Nadie puede poner en duda que las primarias resultan el método
más democrático a la hora de escoger a cualquier
tipo de candidato para un cargo de representación popular.
En el 2006 este cronista defendió, casi en solitario,
la propuesta de Súmate para que fueran los ciudadanos
quienes eligieran al abanderado de la oposición para
las elecciones presidenciales de ese año.
Al final se escogió el camino de las encuestas como
el más práctico y menos conflictivo, con resultados
satisfactorios que, pese a la derrota, permitieron la presentación
de una sola candidatura y una estructura unitaria capaz de
aglutinar a los más disimiles sectores de la oposición.
Ese paso de avance se convertiría en uno de los factores
que determinaron la victoria del 2 de diciembre y por eso
el método de las encuestas ha sido el escogido para el
más complejo proceso de selección de 24 candidatos
a gobernadores y 330 a las alcaldías.
Ahora, en la acera de enfrente, el chavismo anuncia primarias
para escoger sus candidatos, lo cual, en principio, luce como
un contrasentido, tomando en cuenta que tal decisión
desafía la tradición personalista y caudillesca
de una organización donde sólo decide el jefe y
los demás obedecen.
En tales circunstancias, ¿es posible elegir democráticamente
a quienes, como la experiencia lo demuestra, terminan convirtiéndose
en acólitos del jefe y solícitos ejecutantes de
sus órdenes? ¿Obedecerá a Chávez un tipo
como Henry Falcón o cualquier otro ungido con más
del 50% de los votos y no por el dedo todopoderoso ya no tan
todopoderoso?
La respuesta es obvia. Los métodos democráticos
no se agotan en si mismos y cuando se aplican desde el comienzo
de un proceso ya luego resultan imparables. En otras palabras,
con las primarias Chávez está enajenando su poder,
lo está dividiendo, lo está compartiendo y, en definitiva,
lo está perdiendo. Claro, si ganan sus candidatos, que
ya no serían los suyos, sino los de la base.
¿Estaría dispuesto a aceptarlo sin chistar? No
lo creo. La trampa está montada y la apariencia democrática
sólo busca neutralizar una matriz de opinión según
la cual Chávez es lo que es, o sea, un déspota.
Así, como ya ocurrió con la elección de las
autoridades del PSUV, sólo quedarán quienes el quiere
que queden y para eso dispuso el mecanismo a través del
cual él decide quien va y quien no, en caso de que el
triunfador no llegue al 50% o no tenga una ventaja superior
a 15 puntos sobre su más cercano adversario.
Así las cosas, ¿aceptará un ganador ser despojado
de su triunfo porque el jefe colocó a otro que llegó
detrás de la ambulancia? Posiblemente no y allí
está el germen de la división. Pero si lo hace,
peor aun, porque, entonces, su candidato no tendrá el
menor chance ante el adversario de la oposición.
rgiusti@eluniversal.com