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La lección que da la cancha y la tribuna
ALFREDO YÁNEZ M. |  EL UNIVERSAL
domingo 20 de julio de 2008  07:44 PM

Qué pena tener que recurrir a la jerga deportiva, y también a sus muy particulares realidades para tratar de hacer entender a algunos que es necesario, no queda de otra, acatar las normas del juego, antes que ignorarlas o modificarlas en el camino y que destrocen la esencia de la actividad que desempeñan.

Para los Juegos Olímpicos que están por comenzar, los teóricos, los conocedores, los puristas, los que en definitiva entienden que deporte es lograr ser, sin aditamentos, el más rápido, el más fuerte, y el más alto, las tecnologías se asemejan ya al dopaje, y éste se convirtió desde hace mucho en flagelo, que por más que intente disimular realidades, aflora sin distingos, aún cuando en algún momento quien lo usare aparezca como ídolo de multitudes.

El deporte, la vida, sigue. Excluye a los tramposos, coloca con asteriscos en los libros de récords a los que nunca entendieron que el juego limpio -tan necesario que ahora se premia- es lo que debe privar, para que esa euforia, ese fanatismo, ese amor por el juego, por lo que se realiza en la cancha pública, se mantenga.

Hay mil maneras de sancionar. La tarjeta roja es el símbolo por excelencia de las exclusiones, aplicadas eso sí, por violaciones claras a la norma. Pero en la vida, la tarjeta roja puede tener incidencias masivas. Lo que sucede con el tour de Francia, antes de la elite del ciclismo mundial, es prueba evidente. Tanta trampa no es ajena de la desaprobación del público.

Quién se sienta en la tribuna, o frente al televisor, para presenciar un juego, una partida, donde desde antes del inicio la trampa está montada. Quién, en su sano juicio de partícipe directo -porque el deporte grande lo es por la presencia del aficionado- no salta a reclamar las injusticias que se comenten. La tribuna -que lo digan los más recientes mánagers de la pelota venezolana- pesa, y además cuando puja por los cambios, los consigue y hasta con éxito, como en el caso de Carlos Subero, un joven técnico que sustituyó, por la presión del público, al desacertado Omar Malavé.

Alguna vez he dicho que el deporte es la vida, pero vivida dentro de una cancha. Allí se gana y se pierde, se caen y se levantan. En una jornada se puede ser el villano, pero en la inmediata se puede ser el héroe, e incluso, en el mismo juego, esos roles se pueden intercambiar.

No hablé aquí de los lanzamientos del zurdo Johan Santana, el gran héroe del beisbol venezolano que en los últimos tiempos no consigue el camino recto, ni de la reincorporación de Magglio Ordóñez, quien tras estar inhabilitado, por lesión, volvió por sus fueros. Tampoco de la delegación de venezolanos que va a Pekín, que no por ser muchos, traerán decenas de medallas.

Hablé de una generalidad real, que puede causar duelos intensos, como los que vivieron los fanáticos del Caracas en las dos oportunidades que su equipo sucumbió en finales contra los Navegantes del Magallanes, o el país entero, cuando la ilusión por la clasificación al Mundial de la vinotinto se desvaneció como otras tantas ilusiones.

El que haya entendido, que agarre su bate y su guante, o su balón, o su bicicleta, o simplemente su camiseta más sentida, esa que parece bandera, y salga a defender su pasión deportiva, o lo que es lo mismo, la vida.

ayanezm@gmail.com




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