¿Puede llegar a 2012?
No es imposible, pero luce difícil. No porque lo tumben,
sino porque se desmorone o le salga más barato irse voluntariamente.
Debe recordarse que desde 1985 han salido de sus cargos dieciséis
presidentes latinoamericanos y sólo uno por un golpe
de Estado exitoso: Jean Bertrand Aristide, en 1991. Los demás
han salido mediante artilugios legales. En esa estadística,
el aporte venezolano ha sido la caída de Carlos Andrés
Pérez, en el marco de la conjura de "los notables".
En la región, entre tantas invenciones, se han encontrado
métodos para expeler presidentes sin recurrir a alzamientos
militares como los de antes, sino mecanismos más sutiles
para forzar la barra. En esta perspectiva, discutir la posible
salida de Chávez de la presidencia es un tema que no
necesariamente tiene que ver con golpes de Estado, como aquel,
sangriento del 4 de febrero, sino con arreglos institucionales
que la ingeniería política es diestra en inventar.
En el mundo globalizado, los golpes de Estado tienen bajísimas
probabilidades de éxito, aparte de que crean más
problemas de los que pretenden resolver.
El sostén. Lo
que sostiene a un gobierno es uno de dos mecanismos. O los
dos. El primero se refiere a un conjunto de instituciones
sólidas. El Presidente, una vez electo, cumple su período
a menos que sea enjuiciado; en el caso de los regímenes
parlamentarios el jefe del gobierno se mantiene mientras tenga
mayoría en el parlamento o hasta que le nieguen el voto
de confianza. Hay procedimientos para alcanzar y salir de
la jefatura gubernamental, que no dependen de la popularidad.
Un ejemplo es lo que ocurre con George W. Bush. Es un Presidente
despanzurradamente impopular, incluso ya lo rechaza un sector
republicano; sin embargo, las instituciones funcionan y, en
general, no se cuestiona que termine su mandato.
El otro mecanismo para sostenerse en el poder es el del apoyo
popular. Puede que las instituciones no sean sólidas
y se armen frecuentes bochinches institucionales, pero un
sólido y organizado apoyo ciudadano permite surfear entre
los vaporones que suponen sociedades muy desestructuradas.
En Venezuela pareciera que durante mucho tiempo hubo cierta
solidez institucional, que permitió que presidentes convertidos
en figuras impopulares terminaran sus mandatos, en medio de
la rechifla callejera. La crisis del Estado y de la sociedad
en la década de los 80 comenzó a horadar esa relativa
solidez, lo cual fue evidente en el segundo gobierno de Pérez.
En este caso, la pérdida de apoyo popular y la descomposición
de factores clave como los partidos políticos, permitieron
que las élites acabaran con ese gobierno que terminó
sin base social. Después vino Caldera, elegido por una
abigarrada primera minoría, y como fue incapaz de amasar
un apoyo social consistente su gobierno terminó hecho
astillas.
Con el régimen chavista, los desarreglos institucionales
se profundizaron. Se destruyeron los tejidos sociales, desaparecieron
las élites, se liquidaron las instituciones que la democracia
había logrado construir, y Chávez se erigió
en el líder y representante de una avasalladora fuerza
callejera. Avanzó sin respiro porque contaba con el fervor
popular suficiente como para derribar el templo sin que fuesen
aplastados los santos que allí se guarecían. Así
ocurrió durante un tiempo; pero, todo, al parecer, se
derrumbó.
Sin Instituciones
y Sin Pueblo. El gobierno, poco a poco, se ha convertido
en una masa amorfa y putrefacta. Al destruir las instituciones,
no puede operar sino con el auxilio de estructuras mafiosas,
de negociantes, de recién llegados a las arcas de Rico
Mac Pato. Los problemas que agobian a los venezolanos no son
enfrentados por los organismos del Estado a los que correspondería
hacerlo, los ciudadanos han sido dejados a la intemperie y
las contradicciones en el otrora sólido bloque chavista
expresan un descontento creciente. Chávez dejó de
ser el jefe de un poderoso movimiento popular unificado, para
ser el centro de las negociaciones entre grupos, dirigentes
y bandas, que pelean a cuchillo entre sí y que ya no
le obedecen sin chistar.
Sigue con el palo y la zanahoria en las manos, tiene los
instrumentos de represión y el presupuesto nacional,
que no son poca cosa; sin embargo, ya no es la encarnación
de un proyecto de cambio sino el administrador de un botín.
Basta hablar en forma privada con los chavistas, los de a
pie y los de corbata de 300 dólares, para apreciar el
hastío.
No es que prefieran a los partidos opositores; no. Tampoco
es que deseen ver a Carlos Andrés Pérez o a Caldera
en el poder; para nada. Lo que les ocurre es que de apreciar
en Chávez una esperanza pasaron a observarlo como un
peligro: olisquean que lo que éste promete hacia el futuro
no es la redención revolucionaria, sino que le abra el
espacio a un jefe militar, amolado y posiblemente de derecha,
que se ofrezca a poner "orden".
Patético. Lo
más reciente ha sido el escándalo con las computadoras
de Reyes. El frenético ataque a la Interpol, que se había
limitado a investigar si los dispositivos habían sido
alterados, confirmando que no habían sido manipulados,
desató un "ataque preventivo" de Chávez sobre esa
institución, así como en contra de Colombia, EEUU,
y todo lo que se moviera en el espacio próximo al querrequerre
barinés.
Debe notarse que fuera de Rafael Correa y en menor grado
de Daniel Ortega, todo el mundo está haciéndose
el loco. La zanganería de Lula, que un día dice
que sólo los "dictadorcitos" buscan reelegirse indefinidamente,
para luego llegar a la idiotez de afirmar que Chávez
es el mejor Presidente que Venezuela ha tenido en 100 años,
muestra un cierto intento de no disgustarlo pero también
de tenerlo a raya.
La Salida. En
este marco, es muy difícil que Chávez se sostenga
sin bases institucionales y sin apoyo popular organizado y
sólido. Su partido está dividido; sus aliados están
descontentos; los personajes a los que ha apelado y ha degradado
en el curso de los años, los tira al pajón; muchos
de los suyos saben que son desechables; de lo cual resulta
un panorama poco propicio a la estabilidad. Puede ser posible
que una facción del chavismo o varias de éstas encuentren
que la posibilidad de su sobrevivencia ya no pasa por mantener
a Chávez sino por sustituirlo. De allí que no sea
imposible un vasto acuerdo que busque algún camino para
reconstruir la gobernabilidad democrática de Venezuela.
En el momento en que esto se plantee, una discreta petición
a Chávez para que se haga a un lado podría convertirse
en fuerza irresistible.
Claro, aquí no se ha hablado de otros imponderables:
inflación incontrolada , escaseces, crímenes al
por mayor, furia en las calles; asuntos que pueden prender
fogones sobre los cuales esta columna, por exceso de prudencia,
no discurre hoy.
carlos.blanco@comcast.net