La experiencia de la China contemporánea nos ayuda a entender nuestro momento
Pocas cosas hay en mi vida que recuerdo tanto como un repetido
decir de una vieja tía a quien mucho quise: "Dios no
ha hecho nada más grande que un día tras otro".
Eso lo tuve muy presente la mañana del domingo pasado.
Fueron unos bellos jóvenes chinos, en la clausura de
los Juegos Olímpicos en la ciudad de Beijing quienes
le dieron fuerza a ese dicho. Allí estaban ellos, en
lo mejor del pop internacional, representando a un país
que se sentía desbordante de felicidad, a quienes su
Partido Comunista les estaba brindando lo más exquisito
del consumismo occidental. ¿Qué más podían
pedir?
Y mi imaginación voló a 40 años atrás,
en el momento culminante de la Gran Revolución Cultural
Proletaria en esos mismos predios, cuando un líder enloquecido
se empeñaba, haciendo acopio de todas las energías
que su voluntad era capaz de concentrar, en llevar adelante
su proyecto de comunismo radical. Hoy, su imagen misma, que
preside bonachona la Plaza Tien An Men, certifica su aprobación
a todo lo que desmiente, de modo contundente, los ideales
y conductas que él quiso imponer. ¿Se revolcaron
las cenizas de Mao en este agosto increíble?
En ese mismo ámbito se apagaba, de modo tan triste como
una clamorosa sanción de por vida a un atleta de su delegación,
la estrella cubana. Esta ha sido una noticia que ha pasado
un poco desapercibida en estos días. Vamos entendiendo
lo del "Oro a la revolución deportiva" que adornó
calles y veredas venezolanas por estos días.
En un escenario así ¿cómo lucen los aspavientos
voluntaristas de quien grita que el socialismo va, pase lo
que pase? Patéticos, es lo menos que se puede decir.
Si la mera voluntad fuese la razón suficiente para que
se diesen hechos y proezas, qué feliz sería el mundo,
qué paraíso& Ha querido la Historia que los
más bellos propósitos se vean contrariados sistemáticamente
por hechos y conductas y por eso mismo, ella se encamina hacia
puertos distintos. Aleluya.
Si es verdad que, como lo afirma el sociólogo Talcott
Parsons, las posibilidades reales de cualquier cambio residen
en su "capacidad de vencer las resistencias" que el mundo
de la cotidianidad le presenta, entonces en Venezuela habrá
cambios muy importantes y profundos& ¡pero muy distintos
a los que pretende el Único!
De nuevo es la experiencia de la China contemporánea
la que nos ayuda a entender mejor nuestro momento venezolano.
En un reciente artículo que el corresponsal de un periódico
de Chicago en China escribiese para un reciente número
de The New Yorker, nos cuentan cómo logran los
jóvenes chinos burlar la continua censura que la dictadura
de ese país intenta en internet. ¿Cómo es que
tantos recursos y tanta aceptación no logran que esa
censura sea efectiva? Eso es algo que vale la pena que los
venezolanos estudien.
Como también vale la pena que le metan cabeza al porqué,
contrariamente a lo que ha sido la experiencia revolucionaria
de los últimos cien años, el aprendiz de por aquí
se esmera en anunciar, a gritos, lo que piensa hacer.
Hay un afán tan desmedido por develar propósitos,
que o sospechamos de los propósitos o de las intenciones,
o de la capacidad mental y emocional de quien los vocea a
grito pelao.
De lo que sí no deberíamos tener dudas es de nuestra
intención de resistir, ni vacilación alguna para
hacer lo que debemos hacer. No habrá, en efecto, ninguna
posibilidad de que sus intenciones se materialicen si nosotros
no le prestamos anuencia. Y quizás en nada esto se vea
mejor que en el asunto de las libertades.
La libertad de pensamiento, en primer lugar, porque
es ella la que nos ubica plenamente en la especie humana.
Existimos porque pensamos. Y ahora más que nunca de lo
que pensemos dependerá nuestra existencia. Un pensamiento
que tenga la capacidad de contrastar lo que nos dicen
con lo que a diario vemos, sentimos y padecemos es lo que
nos garantiza que nadie podrá con nosotros.
De él se derivan la libertad para indagar, para informar
e informarnos y finalmente la libertad de decir y escribir
lo que nos parezca conveniente, para no decir "lo que nos
dé la gana". Hemos de agradecer que nos haya alertado
de su próxima arremetida. De nuevos ¡gracias por favor
recibido!
Y fíjese si somos agradecidos que le recordamos que
"tanto va el cántaro al agua que termina por romperse".
Lo inaceptable de esto para mucha gente no hace otra cosa
que acercar el "rompimiento" de un cántaro al que ya
no le cabe más& Y cuando la pesadilla haya cumplido
su función, otras aguas fluirán hacia nuevos cántaros.
antave38@yahoo.com
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