ROBERT ANDRÉS GÓMEZ
Mike Myers, el niño
Que un clásico cinematográfico sea sometido al
proceso del "remake" es una noticia que siempre da un poco
de escalofrío.
Por fortuna para los que osan entrar en estas aguas pantanosas,
el cine inventó la "precuela".
La precuela es esa cinta que viaja al pasado de las historias
y explica aquello que en la mayoría de los casos ya se
sabía, o al menos se sospechaba.
La idea permite de alguna manera eludir el film original
y no caer en la profanación del mismo; amén de exprimir
aún más una jugosa franquicia cinematográfica.
Algunas de estas experiencias han sido afortunadas. Batman
inicia fue un exitoso giro que recuperó al hombre
murciélago para el cine. Y Casino Royale viajó
a los inicios de James Bond para darle nuevo rostro y bríos
a una franquicia emblemática. Otras, sin embargo, no
lo han sido tanto. George Lucas naufragó con la entrega
de Episodio I. La amenaza fantasma. La familia De Laurentiis
se topó con una pared con su mirada a la juventud del
Dr. Lecter en Hannibal, el origen del mal. A Paul Schrader
lo despidieron por defender su visión de El exorcista,
el inicio y luego contrataron a Renny Harlin, que prácticamente
filmó su propia cinta y con ello terminó de echar
más tierra al proyecto.
Como la tendencia no se detiene, hay mucho más por venir.
En el futuro inmediato los estudios Fox dejan de lado a los
Hombres X para desmenuzar el pasado de Logan en Wolverine.
Y Peter Jackson no conforme con el éxito de El señor
de los anillos ha contratado a Guillermo del Toro (Hellboy)
para que ruede El hobbit.
Mientras estas cintas llegan a las pantallas, Rob Zombie
se pone el traje de plomo para tocar una pieza manida (con
nueve secuelas al menos), pero sólida, del cine de terror:
Halloween (1978) de John Carpenter.
Zombie -músico de heavy metal, escritor y director de
cine (La casa de los mil cadáveres, 2003)-, sin
embargo se ha pasado un poco de listo y ha entregado una mezcla
de precuela con remake.
Su Halloween(2007) particular echa un vistazo a la
infancia perturbada de Mike Myers y se aventura sin mucho
temor a la célebre noche en que regresa de su oscuro
encierro.
Aunque pecaminoso, Zombie consigue estructurar una cinta
interesante, al menos en las dos primeras partes de la misma.
Pinta un caótico cuadro familiar y va dibujando el color
de su personaje.
Su Mike Myers es un niño silencioso, con un peligroso
odio creciente y una afición casi antropológica
por las máscaras.
Cuando comete su espantoso crimen infantil, Myers es confinado
a un manicomio, donde permanece oculto del mundo durante años.
Hasta que un suceso particular lo saca de su encierro. Hasta
acá, Zombie consigue estructurar una película con
aciertos y muy superior a muchas de las secuelas de la franquicia.
No obstante, peca al no detenerse justo donde Carpenter sembraba
su semilla. Es en su recorrido por lo que ya Carpenter rodó,
donde el esfuerzo de Zombie por recuperar al oscuro personaje
se debilita.
Sin Jamie Lee Curtis para dar rienda suelta al grito, ni
Donald Pleasence para intentar tranqulizar al perturbado Myers,
la cinta pierde el tono y un tanto, el norte.