Hay un tercer tipo de regímenes que quizás es el que puede confundir interna y externamente
Resulta común establecer una división binómica
para clasificar a un determinado régimen, la mayor parte
de los autores van directo al evaluar el funcionamiento de
un gobierno al tradicional encuadramiento, es democrático
o es dictatorial. Esta clasificación muchas veces peca
de simplista y permite que gobiernos no democráticos
se disfracen y puedan aparentar y confundir a parte de sus
pobladores y a otros países. Hay países verdaderamente
democráticos en los que quien ejerce el poder debe constantemente
argumentar y convencer a sus habitantes de las bondades de
sus propuestas para lograr los consensos necesarios que le
permitan que sean una realidad. Se trata de líderes o
dirigentes que respetan al ciudadano y que ejercen un poder
limitado por sus leyes e instituciones.
Estos líderes, como lo señala el escritor Humberto
Eco, deben apelar constantemente al ejercicio de la retórica
como técnica de persuasión para tratar de convencer
de las bondades de sus propuestas y someterlas a la consideración
de todos para lograr consensos o al menos apoyo mayoritario
y aceptación de quienes, no compartiéndola, sean
vencidos pero bajo reglas previamente establecidas que les
permiten no sentirse menospreciados por el dirigente y terminar
aceptando la voluntad mayoritaria. Hay otros países en
los que quien ejerce el poder lo hace de manera despótica
y, mediante el uso abierto de la fuerza, somete a sus habitantes
e impone su voluntad. Sin duda cualquier observador señalará
a este tipo de regímenes como dictatoriales.
Sin embargo, nos atrevemos a señalar que existe una
tercera categoría que rompe clasificación clásica.
En algunos países quien ejerce el poder lo hace aparentando
que se vive en la primera categoría, apela diariamente
a diferentes razonamientos simulando la búsqueda del
consenso de sus habitantes y del bien común, argumenta
el respeto al ciudadano y las nobles razones para la defensa
de la patria, y termina haciendo sólo su propia voluntad
aún en contra de la voluntad mayoritaria y las leyes
que rigen esa sociedad.
Tal como en el primer caso, apela a la retórica, quizás
incluso con mayor profusión que en las democracias reales.
Simula la búsqueda de los consensos y argumenta constantemente
las supuestas bondades de su propuesta, pero tiene siempre
el garrote a mano por si no logra engañar a quienes en
un primer término pretende convencer ("esta revolución
es pacífica, pero armada"). Este tercer tipo de regímenes
es quizás el que puede a muchos confundir, interna y
externamente, pues se hace pasar por democrático, en
tanto sus deseos se vayan cumpliendo, pero tarde o temprano
termina enseñando el garrote cuando ya la retórica
no convence a nadie y debe imponer su voluntad a cualquier
precio.
Eco nos recuerda la fábula del lobo y el cordero de
Febro que bien describe este tipo de regímenes: Un lobo
y un cordero llegaron juntos sedientos a un riachuelo. El
lobo se detuvo más arriba que el cordero, mientras bebían
el lobo buscó de inmediato un pretexto para pelearse
y le dijo: -¿por qué enturbias el agua que estoy
bebiendo? Respondió el cordero: -perdona, ¿cómo
puedo hacer eso si bebo el agua que pasa antes por ti?
El lobo, derrotado por la evidencia, le respondió: -hace
seis meses hablaste mal de mí. Y contestó el
cordero: -¡pero si aún no había nacido! Entonces
el lobo ya sin argumentos le replicó: -fue tu padre
entonces quien habló mal de mí. Y se abalanzó
sobre el cordero y lo asesinó sin ninguna razón
válida.
El lobo de la fábula de Febro utiliza siempre argumentos
falsos que, al serle refutados con evidencias inobjetables,
lo obligan a buscar otros aún más descabellados
que sólo son expuestos para justificar lo que era su
voluntad inicial, acabar con la vida del cordero.
Demasiadas evidencias tenemos en Venezuela de quien es el
lobo de la fábula de Febro, pero quizás la
más palpable sean las leyes socialistas que mediante
la habilitación previa ha dictado a escondidas, ya sin
ni siquiera pretender convencernos.
Habiendo todo el año pasado argumentado las supuestas
bondades de la reforma constitucional que propuso y del modelo
socialista allí contenido que pretendió disfrazar
como la fórmula mágica para realizar la justicia
social esperada, al habérsele rechazado, procedió
a dictar las leyes socialistas sin aviso y sin protesto. Y,
por si no fuera suficiente, esta misma semana nos señaló
que vamos hacia el socialismo, gústele a quien le guste
o disgústele a quien le disguste. Sabe que tiene el garrote
en la mano para someter a quien no lo acepte y ya no disimula
en mostrarlo.
Hay aún muchos venezolanos que, ante la clasificación
simple de democracia o dictadura, se encuentran dormidos desconectados
de la aburrida retórica o engañados por ella. Ojalá
que cuando despierten no sea demasiado tarde.
gblyde@cantv.net
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