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La vitalidad de Edwards
RICARDO GIL OTAIZA |  EL UNIVERSAL
jueves 28 de agosto de 2008  10:03 AM

Termino de leer la más reciente novela del escritor chileno Jorge Edwards, La casa de Dostoievsky, premio Iberoamericano de Narrativa Planeta-Casamérica 2008, y no salgo de mi asombro. Asombro frente a una prosa increíblemente vital, diría juvenil en plena madurez intelectual, en un escritor que está cerca de los 77 años. Cada página de esta estupenda novela está llena de sensaciones, de imágenes, de revelaciones políticas y literarias que nos transportan con maestría -a veces con dolor- a una Cuba en plena efervescencia de su nefasta revolución comunista, y posteriormente al Chile del depuesto presidente Salvador Allende.

Edwards no evita detalles acerca del distendido ambiente social y literario de la época, de la desazón política suscitada en su país con la llegada de Allende al poder, y su posterior caída, y utiliza para ello lo que más conoce, lo que más lo ha identificado con sus lectores a lo largo de su exitosa carrera literaria: una memoria trágicamente azuzada por su largo exilio. No contento con ello, lleva a su personaje principal a los comienzos de la revolución castrista, sin dejar de hacer referencia a la inmensa decepción de los intelectuales frente a lo que se veía como una burda estafa histórica, que obligó a sus más conspícuos representantes a apartarse ostentosamente de ella y marcar distancia.

La casa de Dostoievsky es una hermosa y cuidada recreación, basada en la realidad, de los trasiegos literarios del Poeta (Eulalio, Armando, Ernesto), representante arquetípico de su generación (de los cuarenta y cincuenta chilenos), que deja transcurrir (y consumir) su vida en medio del licor, de las mujeres y de la poesía. Se pasean (a modo de referentes) en el texto las figuras eximias de la literatura universal -y sus obras- de Pablo Neruda (icono en buena parte de la obra de Edwards), César Vallejo, T.S. Eliot, Rimbaud, José Asunción Silva, Gustavo Adolfo Bécquer, Oscar Wilde, y Franz Kafka, entre otros, en medio de una tensión narrativa no exenta de humor, de picaresca y, sobre todo, de disfrute estético.

La atmósfera especialmente cuidada de la novela nos impide abandonar prematuramente su lectura. El autor nos sumerge en la historia a través de un lenguaje exquisitamente tratado, impecablemente utilizado, portentosamente enriquecido. En un contexto literario como el actual, en el que los más reconocidos novelistas (sobre todo los españoles) echan mano de infinidad de recursos que dan como resultado "exquisitos híbridos" imposibles de catalogar (pastiches literarios que amalgaman novela, crónica, ensayo y autobiografía, llamados también "artefactos literarios"), Edwards apuesta por la novela estilísticamente limpia, depurada de artificios, en la que el goce por el lenguaje nos contagia en una especie de epidemia lingüística, y nos hacemos copartícipes, cómplices de la gran aventura, hasta quedar rendidos frente a un novelista que se reinventa a cada instante para demostrar-nos la fuerza y la vitalidad de un género permanentemente desahuciado.

Advierto en La casa de Dostoievsky una suerte de disfrute y de goce pleno frente a la palabra escrita, pocas veces percibido en la narrativa contemporánea, donde imperan criterios crematísticos, alejados -como es lógico suponer- del hecho literario como tal. Hallo, claramente establecido, un hilo conductor entre esta novela y la anterior producción de Edwards (Persona non grata, Adiós, poeta, El inútil de la familia), sin que ello implique repetición o agotamiento literario. Todo lo contrario: advierto en estas páginas una fuerza inusitada, portentosa, que nos impele ineludiblemente a retornar, a releer sus anteriores libros, para tener una visión más completa -y compleja- de su intención autoral. 
 Leo y disfruto a un Jorge Edwards cuyo plan literario no es otro que la necesaria comprensión histórica, política y cultural de su Chile del alma. Percibo a un hombre maduro, pleno, de regreso de la vida, pero con unas ganas inmensas de contar (y ser contado) y de hacernos cómplices de su vasta memoria. Y me contagian sus ganas, me impregna su energía, me transmite una juventud que ya se ha ido del cuerpo físico -transijo-, pero que yace impertérrita y desbordante en su pluma. Y aquí, precisamente en este punto, me uno a Alberto Fuguet, narrador también chileno, cuando en su libro Apuntes autistas (2007) nos dice con lucidez: "Jorge Edwards… ha  demostrado que, al final de cuentas, las dos materias con que cuenta un escritor son su propia libertad (¿qué es Persona non grata sino la mejor clase de libertad e incorrección política?) y su memoria".

rigilo99@hotmail.com
www.espacio-limite.blogspot.com



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