cabalidad. Las luces que pueden existir
en la vida de Rímini se apagan cuando el pasado es cada
vez más patente.
La actriz Analía Couceyro contribuye con su actuación
a imprimirle el tono al film. Ese tono oscuro e incómodo
que asalta y sorprende al espectador.
Gael García Bernal, por su lado, consigue dejar atrás
-aunque sea en este film-, su imagen de hombre pendenciero,
divertido y exageradamente alegre.
Babenco ha sugerido que es un personaje de transición
para el actor mexicano. Puede que tenga razón. Bernal
se sumerge en esa vorágine de sentimientos terribles
que lo van dejando seco e indiferente. Una sombra de su propio
pasado.
Robert Andrés Gomez
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