En medio de una de esas tantas sesiones de "calistenia" política,
o "catarsis colectiva" en las que se han convertido las reuniones
sociales, en las que ya poco se habla de la familia, del trabajo,
de los proyectos personales, de los sueños y las planificaciones
futuras y estos temas son reemplazados por las "historias
escalofriantes" de nuestro día a día. De la inseguridad.
Que si a fulanito lo secuestraron, o que hay una niñita
de nueve años que aún no ha aparecido, que si me
robaron el carro o aquello llega al "clímax" de la conversación
con el torneo de "cuéntame tu secuestro Express" y así
se pasa esa velada condimentada con semejantes "cuentos de
la cripta"... Bueno, una de esas noches, alguien soltó
una frase que dejó al resto de los presentes con una
terrible sensación de "presente imperfecto" y "futuro
dudoso". La sentencia en cuestión fue: "nosotros no veremos
la reconstrucción de Venezuela. Tal vez mis hijos o quién
sabe... ¿mis nietos?". En seguida, se produjo, por unos
instantes un silencio en el grupo. Alguien se había atrevido
a poner el dedo en la llaga. Eso que todos sabemos, que se
intuye en el ambiente, que se siente en las calles. Esa mezcla
de descomposición generalizada en medio de una "borrachera"
de petrodólares. Ese manto de "vivalapepismo" que tapa
una realidad en la que vamos a caer cuando ya no nos podamos
arropar con la cobija de una "bonanza petrolera" que lo único
que ha servido es para crearnos un espejismo porque la verdad,
la gran verdad es que paradójicamente somos más
pobres. Y esto no sólo tiene que ver con las cifras macroeconómicas
sino con algo que es mucho menos tangible como es el tema
de los "valores y principios", el culto al trabajo, a la superación,
el espíritu de lucha, el asumir responsabilidades, el
"crear país"...
Salvo honrosas excepciones y el empeño de muchas familias,
iglesias, profesores, escuelas, universidades y empresas en
las que se "nada contra corriente" enseñando que el conocimiento,
el trabajo, la solidaridad, la no discriminación y la
igualdad de oportunidades son los valores que hacen fuerte
a una sociedad, estos diez años de gobierno han reafirmado
una cantidad de antivalores como esquema de superación.
En primer lugar la obsecuencia, la adulación, la riqueza
fácil y por la vía rápida, la entrega de la
voluntad, el mesianismo, el "todito me lo merezco", la segregación
expresada en listas (apartheid político) y básicamente
el abuso, el quiebre institucional y la decadencia del Estado
de Derecho.
Mucho más allá de una crisis económica que
según los entendidos se nos avecina, está el quiebre
moral y ético. Eso es mucho más difícil de
reconstruir que la economía de un país. Es como
"resetear" el espíritu colectivo... En eso, le faltó
agregar a la persona que lanzó la sentencia que no es
que la reconstrucción nacional la vean nuestros hijos
o nuestros nietos, sino que tenemos que comenzarla nosotros...
¡Ya!
mariaisabelparraga@gmail.com