Termino de leer la más reciente novela del escritor
chileno Jorge Edwards, La casa de Dostoievsky, premio Iberoamericano
de Narrativa Planeta-Casamérica 2008, y no salgo de mi
asombro. Asombro frente a una prosa increíblemente vital,
diría juvenil en plena madurez intelectual, en un escritor
que está cerca de los 77 años. Cada página
de esta estupenda novela está llena de sensaciones, de
imágenes, de revelaciones políticas y literarias
que nos transportan con maestría -a veces con dolor-
a una Cuba en plena efervescencia de su nefasta revolución
comunista, y posteriormente al Chile del depuesto presidente
Salvador Allende.
Edwards no evita detalles acerca del distendido ambiente
social y literario de la época, de la desazón política
suscitada en su país con la llegada de Allende al poder,
y su posterior caída, y utiliza para ello lo que más
conoce, lo que más lo ha identificado con sus lectores
a lo largo de su exitosa carrera literaria: una memoria trágicamente
azuzada por su largo exilio. No contento con ello, lleva a
su personaje principal a los comienzos de la revolución
castrista, sin dejar de hacer referencia a la inmensa decepción
de los intelectuales frente a lo que se veía como una
burda estafa histórica, que obligó a sus más
conspícuos representantes a apartarse ostentosamente
de ella y marcar distancia.
La casa de Dostoievsky es una hermosa y cuidada recreación,
basada en la realidad, de los trasiegos literarios del Poeta
(Eulalio, Armando, Ernesto), representante arquetípico
de su generación (de los cuarenta y cincuenta chilenos),
que deja transcurrir (y consumir) su vida en medio del licor,
de las mujeres y de la poesía. Se pasean (a modo de referentes)
en el texto las figuras eximias de la literatura universal
-y sus obras- de Pablo Neruda (icono en buena parte de la
obra de Edwards), César Vallejo, T.S. Eliot, Rimbaud,
José Asunción Silva, Gustavo Adolfo Bécquer,
Oscar Wilde, y Franz Kafka, entre otros, en medio de una tensión
narrativa no exenta de humor, de picaresca y, sobre todo,
de disfrute estético.
La atmósfera especialmente cuidada de la novela nos
impide abandonar prematuramente su lectura. El autor nos sumerge
en la historia a través de un lenguaje exquisitamente
tratado, impecablemente utilizado, portentosamente enriquecido.
En un contexto literario como el actual, en el que los más
reconocidos novelistas (sobre todo los españoles) echan
mano de infinidad de recursos que dan como resultado "exquisitos
híbridos" imposibles de catalogar (pastiches literarios
que amalgaman novela, crónica, ensayo y autobiografía,
llamados también "artefactos literarios"), Edwards apuesta
por la novela estilísticamente limpia, depurada de artificios,
en la que el goce por el lenguaje nos contagia en una especie
de epidemia lingüística, y nos hacemos copartícipes,
cómplices de la gran aventura, hasta quedar rendidos
frente a un novelista que se reinventa a cada instante para
demostrar-nos la fuerza y la vitalidad de un género permanentemente
desahuciado.
Advierto en La casa de Dostoievsky una suerte de disfrute
y de goce pleno frente a la palabra escrita, pocas veces percibido
en la narrativa contemporánea, donde imperan criterios
crematísticos, alejados -como es lógico suponer-
del hecho literario como tal. Hallo, claramente establecido,
un hilo conductor entre esta novela y la anterior producción
de Edwards (Persona non grata, Adiós, poeta, El inútil
de la familia), sin que ello implique repetición o agotamiento
literario. Todo lo contrario: advierto en estas páginas
una fuerza inusitada, portentosa, que nos impele ineludiblemente
a retornar, a releer sus anteriores libros, para tener una
visión más completa -y compleja- de su intención
autoral.
Leo y disfruto a un Jorge Edwards cuyo plan literario
no es otro que la necesaria comprensión histórica,
política y cultural de su Chile del alma. Percibo a un
hombre maduro, pleno, de regreso de la vida, pero con unas
ganas inmensas de contar (y ser contado) y de hacernos cómplices
de su vasta memoria. Y me contagian sus ganas, me impregna
su energía, me transmite una juventud que ya se ha ido
del cuerpo físico -transijo-, pero que yace impertérrita
y desbordante en su pluma. Y aquí, precisamente en este
punto, me uno a Alberto Fuguet, narrador también chileno,
cuando en su libro Apuntes autistas (2007) nos dice con lucidez:
"Jorge Edwards… ha demostrado que, al final de cuentas,
las dos materias con que cuenta un escritor son su propia
libertad (¿qué es Persona non grata sino la mejor
clase de libertad e incorrección política?) y su
memoria".
rigilo99@hotmail.com
www.espacio-limite.blogspot.com
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