CARACAS, domingo 24 de agosto, 2008 | Actualizado hace
MARUJA TARRE BRICEÑO
ESPECIAL PARA EL UNIVERSAL
En otras épocas podíamos observar los grandes conflictos
de la Guerra Fría sin mayor preocupación. Como todo
ser humano, nos angustiábamos ante las enconadas rivalidades
de las grandes potencias o respirábamos con alivio cuando
se llegaba a cierta distensión, pero al fin y al cabo
no eran problemas que nos incumbían directamente. Países
como Polonia o las naciones bálticas, que se encuentran
al lado de un gigante, o del otro lado del mundo Vietnam y
las Coreas, donde se estaban definiendo las zonas de influencia,
fueron las víctimas directas del terrible enfrentamiento.
Lo más cerca que se vio a nuestro Caribe involucrarse
en las batallas de la Guerra Fría, fue durante la memorable
crisis de los misiles en Cuba, en la lejana década de
los 60.
Ahora estamos presenciando un despertar de los viejos demonios
de la Guerra Fría, pero muchas cosas han cambiado. Por
esfuerzo propio, con un tesón digno de mejores causas,
Chávez está logrando que se le tome en cuenta como
jugador en esas Grandes Ligas. Pero no se trata ahora de su
juvenil ambición beisbolística: nuestro caudillo
tropical, siempre en búsqueda de una heroica epopeya,
quiere ahora codearse con los grandes de la política
mundial. Es un juego peligroso en el cual Venezuela no tendría
razones para involucrarse directamente.
El objetivo: Putin
Chávez ha logrado si no fama, por lo menos notoriedad.
Su inagotable chequera le ha permitido realizar 225 viajes
fuera de nuestras fronteras. Ha repartido abrazos, insultos,
refinerías, hospitales, carreteras, petróleo, gas,
helicópteros, dólares, amenazas, plantas eléctricas,
viviendas, sobornos, contratos, pagos abiertos y clandestinos,
ayuda médica y sobre todo muchas promesas. Casi 50.000
millones de dólares en promesas repartidas por todas
partes del mundo. Ha peleado, para luego reconciliarse con
Uribe, Fox, Calderón, Alan García, la presidenta
Bachelet, la señora Merckel y el rey de España.
No se reconciliará jamás con Bush ni con ningún
Presidente de Estados Unidos. En cambio, es íntimo de
la pandilla de los malvados: Fidel Castro, Daniel Ortega,
Ahmedinajad, Mugabe y el camarada Lukashenko. Pero su verdadero
objetivo, el compañero que ansía tener en el gran
juego de la política mundial es el gélido Putin.
No le interesa Medvedev porque durante sus frecuentes visitas
a los palacios moscovitas ha visto quién manda todavía
en el Kremlin. Putin, ese simpático personaje y agudo
observador de la historia fue quien dijo hace poco tiempo
que "el desastre más grande del siglo XX fue el desmembramiento
de la Unión Soviética". Chávez, adversario
feroz del Imperio y fiel admirador de la democracia soviética,
comparte, sin duda, alguna tan peculiar apreciación.
En esta nueva era de poderío ruso, él quiere estar
al lado de un país que, como China, "jamás ha tenido
ambiciones imperiales". Para ganarse la buena voluntad del
poderoso Putin, que hasta hace poco sólo lo consideraba
como un excéntrico cliente, Chávez se está
gastando en aquellos fríos parajes la bicoca de 10.000
millones de devaluados dólares en modernos juguetes:
aviones, helicópteros, submarinos, todo lo que la renaciente
industria armamentista rusa nos quiera vender.
El gobierno ruso, ambicioso y temible, debe considerar a
Chávez como un regalo del cielo. En otras épocas,
para tener un pie en el Caribe y roncarle a los americanos
a pocas millas de la Florida, tenían que mantener a Fidel
Castro y, como sabemos por experiencia, las necesidades crematísticas
del régimen cubano son un pozo sin fondo en donde desaparecen
rublos y petrodólares. Ahora los rusos no tienen que
darle ni un centavo a Chávez, por el contrario es él,
nuevo rico petrolero, quien les compra lo que quieran venderle.
Además les desea anticipadamente la bienvenida cuando
les provoque acercarse por estos mares calientes (vieja ambición
rusa, desde la época de los zares). En una famosa y ambigua
declaración, ofrece hasta nuestro territorio para una
eventual presencia rusa que "será recibida con tambores,
canciones y banderas".
Ante los ruidos de sables, Kalashnikovs y Sukhois, todos
nuestros vecinos, pequeños y grandes, han iniciado una
carrera armamentista que América Latina realmente no
necesitaba. Los perros de la guerra de todas las latitudes
deben estar felices ante la compra de aviones, fragatas y
armas de todo tipo en vez de las escuelas, hospitales y carreteras
que todavía hacen falta.
Los países más pequeños, aunque participan
de los programas petroleros de Chávez, han reforzado
todos sus vínculos militares con las viejas potencias
coloniales, la Cuarta Flota inicia su viaje por esta aguas
otrora recorridas por pacíficos turistas. La Guerra Fría
no sólo asusta a los habitantes del Cáucaso, a Polonia
o a Ucrania, ahora podremos sentir sus tensiones en la base
de cohetes que Putin ha propuesto instalar en Cuba o quizás
aquí mismo en Venezuela, si hay en nuestro país
un número elevado de "instructores" rusos u otros técnicos
enviados por el demócrata Lukashenko.
Sin reciprocidad
¿Confían los rusos en Chávez? Hasta ahora,
aparte de las ventas de armas multimillonarias, no le han
demostrado particular amistad. Durante la última visita
del líder bolivariano por aquellas lejanas tierras, no
hubo abrazos ni ruedas de prensa conjuntas sino un embarazoso
silencio después de las declaraciones sobre presuntas
bases rusas en suelo venezolano. Pero es indudable, que en
estos nuevos tiempos de poderío ruso, les conviene tener
un gobernante amistoso, que al mismo tiempo se muestra hostil
frente a los americanos y que para colmo de la fortuna maneja
a su antojo grandes reservas petroleras. Un autócrata
que acapara el poder en un país con una situación
geográfica envidiable, cerca de Estados Unidos.
Algún día, superados estos momentos de alta tensión
causados por la crisis de Georgia y la incertidumbre ante
las elecciones americanas, Rusia y Estados Unidos volverán
a negociar. Ambos saben que la existencia del mundo depende
de su coexistencia pacífica. Negociarán como en
el pasado y como en el pasado, se repartirán las zonas
de influencia. En esas grandes negociaciones no participan
los actores secundarios, allí no hay puesto para jugadores
expertos en "rabo de cochina", una vez más asistiremos
al Juego de las Estrellas. Rusos y americanos decidirán
dónde dejan los cohetes y dónde aceptarán nuevas
bases.
Como en los años 60, cuando Kennedy y Kruschev no le
consultaron a Fidel Castro el destino de los misiles, cuando
Putin y el nuevo presidente de Estados Unidos se sienten a
hablar, tomarán ellos solos, sin participación venezolana,
las decisiones que crean necesarias sobre la geopolítica
mundial y también sobre esas armas tan caras que Chávez
ha estado comprando en estos momentos de prosperidad petrolera
e incertidumbre política.
Maruja Tarre Briceño
ESPECIAL PARA EL UNIVERSAL
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