Una rueda de prensa del maestro José Antonio Abreu sobre
el Premio Príncipe de Asturias otorgado al Sistema Nacional
de Orquestas Infantiles y Juveniles, fue cortada bruscamente
para infligirnos una cadena del más parlanchín gobernante
que haya tenido Venezuela, cadena en la cual recitó una
vez más la desafinada cantaleta sobre la guerra que el
imperio tiene emprendida contra Venezuela. Esa interrupción
no fue obra del Gobierno, sino del cielo: ella nos dio la
posibilidad, "en vivo y en directo" de hacer la comparación
entre las dos Venezuela que hoy coexisten en nuestro espacio
y en nuestro tiempo.
El prestigioso premio internacional a la primera tiene diversas
implicaciones, pero la más importante y significativa,
la que la hace ejemplar, es la de estar nadando contra una
de las más fuertes corrientes de la idiosincrasia venezolana,
la tendencia a la improvisación.
Dos regalos divinos
Ningún angel bajó del cielo para posarse sobre
la cabeza de nuestros muchachos y premiarlos con un hermoso
billete de lotería. Durante casi todo el siglo XX, se
nos ha conocido en el extranjero por dos cosas que para nada
son producto de nuestra voluntad, sino de la de Dios Padre
Todopoderoso: petróleo y reinas de belleza. Desde hace
algún tiempo, y mucho más de ahora en adelante,
se nos conocerá como el país de la música.
Pero sobre todo, servirá para quitarnos esa fama de haraganes
en la que nos acompañan casi todos los pueblos de América
Latina. Porque "el Sistema", como se le suele llamar abreviadamente,
no nació de la noche a la mañana, ni por generación
espontánea, ni (para no ahorrarnos la ripiosa comparación
jupiterina) nació armada de pies a cabeza de algún
dios musical. No: es el producto de más de treinta años
de trabajo.
Pero no de un trabajo rutinario como el de todos los burócratas
del universo, de ocho a doce y de dos a seis: es un trabajo
de cada minuto, de cada segundo, en días que la mayoría
de las veces tienen más de treinta horas. No es "un puesto":
es una vida.
Un tiempo muy preciso
Decir que sea el producto de treinta años de trabajo
lo ubica además en un tiempo muy definido y preciso de
la historia venezolana: el de los gobiernos civiles. Es decir,
un tiempo en que los venezolanos parecían estarse acostumbrando
a pensar en años y en décadas, más que en días
y en horas. A comprender que para que el trabajo pueda dar
frutos perdurables, no puede provenir de un subitáneo
rapto de inspiración ni va a caernos del cielo o a brotar
del subsuelo.
Por mucho que las loterías y los hipódromos continuasen
trabajando horas extras, esa actitud del homo ludens
venezolano que tanto horrorizaba a Arturo Uslar Pietri, era
relativamente inofensiva, porque no derivaba hacia la acción
política. Se iba dejando en el polvoriento desván
de los recuerdos el hombre que "tiraba la parada" y parecía
irse instalando en nuestra mentalidad el convencimiento de
que la democracia política y el desarrollo económico
y social se ganaban en la pelea cotidiana y de todos, no por
la acción de un demiurgo, de un santón (de un matón)
de uniforme.
La otra Venezuela
Pero hablábamos más arriba de dos Venezuela que
coexisten. Lo hacen desde siempre, pero sólo durante
los gobiernos civiles ha podido el trabajo tesonero y creador
crecer en el acatamiento y la admiración públicos
para poder carearse con la otra Venezuela, la de la improvisación,
del golpe de mano, la viveza y la deshonestidad, la de la
fuerza bruta y la pobreza intelectual y moral. En una palabra,
la Venezuela militar o para ser más precisos, militarizada.
La Venezuela que, para vergüenza nuestra, el mundo conoce
riéndose a mandíbula batiente, porque combina la
verborrea payasa y la cobardía. La Venezuela que amenaza
a nuestros vecinos con el verbo de la guerra a muerte, pero
cuyos batallones se devuelven despavoridos sin haber llegado
ni a la frontera. No porque a nuestros soldados se les hayan
aflojado las tripas, sino porque conocen muy bien la actitud
de su Capitán Araña de Comandante en Jefe en la
heroica batalla del Museo Militar.
El purgante
Pero la característica más saliente de esta Venezuela
que el electorado se impuso a partir de 1998 (creyendo que
un purgante serviría para curar una diarrea) es la improvisación.
Mientras que en la Venezuela del sistema de orquestas juveniles
el ensayo y la corrección de los errores se combinan
con la confianza en el genio y el ingenio de nuestros jóvenes
para dar como fruto ese prodigio de armonía que hoy mantiene
en vilo al mundo entero, en la Venezuela de botas y uniforme
el destino del país se decide en los incorregidos dislates
que el comandante en jefe excreta cada domingo frente a un
micrófono que pareciera untado con un euforizante alcohol
que pone la lengua pastosa y el verbo incoherente pero incontenible.
Allá, la armonía producto de una larga paciencia.
Acá, un ruido caótico, un alboroto sin orden ni
concierto, donde lo único que no desafina es el caletreado
aplauso de los aduladores. Y donde puede advertirse no sólo
esa improvisación sino el desprecio por el trabajo serio.
Para decirlo como lo hizo alguna vez su vicepresidenta Adina
Bastidas, el de "esos PhD que tanto mal le han hecho al país".
Maquiavelo decía que somos los árbitros de la mitad
de nuestros actos, y que la otra mitad la comanda la fortuna.
Hoy, la primera Venezuela recibe el aplauso del mundo entero.
La Venezuela militar de segunda nos ha convertido en su hazmerreír.
Pero no es cosa de desesperar: no debe olvidarse que la fortuna
es caprichosa e inconstante.
hemeze@cantv.net