A su regreso a Venezuela luego de sus vacaciones cubanas
(¡qué envidia, haber podido bañarse en el mar de
la felicidad!) Alí Rodríguez Araque fue recibido
por sus adversarios con una inusitada cordialidad. Se le consideró
la más brillante estrella en el firmamento chavista.
Lo cual, debe decirse también, no le significó un
esfuerzo como para estrangularle una hernia a nadie en el
país de los ciegos...
De todas formas, apenas llegado, Alí habló claro
y acaso también "raspao" (ya que es posible que esa declaración
le guste más al hombre del túnel del San Carlos
que al Héroe del Museo Militar; porque, envuelto en un
pretendido elogio, el comandante Fausto dejó en pelotas
al "proceso"). Casi al bajarse del avión de Cubana de
Aviación, Alí dijo algo que no puede tomarse como
un simple comentario volandero de viajero fatigado, sino propiamente
como una declaración de principios.
Sin el ripio clásico
No recordamos si empleó el gastadísimo ripio clásico
del Ave Fénix, pero en todo caso le hubiese quedado como
anillo al dedo. El antiguo comandante en jefe de Pdvsa le
dio categoría universal al "proceso" diciendo que cuando
todo el mundo lo creía cadáver (se supone que con
la muerte de la URSS y el viraje chino hacia el capitalismo
salvaje), el socialismo había resucitado con la revolución
chavista.
Metámosle la lupa a esta declaración. La palabra
socialismo sirve de marchamo a diversos productos políticos,
desde el Jemer Rojo de Pol Pot en el Extremo Oriente hasta
el socialismo portugués de Mario Soares en el Extremo
Occidente. Sin embargo, nadie pretende que la socialdemocracia
haya sido enterrada porque esté "por ahora" fuera del
poder en Alemania y en Francia. Decir lo cual ubica el socialismo
de Alí Rodríguez Araque en un lugar muy preciso:
se estaba refiriendo al socialismo estaliniano por quien doblan
las campanas a partir del 9 de noviembre de 1989, fecha exacta
de la caída del Muro de Berlín.
La Santísima Trinidad
Más aún: como según sus exégetas la "Revolución
Bolivariana" nació con el golpe del cuatro de febrero,
esto es, unos tres años después de aquella muerte,
esta resurrección se produjo bajo el signo del número
tres, como el tercer día de la resurrección de Jesús,
y la trinidad de la nueva religión: Bolívar, Zamora
y Simón Rodríguez.
Vamos ahora a la segunda parte. Aquel socialismo cuya resurrección
encarna el nuevo Mesías de Sabaneta es conocido hoy sobre
todo por sus fracasos, por las frustraciones tan hondas como
elevadas habían sido las esperanzas que suscitó
entre los millones que no podían dejar de ver con buenos
ojos la extinción definitiva del zarismo en Rusia y del
dominio imperial foráneo en China.
Ese socialismo evoca hoy sobre todo sus aspectos más
negativos, que terminaron cubriendo la gloria real o presunta
de los primeros días: el Gulag, las sangrientas
purgas de Stalin, los millones de muertos de la llamada Gran
Revolución Cultural Proletaria, la deificación del
presidente Mao.
La mano sobre el Comintern
Como sea, es ese el modelo de socialismo que reconoce como
tal el antiguo "comandante Fausto": el mismo que pese a haber
advertido que era apto "para un solo país" intentó
universalizar el camarada Stalin una vez que pudo poner la
Tercera Internacional (el Comintern) a su servicio
personal e intransferible.
De modo pues, que así como no hay nada nuevo bajo el
sol, tampoco lo hay, en estos años iniciales del siglo
XXI, sobre el socialismo. Ya ni siquiera el más claro
(si no el más lúcido) de sus portavoces lo niega:
lo suyo es estalinismo puro, el mismo que el Alcalde Mayor
de Chávez con todas sus cuatro letras (su ilustración
no llega más lejos), amenazó meter a los opositores
por allí donde la espalda cambia de nombre.
Ya sabemos, pues: lo que puede esperarnos si por acción
(como el 2 de diciembre del 2007) o por omisión (la morosidad
en presentar candidaturas unitarias), dejamos que se continúe
tratando de imponer lo que ya nuestro pueblo ha rechazado
con los pies (manifestando) y con las manos (votando).
La bestia eventrada
Al decir "puede esperarnos" estamos, cierto, hablando de
algo que se nos viene encima. Pero no somos ni pretendemos
ser arúspices, esos adivinos que veían el futuro
en las entrañas de un animal eventrado. Es cierto que
todavía no tenemos nuestro paredón (abolido en 1864)
ni una Siberia que acaso no tengamos nunca (al menos con toda
esa nieve) ni tampoco las hambrunas y el genocidio; pero no
es menos cierto que, como dice el perogrullesco dicho, "el
que va a salir se asoma".
Y hay dos características (acaso las más salientes
de ese socialismo del siglo veinte que Alí Rodríguez
Araque ve resucitar en el veintiuno al conjuro de Chávez)
que ya tenemos plenamente instaladas en este país que
Colón, sin saber qué venía, llamó "tierra
de gracia".
Ellas son el personalismo y el militarismo. La revolución
rusa idolatró en vida al camarada Stalin, la china al
presidente Mao, la cubana al comandante Fidel. Los cuales
pretendieron que sus respectivos países se transformaran
tomando como modelo el cuartel, emulsionando el Partido militarizado
y el Ejército partidizado para hacerlos una y misma cosa.
De modo que aquí nadie trata de imponer ningún
socialismo "del siglo XXI", porque, lo acaba de decir el hijo
dilecto del compañero Fidel, de lo que deberíamos
sentirnos orgullosos los venezolanos es de que el camarada
Stalin, muerto, cremado y enterrado en el siglo pasado, haya
renacido de sus cenizas en Venezuela al alba del nuevo milenio.
hemeze@cantv.net