Detalles aquí y allá, conductas y poses de circunstancia, un tufo que resulta familiar
Usualmente tratamos de identificar el régimen de Chávez
utilizando las analogías, pero en general la luz que
ofrecen es inútil u opaca. Las comparaciones en su mayoría
no resultan felices porque buscan en cuerpos extraños
las características del asunto que se quiere dilucidar.
De allí que, en definitiva, permanezca en el reino de
las nebulosas disfrutando de la vacilación de quienes
creemos observar lo propio a través de lo ajeno que sentimos
parecido.
En realidad no basta con ver el fenómeno en términos
absolutos, sin referirse a cosas más o menos semejantes
de aquí y de otras latitudes, del ayer remoto o del pasado
reciente, pero se requiere un análisis de su indiscutible
peculiaridad para el propósito de ver cómo lo combatimos
de manera eficaz, o cómo llegamos a mirarlo con buenos
ojos gracias a un honesto convencimiento.
Tal vez algunos ejemplos sostengan el punto. La relación
que se establece entre Chávez y Hitler o Mussolini, verbigracia,
o entre sus regímenes. Sin negar la posibilidad de fabricar
unos puentes que permitan la comunicación de ciertos
rasgos, es evidente el disparate de meterlos en un solo saco
para caerle a palos al criollo porque se parece a un alemán
y a un italiano malditos, o porque hace o quiere hacer como
ellos en el gobierno. Factores de épocas y de diversidad
de escenarios impiden la relación y quien se empeñe
en ella puede pasarse la vida soltando disparos sin destino.
Además, el cotejo termina haciéndole favores a Chávez.
Puede pasar por querubín del firmamento cuando se le
hace desfilar junto con Adolfo y Benito revestidos de infernales
atuendos. Puede aparecer seguido de un rebaño de bienaventurados,
borregos y sin ideas la mayoría, pero con olor de santidad
o con asomos de ingenuidad al lado de las fuerzas fascistas
de choque y de tantos rufianes de camisa negra que fueron
vergüenza y miseria de Europa durante la primera mitad
del siglo XX. Lo mismo sucede cuando queremos emparejarlo
con Stalin, cuyas afiladas garras no se ven en las manos de
nuestro mandón de turno. De pronto quiere el control
pleno del Estado sobre la sociedad y una vigilancia deseosa
de calcar la metodología bolchevique, como el Padrecito
Stalin; mas, la verdad sea dicha, las veleidades del carácter
y el desenfreno de la lengua apenas lo parangonan con un comisario
de aldea que busca un puesto en la nomenclatura y en la historia
sin tener credenciales para establecerse en ambos lugares
con comodidad. Un último elemento, que debe señalarse
en aras de la objetividad, lo distancia del pavoroso trío:
no es proclive a la crueldad ni al derramamiento de sangre,
o todavía no le ha dado por crímenes como los que
perpetraron con creces los otros.
El empeño de las analogías sólo puede sostenerse
con cierta tranquilidad cuando se intenta sin salirse de los
límites de la historia nacional, dominados por las cautelas.
Chávez tiene mucho del primer Monagas por su empeño
en permanecer en las alturas, por el irrespeto de las instituciones
y por la vista gorda frente a las ladronerías de los
empleados públicos, especialmente de los allegados a
palacio. Tiene bastante de Guzmán por la fatuidad patológica
y por el desprecio de las decisiones populares. No poco tiene
de Gómez por su desenfrenado deseo centralizador y por
la carecía de ideas. De Pérez Jiménez las injerencias
castrenses y una teoría hueca que lo presenta como imprescindible.
Cosas de cada uno, no en balde es miembro de la parentela.
Detalles aquí y allá, conductas y poses de circunstancia,
un tufo que resulta familiar como espécimen de una fauna
que ha abundado en Venezuela, por desdicha.
Pero no es exactamente como ellos. La intención de hegemonía
personal los agrupa, pero los tiempos convierten al último
en pieza singular. Puede intentar un retrato en grupo con
los antecesores como para sentirse a gusto con los abuelos,
como para pasar un rato de solaz con los bueyes viejos que
le trillaron el camino hasta convertirlo en vía expedita,
pero en el cuadro no caben las pulsiones de la actualidad
de la cual es criatura legítima, como todos y cada uno
de nosotros. Tal vez en esa imposibilidad de que no estemos
todos en el viejo álbum sino únicamente en el de
la actualidad surja la clave para entenderlo sin tantos paralelismos
baldíos. Cuando lo consideremos como nuestra responsabilidad,
como un lastre de nuestros días, único y exclusivo;
o como una carga que sólo nosotros nos quitaremos de
encima sin mirar hacia los lados ni hacia la trampa de los
recuerdos, entenderemos la magnitud de la tragedia encarnada
en su persona, pero también en las personas nuestras
disimulando una proximidad de cuyo encubrimiento sólo
se obtiene una excusa superficial. Cuando aceptemos la cercanía
y aun la intimidad hasta que nos produzca vergüenza,
llegaremos a la comparación justa.
eliaspinoitu@hotmail.com
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