CARACAS, miércoles 02 de julio, 2008 | Actualizado hace
Una prueba de vida de Ingrid Betancourt entregada en diciembre de 2007 muestra a la ex rehén delgada y deprimida (AP)
Frank López Ballesteros
Ingrid Betancourt hizo de su coraje una pesadilla. Hoy más
que nunca el mundo ha sido testigo de que su excesiva autodeterminación,
de alguna manera, embistió contra la vieja forma de hacer
política en Colombia.
Nacida en diciembre de 1961, en el seno de una familia de
abolengo, hija de Gabriel Betancourt -prominente político
y diplomático- y de Yolanda Pulecio -una congresista
y ex reina de belleza colombiana-,se codeó desde
pequeña con una élite comprometida con los cambios
que traía consigo la violenta aceleración de los
tiempos.
Su infancia entre París y Bogotá, gracias al nombramiento
de su padre como embajador ante la Unesco, le permitió
conocer a figuras prominentes de la palestra política
de su país y el mundo.
Entre la pintura, la retórica y las letras, contempló
de cerca el genio de Gabriel García Márquez, Fernando
Botero y Pablo Neruda. Éste último una vez recibió
de ella varios poemas, que el vate chileno leía en las
visitas que le hacía a la familia.
Sus compañeros del Liceo Francés en Bogotá
la catalogaban como una alumna ambiciosa, brillante y liberal.
"Adoraba a Francia y hablaba la lengua de Moliére sin
el menor acento", confiesa su amiga de infancia Liliane Estefan
en una entrevista al El Tiempo de Bogotá.
A los 19 años de edad, se marcha de Bogotá para
cursar estudios de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales
en Paris, ciudad que nueve años despues vivía los
estragos del Mayo Francés.
En las aulas recibió los conocimientos del hoy ex primer
ministro francés Dominique de Villepin, con quien forjó
amistad.
Tras graduarse, contrae matrimonio con el diplomático
francés Fabrice Delloye, con quien tendrá dos hijos,
Melanie y Lorenzo; sin embargo, el matrimonio fracasa y se
divorcian.
El carácter de Ingrid se forja, quizá, ante la
excesiva madurez a la que estuvo expuesta.Mientras otros adolescentes
deambulaban en un mundo de frivolidades, ella se enfrentaba
a las discusiones de su padre sobre la política.
"Todas estas posibilidades de las que has disfrutado hacen
que hoy tengas una deuda hacia Colombia. No lo olvides", le
recordó su padre, según cuenta un documento del
Comité de apoyo a Ingrid Betancourt.
Esa tajante reflexión sobre la realidad, probablemente
la hayan acompañado como una sombra de día y noche.
Sensible ante la realidad
El asesinato en 1989 del candidato presidencial Luis Carlos
Galán, a quien su madre seguía en la campaña
electoral, produce un punto de inflexión en la vida de
Ingrid, quien ante un compromiso moral con su país, regresa
a Colombia a saldar las deudas que trae la historia. La tranquilidad
en la que estaba sumida, en el fondo la inquieta.
Ante un país minado por el narcotráfico y el indubitable
miedo que infligía la figura de Pablo Escobar Gaviria,
Betancourt, siguió a su madre en la campaña por
el senado. Ésta alcanzará el triunfo
en la contienda electoral y con ello, dará el empujón
con argucia que su hija necesitará para enfrentarse a
la política.
Ingrid se trazó la meta de levantar a Colombia del abismo
donde la corrupción hacía contrapeso al narcotráfico.
Por eso se convierte en asesora política de varios ministros,
pero su ambición la separa del papel que había tomado,
y con firmeza lanza su candidatura por el Partido Liberal
para el Senado. Y triunfa.
Las palabras de la candidata apuntaban a una realidad de
la que muchos no se atrevían a hablar: se enfrentó
a las ambigüedades de la política en Colombia, un
país donde alcanzar el poder es una tradición familiar.
Su intolerancia a las acusaciones sobre el presunto financiamiento
del narcotráfico a la campaña de Ernesto Samper
Pisano por la presidencia, la obligaron a separarse
de los liberales como una cuestión de honor.
"Ella es inflexible, directa y fue capaz de decirle a un
presidente: usted es un delincuente y un ladrón" recuerda
su madre en otra conversación con El Tiempo.
Batalla por el poder
En 1998 pocos antes de finalizar el mandato de Samper, creó
una agrupación política inspirada en sus propias
convicciones sobre la forma de gobernar.
Repartir condones, Viagra y hablar de profilaxis, fueron
una de las herramientas que utilizó para dar un matiz
único a su política: "la corrupción es el sida
de nuestra sociedad. Protejámonos", expresaba sin tapujos
en sus campañas.
Es con su partido Verde Oxígeno, una analogía de
los Partidos Verdes europeos, que se lanza a la batalla por
el poder con una bandera que todos querían ver ondear:
la lucha contra la corrupción y las injusticias.
Los ingentes discursos envilecían a sus seguidores y
crispaban la paciencia de sus detractores. Su forma de manejar
en la carretera hacia el poder, deslastró el tradicionalismo.
Sin embargo, las constantes amenazas de sus enemigos la separaron
de sus dos hijos, quienes tuvieron que salir del país
para residir con su padre en un primer momento en Estados
Unidos y luego en Francia.
El segundo matrimonio de Ingrid con Juan Carlos Lecompte,
fortaleció su imagen de "mujer valiente, pero apasionada",
un arma necesaria en la lucha por los cambios que deseaba
implantar.
Un año antes de apostar por su entrada en la Casa de
Nariño, sorprende con el lanzamiento de un polémico
libro donde revela los pormenores de una infancia ilustrada
y las ansías de luchar por su país.
Publicado en Francia -debido al rechazo de las editoriales
colombianas-Rabia en el Corazón- también fue un
desahogo de la denuncia contra la politiquería corrompida.
Contra Samper y el narcotráfico. Contra la vieja praxis
y los procesos olvidados y consumidos por el polvo de la indiferencia.
Como una Juana de Arco, Ingrid Betancourt quiso imponer un
orden con voz femenina, pero pocas veces la prensa dio espacios
para escuchar sus palabras. No llamaba la atención.
Sin importar sus orígenes en las filas liberales, la
oposición la acusaba de querer encabezar una cruzada
de moralización de las costumbres, donde todos, menos
ella, eran los malos. Lo único cierto es que su programa,
por recalcitrante que pudiera parecer, era claro y sostenido.
Tocaba las fibras.
Sus roces con congresistas y senadores, e incluso con el
entonces presidente colombiano, Andrés Patrana Arango,
los consideró como una traición a sus ideales, al
país.
Por eso, y ante su personalidad y sus ideas-a la que creía
que nadie podía resistirse-decidió postularse como
candidata a la presidencia de la República para las elecciones
de 2002, en las que se enfrentaría con Horacio Serpa
y Álvaro Uribe. La suerte esta vez no la acompañó.
Su coraje y apasionamiento se enfrentaron a las consecuencias
de una dura realidad.
1.10. Economía. Aunque el ministro de Energía Eléctrica, Ángel Rodríguez, señaló que en la elaboración del nuevo pliego tarifario se tomará en cuenta la opinión de las comunidades, ya el Gobierno tiene la determinación de pechar el consumo excesivo de energía eléctrica en el país.
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