Llegar a un lago, en el medio de la nada, es de por sí una experiencia relajante
Creía que alejarme con mi familia y hacerlo además
a un lugar remoto y poco atractivo para los venezolanos me
permitiría descansar, luego de varias semanas de presión
y estrés, en las que recordé que los malandros no
están en un solo lado de la acera en la política
nacional.
Llegar a un lago, en el medio de la nada, es de por sí
una experiencia relajante y si a eso añadimos que la
conexión de mi celular GSM dejó de funcionar tan
pronto olió el aire fresco, la felicidad parecía
plena para mi esposa y los morochos frente a un evento novedoso:
nada de llamadas y cero Blackberry como competencia.
Los primeros días fueron difíciles, como los de
un fumador que deja el cigarro de un día para otro, en
lo que los americanos llaman el "Cold Turkey". Sudaba,
estaba nervioso todo el día, suponía que estaba
pasando algo terrible en la oficina y que no estaba ahí,
"on call", para resolverlo.
Pero los días juegan a tu favor. Poco a poco te acostumbras
a lo que tienes alrededor. Al aire puro, a la naturaleza con
todo su esplendor y lo más estremecedor, a las conversaciones
con tus hijos de cuatro años, esas que para muchos son
divinamente cotidianas, pero para mí resultan un tesoro
un tanto escaso, en el medio de esta vida agitada y estresada
que me ha tocado vivir (y que mi esposa dice que yo escogí
adrede).
En el medio del lago, mientras remaba un bote, con la lengua
afuera, Bernardo me reclamó que no voy a sus clases de
karate. ¿Pero pana, yo voy a tus competencias y tu mamá
a todas las clases sin excepción? Sí, pero yo quiero
que "tú" veas mi nuevo catá y nunca tienes
tiempo. Nicolás remató: "papi, y a mí no me
gusta que llegues tarde en la noche, cuando ya me dormí
y no puedes contarme un cuento ni podemos rezar juntos.
Pero si estos tipos nacieron ayer y se supone que los reclamos
vienen con la adolescencia. ¿Qué será lo que
me espera?
Lejos de las presentaciones de entorno político y económico,
de las entrevistas y sin tener enfrente un documento confidencial
para enviar a los clientes extranjeros, estos días he
aprendido las cosas más importantes de mi vida. Nico
quiere casarse con dos niñas de su clase. Les juro que
he usado mis mejores cualidades de consultor y conferencista
para atender este tema, pero no me han servido para nada en
términos de convencerlo, primero de que es muy temprano
para pensar en eso y segundo, que cuando lo haga debe ser
sólo con una y no con las dos. En la secuencia de ¿por
qué?, él siempre cree ganar. Avemaría purísima,
y esto sólo está empezando.
Berni, por su parte, es rojo rojito. El tipo se viste como
para una marcha en la avenida Bolívar. Hasta su cepillo
de dientes es rojo, todavía de "Power Rangers",
pero temo que un año de cu- rrículo bolivariano
lo cambiará a uno del Che, con cerdas en la barba. No
puede entrar a una tienda sin querer comprarse todo lo que
ve. (Quizás es lo típico ahora, viniendo de un país
donde el Presidente se la pasa de Shopping, con la
plata de los demás). No importa lo que hagamos para globalizarlo
y hacerle conocer mundo, nada lo impresiona más que su
vida cotidiana. No hay mejor comida que su arepita matutina
con carnita mechada, patica de grillo, estilo barquisimetano;
el helado de vainilla francesa es guácala comparado con
el mantecado de Efe y el mejor cumplido para una pizza en
el norte es cuando se parece a la de su casa.
Por eso, cuando esta mañana, al enterarse de mi nacionalidad,
un vecino de cabaña me preguntó: ¿y cómo
está la cosa en Venezuela?, le respondí sin titubear:
yo estoy de vacaciones, pero si quieres un análisis insesgado,
habla con los morochos, quienes todas las noches preguntan
con pasión: papi, ¿y cuándo nos vamos a caraquita?
lvleon@cantv.net
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