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Comparaciones con Chávez

Detalles aquí y allá, conductas y poses de circunstancia, un tufo que resulta familiar

ELÍAS PINO ITURRIETA |  EL UNIVERSAL
sábado 30 de agosto de 2008  12:00 AM

Usualmente tratamos de identificar el régimen de Chávez utilizando las analogías, pero en general la luz que ofrecen es inútil u opaca. Las comparaciones en su mayoría no resultan felices porque buscan en cuerpos extraños las características del asunto que se quiere dilucidar. De allí que, en definitiva, permanezca en el reino de las nebulosas disfrutando de la vacilación de quienes creemos observar lo propio a través de lo ajeno que sentimos parecido.

 En realidad no basta con ver el fenómeno en términos absolutos, sin referirse a cosas más o menos semejantes de aquí y de otras latitudes, del ayer remoto o del pasado reciente, pero se requiere un análisis de su indiscutible peculiaridad para el propósito de ver cómo lo combatimos de manera eficaz, o cómo llegamos a mirarlo con buenos ojos gracias a un honesto convencimiento.

Tal vez algunos ejemplos sostengan el punto. La relación que se establece entre Chávez y Hitler o Mussolini, verbigracia, o entre sus regímenes. Sin negar la posibilidad de fabricar unos puentes que permitan la comunicación de ciertos rasgos, es evidente el disparate de meterlos en un solo saco para caerle a palos al criollo porque se parece a un alemán y a un italiano malditos, o porque hace o quiere hacer como ellos en el gobierno. Factores de épocas y de diversidad de escenarios impiden la relación y quien se empeñe en ella puede pasarse la vida soltando disparos sin destino. Además, el cotejo termina haciéndole favores a Chávez. Puede pasar por querubín del firmamento cuando se le hace desfilar junto con Adolfo y Benito revestidos de infernales atuendos. Puede aparecer seguido de un rebaño de bienaventurados, borregos y sin ideas la mayoría, pero con olor de santidad o con asomos de ingenuidad al lado de las fuerzas fascistas de choque y de tantos rufianes de camisa negra que fueron vergüenza y miseria de Europa durante la primera mitad del siglo XX. Lo mismo sucede cuando queremos emparejarlo con Stalin, cuyas afiladas garras no se ven en las manos de nuestro mandón de turno. De pronto quiere el control pleno del Estado sobre la sociedad y una vigilancia deseosa de calcar la metodología bolchevique, como el Padrecito Stalin; mas, la verdad sea dicha, las veleidades del carácter y el desenfreno de la lengua apenas lo parangonan con un comisario de aldea que busca un puesto en la nomenclatura y en la historia sin tener credenciales para establecerse en ambos lugares con comodidad. Un último elemento, que debe señalarse en aras de la objetividad, lo distancia del pavoroso trío: no es proclive a la crueldad ni al derramamiento de sangre, o todavía no le ha dado por crímenes como los que perpetraron con creces los otros.

El empeño de las analogías sólo puede sostenerse con cierta tranquilidad cuando se intenta sin salirse de los límites de la historia nacional, dominados por las cautelas. Chávez tiene mucho del primer Monagas por su empeño en permanecer en las alturas, por el irrespeto de las instituciones y por la vista gorda frente a las ladronerías de los empleados públicos, especialmente de los allegados a palacio. Tiene bastante de Guzmán por la fatuidad patológica y por el desprecio de las decisiones populares. No poco tiene de Gómez por su desenfrenado deseo centralizador y por la carecía de ideas. De Pérez Jiménez las injerencias castrenses y una teoría hueca que lo presenta como imprescindible. Cosas de cada uno, no en balde es miembro de la parentela. Detalles aquí y allá, conductas y poses de circunstancia, un tufo que resulta familiar como espécimen de una fauna que ha abundado en Venezuela, por desdicha.

Pero no es exactamente como ellos. La intención de hegemonía personal los agrupa, pero los tiempos convierten al último en pieza singular. Puede intentar un retrato en grupo con los antecesores como para sentirse a gusto con los abuelos, como para pasar un rato de solaz con los bueyes viejos que le trillaron el camino hasta convertirlo en vía expedita, pero en el cuadro no caben las pulsiones de la actualidad de la cual es criatura legítima, como todos y cada uno de nosotros. Tal vez en esa imposibilidad de que no estemos todos en el viejo álbum sino únicamente en el de la actualidad surja la clave para entenderlo sin tantos paralelismos baldíos. Cuando lo consideremos como nuestra responsabilidad, como un lastre de nuestros días, único y exclusivo; o como una carga que sólo nosotros nos quitaremos de encima sin mirar hacia los lados ni hacia la trampa de los recuerdos, entenderemos la magnitud de la tragedia encarnada en su persona, pero también en las personas nuestras disimulando una proximidad de cuyo encubrimiento sólo se obtiene una excusa superficial. Cuando aceptemos la cercanía y aun la intimidad hasta que nos produzca vergüenza, llegaremos a la comparación justa.

eliaspinoitu@hotmail.com

 



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