Es natural que los medios de comunicación se opongan
a la Ley de Inteligencia y Contrainteligencia. Es una actitud
coherente, como lo son muy pocas en su caso.
Hay dos bloques de razones para que se opongan. El primero
tiene que ver con el derecho al trabajo y la libertad de empresa.
Me explico: si se generaliza el arte del soplo, ciertos prominentes
miembros de la Alianza de Articulistas Antichavistas (la venerable
Triple A), que se han especializado en el alto chisme y el
bajo sapeo, podrían quedarse cesantes.
Algunos tripleases han llegado a tal nivel de industrialización
de la insidia que hasta en los nombres de sus columnas -sin
ningún rubor- alardean del contenido chismográfico.
Su gracia consiste precisamente en que, como bien dice mi
amigo Rafael Jiménez, su periodismo es de servilleta.
¿Qué harán esos traficantes de comidillas si
el país entero, acicateado por la Ley de Inteligencia,
se dedica a la intriga y el comadreo?
En el escenario de la nueva ley, algunos periódicos
completos, programas radiales y páginas web perderían
toda utilidad. No podrán contarle al público -como
si fuera una noticia confirmada- lo que le dijo la prima de
un general a la amante de un vicealmirante, mientras degustaban
una merengada adelgazante en una convención de Herbalife:
que la semana que viene se alza un batallón en Táchira,
"te lo juro por mi madre". Hasta ahora, difundir ese tipo
de murmuraciones ha sido uno de sus hobbies predilectos,
pero, a partir de la vigencia de ley tendrán que morderse
la lengua, porque ese tipo de conductas habrán pasado
a ser exclusivas de los confidentes del "rrrrégimen".
El segundo bloque de razones es más filosófico.
Tal parece que los medios no sólo se oponen a la Ley
de Inteligencia. Una revisión general permite sospechar
que han ido más allá y le han declarado la guerra
a la inteligencia misma. O, al menos, a la de sus usuarias
y usuarios.
Por ejemplo, un editorialista opina que las elecciones del
PSUV fueron una farsa. Postula unos argumentos para demostrar
su tesis. Ok, puede que tenga razón. Pero, luego, afirma
muy convencido que el método de selección de candidatos
de la oposición, basado en unas encuestas, es el súmmum
de la democracia interna. No creo que se trate de una trasgresión
a la ley, pero sospecho que es eso que llaman por ahí
un insulto a la inteligencia.
Otro dueño de medio ha dicho que la ley nos equipara
con las naciones totalitarias como Cuba y Corea del Norte.
Cuando alguien acota que también tiene un aire a la Ley
Patriota de ese superdemocrático país llamado Estados
Unidos, el preocupado empresario pone cara de idiota. O, para
ajustarnos a la nueva nomenclatura, se hace el contrainteligente.
clodoher@yahoo.com