El gobierno venezolano ha logrado algo imposible: hacer que
el "socialismo" y el monetarismo marchen de la mano. ¿Cómo
es posible que un gobierno "socialista" perciba a la inflación
como un problema monetario, en vez de cómo un fenómeno
conflictivo asociado a la distribución del ingreso? ¿Cómo
se puede ser socialista y a la vez monetarista?
La inconsistencia surge cuando el gobierno venezolano, autodenominado
socialista, pretende combatir la inflación frenando la
expansión crediticia y el ritmo del gasto dentro de la
economía nacional, pues limitar el crecimiento económico
para restringir las aspiraciones salariales de los trabajadores
y controlar con ello la inflación equivale, según
el adagio popular, a "matar al perro para acabar con la rabia".
Paradójicamente, el gobierno venezolano es "socialista"
monetarista. Por ello, sugiero se acuñe la frase "Socialismo
salvaje del siglo XXI", pues en Venezuela se privilegia al
rentista, al especulador, y al importador, en vez de al trabajador
y productor nacional.
Escuchemos a los empresarios, pues ellos, a diferencia de
muchos economistas, ven con claridad la solución al problema
de la inflación. La inflación no es un problema
asociado a excesos de demanda, sino más bien un problema
de inelasticidad o flexibilidad de la producción. Cuando
existen restricciones crediticias, de divisas, materias primas,
mano de obra y, en fin, cuellos de botella y escasez de capacidad
productiva, tiende a aumentar la inflación.
En el caso venezolano, abunda la mano de obra, pero el aumento
de los salarios decretado desde Miraflores usualmente supera
el aumento de la productividad media del trabajador, razón
por la cual los costos unitarios de producción tienden
a crecer y con ello la tasa de inflación. Igualmente,
el acceso oportuno a las divisas y al crédito bancario
es limitado en Venezuela, motivo por el cual aparecen cuellos
de botella y obstáculos a la producción. Pero sobre
todo, en el país no existe un mínimo de certidumbre
económica, política y jurídica indispensables
para el fomento de la inversión. Es lógico entonces
que, bajo tales condiciones, la inversión real se vea
limitada y la preferencia por la liquidez en divisas tienda
a aumentar. Ello, sumado al problema de los controles de precios,
y a la distorsión del tipo de cambio, explica porque
la capacidad productiva nacional es cada vez menos suficiente
para atender la demanda de consumo. Queda claro, entonces,
porque es necesario, más rentable, y menos riesgoso,
recurrir a la importación. Quienes terminan pagando son
los trabajadores.
Es cierto que en Venezuela, como en todo país dependiente
de la importación, las expansiones monetarias de origen
fiscal pueden conducir a un aumento del tipo de cambio y,
por ende, a una mayor inflación. Pero ese no es el argumento
que ofrece el gobierno para frenar la expansión crediticia,
pues lo que se ha indicado desde Miraflores es la necesidad
de ahorrar y limitar el crecimiento del consumo en general
para controlar la inflación.
Sin embargo, la inflación es un resultado del conflicto
distributivo, pues cualquier incremento del salario superior
al aumento de la productividad media del trabajador conduce
al aumento de los costos unitarios de producción y, por
ende, al aumento de los precios y de la tasa de inflación.
Se trata más bien, entonces, de un espiral salarios-precios-salarios,
y en el caso venezolano también de nuestra dependencia
de las importaciones. Por ello, la solución sigue siendo
la indicada por la mayoría de los empresarios, la cual
me atrevo a parafrasear como: más y más empresas,
más y más capacidad productiva y más y más
producción. Sin embargo, las condiciones para ello no
están dadas. El control de la inflación requiere
que el gobierno arbitre y promueva el entendimiento entre
los distintos sectores de la vida nacional, en vez de limitar
el crecimiento económico como actualmente se procura.
En fin, acabemos con la inflación mas no con el crecimiento.
Visitante académico en el
New School University, NY, EEUU
Profesor del CENDES/UCV
angelgarcia_vzla@yahoo.com
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