Soy un gran admirador de Álvaro Uribe. Lo conocí
antes de ser presidente de Colombia. Desde ese mismo instante
valoré su recia personalidad, su carácter, su inteligencia
y su pasión por Colombia. No me ha decepcionado. Ha sido
un gran presidente. Un verdadero estadista. Está convencido,
con razón, de que la única manera de garantizar
el destino de su patria es mediante la derrota de los grupos
subversivos. Su política de Seguridad Democrática
ha sido definitivamente exitosa. Está basada en el convencimiento
de que las negociaciones políticas requieren de la derrota
militar. Ha tenido la integridad suficiente para resistir
las inmensas presiones que han querido desviarlo de su objetivo.
Los recientes éxitos militares, entre ellos la liberación
de Ingrid Betancourt y de los 14 secuestrados, parecen ratificar
que la derrota de los grupos subversivos es ya una realidad
irreversible.
De todas maneras, Álvaro Uribe debe entender que
su gobierno tiene ante sí otro inmenso reto: reestructurar
el sistema político colombiano. Esto significa revisar
las viejas estructuras sociales, haciéndolas más
justas y equitativas. Estoy convencido, que las grandes transformaciones
históricas no se logran mediante procesos revolucionarios,
que siempre terminan en dictaduras violatorias de las libertades
y de los derechos humanos. Tampoco creo en los caudillos carismáticos.
No hay manera de evitar el culto a la personalidad. El único
camino seguro es el fortalecimiento en el tiempo del Estado
de Derecho. Colombia ha sido un excelente ejemplo de juridicidad
para la América Latina. De allí mi sorpresa por
el enfrentamiento entre el presidente Uribe y la Corte Suprema
de Justicia. Pienso, que debe existir algún margen de
negociación, más ahora que el presidente Uribe se
encuentra tan fortalecido en la opinión pública.
El enfrentamiento entre la Corte Suprema de Justicia
y el presidente Uribe comenzó con los enjuiciamientos
de un conjunto de parlamentarios muy cercanos al presidente
Uribe por vínculos con el paramilitarismo. Estas decisiones
indicaron que tanto el Fiscal General de la República
como la mayoría de los miembros de la Corte Suprema de
Justicia se encontraban políticamente alejados del presidente
Uribe. La gota que derramó el vaso fue la decisión
en contra de la congresista Yidis Medina por cohecho, ya que
el fallo judicial cuestionó la legitimidad de la reforma
constitucional que permitió la reelección presidencial.
Para colmo la congresista acusó al gobierno de Uribe
de ofrecer prebendas burocráticas a cambio de apoyar
la reelección y el Fiscal General decidió procesar
a cinco estrechos colaboradores del presidente Uribe, entre
ellos al ex ministro del Interior Sabas Pretelt y al ministro
de Protección Social, Diego Palacios. Una verdadera
crisis institucional.
La respuesta del Álvaro Uribe fue convocar para
el mes de julio a un referendo popular que autorice la repetición
de las elecciones presidenciales de 2006. El problema radica
en que el cuestionamiento de la Corte Suprema no es
al resultado electoral de 2006 sino a la legalidad de la reforma
constitucional que permitió la reelección. La oposición
política no acepta ir a unas nuevas elecciones, ya que
acusa a Uribe de buscar por este medio una nueva reelección.
El presidente Uribe tiene dos caminos: mantener un fuerte
enfrentamiento con las demás instituciones del Estado
aprovechando su popularidad o buscar una negociación
que salve el Estado de Derecho en Colombia. El primer camino
limitaría de tal manera la acción de su gobierno
que impediría las grandes reformas sociales y políticas
que exige Colombia. El otro camino obligaría al presidente
Uribe a rechazar de una vez por todas las posibilidades de
una tercera reelección.
Permítame presidente Uribe, con respeto y admiración,
recomendarle que busque por todos los medios salvar el Estado
de Derecho. Esa es la tradición política de su país.
Además, le garantizaría a usted pasar a la historia
de Colombia como un verdadero demócrata. No oiga, por
favor, a los adulantes de siempre.
ferochoaantich@hotmail.com
ferochoa@cantv.net