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Desafío a la vida de Ingrid Betancourt

La influencia de los padres y su férreo carácter definieron su amor por Colombia

Una prueba de vida de Ingrid Betancourt entregada en diciembre de 2007 muestra a la ex rehén delgada y deprimida (AP)

Frank López Ballesteros

Ingrid Betancourt hizo de su coraje una pesadilla. Hoy más que nunca el mundo ha sido testigo de que su excesiva autodeterminación, de alguna manera, embistió contra la vieja forma de hacer política en Colombia. 

Nacida en diciembre de 1961, en el seno de una familia de abolengo, hija de Gabriel Betancourt -prominente político y diplomático- y de Yolanda Pulecio  -una congresista y  ex reina de belleza colombiana-,se codeó desde pequeña con una élite comprometida con los cambios que traía consigo la violenta aceleración de los tiempos. 

Su infancia entre París y Bogotá, gracias al nombramiento de su padre como embajador ante la Unesco, le permitió conocer a figuras prominentes de la palestra política de su país y el mundo.

Entre la pintura, la retórica y las letras, contempló de cerca el genio de Gabriel García Márquez, Fernando Botero y Pablo Neruda. Éste último una vez recibió de ella varios poemas, que el vate chileno leía en las visitas que le hacía a la familia.

Sus compañeros del Liceo Francés en Bogotá la catalogaban como una alumna ambiciosa, brillante y liberal. "Adoraba a Francia y hablaba la lengua de Moliére sin el menor acento", confiesa su amiga de infancia Liliane Estefan en una entrevista al El Tiempo de Bogotá.

A los 19 años de edad, se marcha de Bogotá para cursar estudios de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales en Paris, ciudad que nueve años despues vivía los estragos del Mayo Francés.

En las aulas recibió los conocimientos del hoy ex primer ministro francés Dominique de Villepin, con quien forjó amistad.

Tras graduarse, contrae matrimonio con el diplomático francés Fabrice Delloye, con quien tendrá dos hijos, Melanie y Lorenzo; sin embargo, el matrimonio fracasa y se divorcian.

El carácter de Ingrid se forja, quizá, ante la excesiva madurez a la que estuvo expuesta.Mientras otros adolescentes deambulaban en un mundo de frivolidades, ella se enfrentaba a las discusiones de su padre sobre la política.

"Todas estas posibilidades de las que has disfrutado hacen que hoy tengas una deuda hacia Colombia. No lo olvides", le recordó su padre, según cuenta un documento del Comité de apoyo a Ingrid Betancourt.

Esa tajante reflexión sobre la realidad, probablemente la hayan acompañado como una sombra de día y noche.

Sensible ante la realidad
El asesinato en 1989 del candidato presidencial Luis Carlos Galán, a quien su madre seguía en la campaña electoral, produce un punto de inflexión en la vida de Ingrid, quien ante un compromiso moral con su país, regresa a Colombia a saldar las deudas que trae la historia. La tranquilidad en la que estaba sumida, en el fondo la inquieta. 
 
Ante un país minado por el narcotráfico y el indubitable miedo que infligía la figura de Pablo Escobar Gaviria, Betancourt, siguió a su madre en la campaña por el senado.  Ésta  alcanzará el triunfo en la contienda electoral y con ello, dará el empujón con argucia que su hija necesitará para enfrentarse a la política.

Ingrid se trazó la meta de levantar a Colombia del abismo  donde la corrupción hacía contrapeso al narcotráfico.

Por eso se convierte en asesora política de varios ministros, pero su ambición la separa del papel que había tomado, y con firmeza lanza su candidatura por el Partido Liberal para el Senado. Y triunfa.

Las palabras de la candidata apuntaban a una realidad de la que muchos no se atrevían a hablar: se enfrentó a las ambigüedades de la política en Colombia, un país donde alcanzar el poder es una tradición familiar.

Su intolerancia a las acusaciones sobre el presunto financiamiento del narcotráfico a la campaña de Ernesto Samper Pisano  por la presidencia, la obligaron a separarse de los liberales como una cuestión de honor.

"Ella es inflexible, directa y fue capaz de decirle a un presidente: usted es un delincuente y un ladrón" recuerda su madre en otra conversación con El Tiempo.


Batalla por el poder
En 1998 pocos antes de finalizar el mandato de Samper, creó  una agrupación política inspirada en sus propias convicciones sobre la forma de gobernar.
Repartir condones, Viagra y hablar de profilaxis, fueron una de las herramientas que utilizó para dar un matiz único a su política: "la corrupción es el sida de nuestra sociedad. Protejámonos", expresaba sin tapujos en sus campañas. 

Es con su partido Verde Oxígeno, una analogía de los Partidos Verdes europeos, que se lanza a la batalla por el poder con una bandera que todos querían ver ondear: la lucha contra la corrupción y las injusticias.

Los ingentes discursos envilecían a sus seguidores y crispaban la paciencia de sus detractores. Su forma de manejar en la carretera hacia el poder, deslastró el tradicionalismo.

Sin embargo, las constantes amenazas de sus enemigos la separaron de sus dos hijos, quienes tuvieron que salir del país para residir con su padre en un primer momento en Estados Unidos y luego en Francia.

El segundo matrimonio de Ingrid con Juan Carlos Lecompte, fortaleció su imagen de "mujer valiente, pero apasionada", un arma necesaria en la lucha por los cambios que deseaba implantar.

Un año antes de apostar por su entrada en la Casa de Nariño, sorprende con el lanzamiento de un polémico libro donde revela los pormenores de una infancia ilustrada y las ansías de luchar por su país.

Publicado en Francia -debido al rechazo de las editoriales colombianas-Rabia en el Corazón- también fue un desahogo de la denuncia contra la politiquería corrompida. Contra Samper y el narcotráfico. Contra la vieja praxis y los procesos olvidados y consumidos por el polvo de la indiferencia.

Como una Juana de Arco, Ingrid Betancourt quiso imponer un orden con voz femenina, pero pocas veces la prensa dio espacios para escuchar sus palabras. No llamaba la atención.

Sin importar sus orígenes en las filas liberales, la oposición la acusaba de querer encabezar una cruzada de moralización de las costumbres, donde todos, menos ella, eran los malos. Lo único cierto es que su programa, por recalcitrante que pudiera parecer, era claro y sostenido. Tocaba las fibras.

Sus roces con congresistas y senadores, e incluso con el entonces presidente colombiano, Andrés Patrana Arango, los consideró como una traición a sus ideales, al país.

Por eso, y ante su personalidad y sus ideas-a la que creía que nadie podía resistirse-decidió postularse como candidata a la presidencia de la República para las elecciones de 2002, en las que se enfrentaría con Horacio Serpa y Álvaro Uribe. La suerte esta vez no la acompañó. Su coraje y apasionamiento se enfrentaron a las consecuencias de una dura realidad.


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