El título de este artículo, pudiera resultar para
muchos contradictorio, dada la circunstancia que al
hablar del ambiente, acostumbramos referimos a él
sólo en términos de conservación. Es hora de
comenzar a observar al ser humano como un potencial factor
beneficioso para el ambiente. Tenemos una matriz de opinión
estructurada que nos señala de antemano que las actividades
humanas son dañinas para el mismo. Establecemos o pretendemos
establecer una conducta orientada a reducir el consumo de
energía, a disminuir la emanación de gases de efecto
invernadero como también el impacto de la polución
en las grandes ciudades. Sin duda, tales acciones son importantes,
diríase indispensables para disminuir la contaminación.
Pero más allá de realizar acciones en la que todos
coincidimos, creo que también es hora de replantearnos
la situación, la de revertirla, a través de la solución
que mencionamos en el título del artículo: producir
ambiente.
Con esto queremos destacar una segunda línea de acción.
Que no tiene que ver con exclusivamente mitigar, sino con
mejorar activamente los estándares ambientales. Pensar
que debemos redireccionar nuestras acciones, nuestras tecnologías,
nuestro pensamiento y terminemos de actuar sobre el ambiente
en términos de explotación. Debemos, antes bien
con nuestras actividades, comenzar a realizar una acción
inaplazable, tanto como la disminución de la emanación
de gases nocivos: se trata de sembrar ambiente. Se trata
de sembrar agua, de sembrar árboles, de sembrar aire,
se trata de crear ambiente.
En la naturaleza tenemos muy cerca de nosotros a las grandes
maestras de la producción ambiental: las plantas. Ellas
resolvieron el problema miles de millones de años antes
de aparición del ser humano sobre la faz de la Tierra.
Elaboraron sus finos tejidos de carbono a partir de
la extraordinaria utilización de la energía solar
para romper las condiciones de un ambiente hostil y generaron
la producción ambiental con una diversidad de posibilidades
que permitió la supervivencia de la vida aún en
medio de desastres catastróficos producidos por el impacto
de cuerpos celestes como cometas, asteroides y meteoros.
De alguna manera, el reto que se le presenta a toda la civilización,
es rediseñar su proceso de crecimiento en términos
ambientales, creando tecnologías "verdes" orientadas
a realizarse no solo protegiendo o resguardando al ambiente,
sino también dirigidas a propiciar su desarrollo. Toda
acción de producción de bienes o servicios que la
especie humana realice y que no sea cónsona con el desarrollo
ecológico, sencillamente le dará la espalda a la
supervivencia de toda la vida sobre el planeta. De allí
que una extensa área de conocimiento por desarrollar
sea el relacionado con las interacciones que nuestras actividades
tienen con los indicadores del ambiente. La clave se encuentra
sin duda en el denso significado de la palabra equilibrio.
De la sabia y profunda enseñanza natural, filosófica
y espiritual que supone su aprendizaje real, depende el futuro
de nuestra presencia en el universo.
Es por ello que la educación habrá que replanteársela
en todos los aspectos. Porque hasta ahora, la tendencia ha
sido la de abordarla a través de estudios aislados no
relacionados, bajo el falso paradigma de la inconexión
de saberes supuestamente de naturaleza diferente. El estudio
de la creatividad ha dado al traste con esa forma de pensar.
Hoy sabemos de la íntima relación entre arte y ciencia
es indisoluble, que las preguntas de uno encuentran respuestas
en el otro, que la comunicación en estas dos grandes
búsquedas del pensamiento no son más que los brazos
de una acción mancomunada, una acción en donde los
rostros de Jano, el dios bifronte, se reúnen para
generar la creación humana.
Para producir los efectos esperados de esta nueva forma de
educar, debemos prepararnos como docentes ambientales, para
procurarnos las herramientas necesarias que nos permitan evaluar
los resultados positivos de las acciones emprendidas por la
sociedad en esa dirección. Para poder educar y reforzar
conductas en la dirección correcta, debemos difundir,
reconocer y premiar a quien lo haga bien, sin mezquindades.
Si algo no admite egoísmo ni desconsideraciones, es el
tratamiento del ambiente. Él nos revela que solo la armonía
de la acción mancomunada en procura de su bienestar,
puede representar para todos la mejor calidad de vida a la
que aspiramos. Pero para eso debemos producir buenos resultados
ecológicos. Para eso, debemos producir ambiente.
josegerardoguarismaalvarez@gmail.com
Rector de la Universidad Bicentenaria de Aragua
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