República Dominicana es un reservorio de historia. En
contraste con lo añejo, sobresalen los puentes modernos
atirantados por guayas que desde lejos parecen de plata.
Estamos en la parte colonial de Santo Domingo. A mi lado,
un reloj de sol y unos turistas que intentan saber cómo
funciona.
El calor explica la fiesta continua que llevan los dominicanos
en la sangre. El merengue nace y vive con cada uno. Decido
arroparme bajo la sombra de unos árboles para tomar un
refresco.
Los dominicanos son dicharacheros y bonchones. (Mi laptop
se resiste a utilizar la palabra bonchones; me
dice que debo querer decir bonachones); pues algo de razón
tiene, porque también son bonachones.
Es frecuente encontrar avisos como éstos: Cerveza
fría a pesar de los apagones. Otro: ¿Por
qué tanta prisa en un país tan pequeño?
La gente va a su ritmo. Todo lo hacen "al paso" es decir,
con la mayor calma.
Enfrente el Museo de los Reyes. Allí se guardan objetos
de la conquista: réplicas de los barcos y utilería
variada. Unas fotos de los reyes de España con el Presidente,
el día de la inauguración.
El irlandés que me acompaña se acuerda de una anécdota
que le ocurrió en Maracaibo. Es pintor, y un día
intentaba pintar a unos niños que estaban sobre una piragua,
muy cerca del muelle.
Una niña en tierra, al ver que sus amigos tenían
tan singular privilegio, les dice: "¡Marbelis, no te mováis
que vais a salir borrosa!".
Los dominicanos son atentos; disfrutan al servir. Su principal
ingreso es el turismo e intentan vender de todo, a todo el
mundo. Abundan las sabrosas frutas tropicales.
Las piedras impregnadas de siglos parecieran dar órdenes
al sol que, tímidamente, se va ocultando en el horizonte
y proteje con agradable sombra nuestra conversación.
oswaldopulgar@cantv.net