Las organizaciones incurren en costos millonarios si no se optimiza su uso
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EDUARDO CÁMEL ANDERSON
EL UNIVERSAL
Costos al leer. Costos al escribir. Costos al esperar. Otros
costos ocultos.
Son todos valores asociados al empleo de una de las más
útiles herramientas del momento: el correo electrónico
en los lugares de trabajo. Esos costos pueden bajar si se
usa el recurso con sentido común y conciencia.
Esto lo explica el publicista venezolano Juan Carlos Jiménez,
analista de comunicaciones corporativas, y autor de la obra
El e-mail en el trabajo, Manual de Supervivencia y Consejos.
Según su investigación y conclusiones, las empresas
tienen mucho que ganar si establecen regulaciones (e-Normas)
para el uso eficiente de este recurso, que en algunos casos
comprobados ocupa hasta 30% de la jornada laboral de un empleado.
El precio de la tecnología
Cograf, la empresa que dirige Jiménez, aplicó en
una compañía venezolana una ecuación utilizada
en un estudio previo en Gran Bretaña, para determinar
el impacto financiero del correo electrónico.
En el caso doméstico, una empresa de 480 empleados,
Cograf determinó que el tiempo empleado por los miembros
de la organización en leer correos electrónicos
laborales es de aproximadamente 4,8 millones de dólares
al año (ojo, este no es tiempo perdido, sino una medición
preliminar).
No es de extrañar que ante una cifra de tal tamaño
la organización se interese en encontrar medidas de ahorro.
Según Jiménez, una mejora de los hábitos corporativos
de comunicación escrita implicaría al menos medio
millón de dólares en ahorros.
La sopa de letras y números de la ecuación aplicada
consiste en multiplicar la cantidad de e-mails recibidos diariamente
(excluyendo la basura, y los no laborales) por la sumatoria
de los tiempos de lectura y de recuperación de la interrupción,
cruzado con el salario diario de los empleados (dividido en
minutos) y el número de empleados que usan la herramienta.
Y ese costo final no incluyó el asociado de la escritura,
que eleva el impacto total a 9,8 millones de dólares.
Por supuesto que el experto reconoce que estas cifras no
se deben extrapolar fielmente a las estructuras de costos
de otras compañías, pero conviene en que sirven
de referencias válidas para análisis internos.
A los de lectura y escritura deben sumarse aquellos costos
que no se ven: El de los equipos y la conexión a Internet,
los de seguridad, mantenimiento de redes, soporte técnico,
dominio en Internet, y otros tantos.
Agréguense los costos por ineficiencia en manejo del
tiempo, y se tendrá, entonces, una verdadera motivación
organizacional para optimizar el uso de este útil recurso.
Uso sin abuso
Es de entenderse que no haya un manual de ahorros estándar
para todas las empresas, como tampoco hay un mismo impacto
financiero del uso de e-mails.
No obstante, hay recomendaciones que Jiménez hace como
las de oro para empezar a normar esta herramienta.
La primera de ellas es determinar plazos de respuesta escrita
a aquellos correos que contengan requerimientos.
Otra sería sensibilizar a los trabajadores respecto
al uso del e-mail.
Esto se lograría, por ejemplo, promoviendo que cada
empleado analice semanalmente cuantos de sus correos son eficientes
al generar el retorno de la respuesta que esperaban.
De ser bajo ese retorno, saberlo les permitirá detectar
si es por motivos relacionados con la redacción del e-mail.
Se agrega la difusión de valores de sentido común
en el contenido, como evitar las discusiones vía correo,
y usar éste sólo para enviar los acuerdos a los
que se lleguen, y descargarlos en lo posible de aspectos emocionales,
ya que los e-mails que mejor fluyen son justamente los sencillos
y directos.
Asimismo, y paradójicamente, conviene que las normas
que se establezcan no sean promovidas únicamente por
la vía electrónica, ya que se requiere una participación
más personalizada, incluyendo a los nuevos miembros de
la organización.
Un caso típico de correos ineficientes son los mensajes
corporativos relacionados con normas y procedimientos, o de
eventos y recordatorios.
Se debe medir allí cuanta atención y lectura reciben
y cuantas personas reaccionan explícitamente, entre otras
variables de interés.
ecamel@eluniversal.com
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