Singapur/Rangún.- No podía
haber afectado peor a uno de los países más pobres
del mundo. El ciclón "Nargis" golpeó con su furia
a un país económicamente devastado, en el que millones
de personas no tienen lo más necesario para vivir. Y
la catástrofe amenazó además con aniquilar
una de las pocas luces de esperanza que el pueblo reprimido
por una junta militar tenía por estos días.
Por primera vez en 18 años, los habitantes de Myanmar
(antigua Birmania) acudirán a las urnas este sábado
10 de mayo. Deberán votar sobre una nueva Constitución,
que promete las primeras elecciones libres desde 1990 para
dentro de dos años. Ahora, las calles y los puentes están
destruidos y amplias zonas de la costa están sin comunicación
alguna.
Pero el régimen militar prometió, a pesar de la
devastación causada por el ciclón, cumplir con lo
previsto en cuanto a la votación. "El referéndum
está a unos pocos días y la gente se encara con
alegría la votación", señala una declaración
de la junta difundida hoy, según informó la cadena
británica BBC.
Los generales de la junta son muy supersticiosos y seguramente
interpretarán el ciclón como un mal presagio. La
junta además es paranoica y ve espías en la mayoría
de los extranjeros. Sólo unos pocos pueden trabajar en
Myanmar. Así, la necesidad de la gente sólo aumenta,
porque hay muy pocas organizaciones de ayuda en el país.
La gran mayoría de los birmanos es tan pobre que el
año pasado fueron los primeros en el mundo en salir a
la calle desesperados por el aumento de los precios de los
alimentos. El hambre llevó a la mayoría a ello,
a pesar de las amenazas. La junta militar acotó las subvenciones
para el aceite de cocina y muchos temieron por su supervivencia.
La venganza de los generales no se hizo esperar. Cuando decenas
de miles de monjes se sumaron a las protestas y las personas
dirigieron su descontento también contra el régimen,
reprimieron en septiembre. Tras días de protestas en
la metrópoli portuaria de Rangún, los militares
abrieron fuego contra los pacíficos manifestantes. Al
menos 31 personas fueron asesinadas. Las fotos de los monjes
cruelmente masacrados circularon por todo el mundo. Miles
fueron detenidos y desaparecieron en las prisiones donde son
torturados.
Según testigos oculares, Rangún presenta hoy un
paisaje de guerra. En la ciudad de cuatro millones de habitantes,
los árboles cayeron sobre las calles y las casas se quedaron
sin techos. El huracán también se llevó las
numerosas antenas satelitales que permitían a muchos
en este país aislado comunicarse con el mundo exterior.
En los barrios pobres de los alrededores, las casillas de
chapa no tuvieron ninguna oportunidad ante los potentes vientos,
relató DPA..
En el delta del Irrawaddy la situación podría ser
aún peor. Allí viven los campesinos que se dedican
al arroz. Su cosecha seguramente fue ampliamente destruida.
En la zona no hay casi infraestructura. El gobierno apostó
en los últimos años por expandir la industria del
petróleo y el gas, y no por el bienestar de los campesinos.
Muchas personas deben vivir con un ingreso anual de 650 dólares.
Según estimaciones del Banco Mundial, un tercio de la
población vive por debajo del umbral de la pobreza. Según
los datos disponibles más recientes, de 1996, casi el
60 por ciento de la población vive de la agricultura.
La junta, mientras tanto, disfruta del lujo, alejada de sus
súbditos, en una nueva capital construida 300 kilómetros
tierra adentro. "Perdieron totalmente la conexión con
la realidad", dice el disidente Bo Kyi, que hoy vive en el
exilio en Mae Sot, en Tailandia. "Reclaman de sus súbditos
señales positivas de progreso, y nadie se atreve a decir
la verdad".
El órgano estatal "Luz Nueva" celebra los supuestos
éxitos de los dictadores: tantos puentes nuevos, tantas
calles nuevas, grandes cosechas. "La gente se pregunta por
qué tienen que pasar hambre si hay tanto progreso", dice
David Mathieson, encargado de Human Rights Watch de controlar
la situación de los derechos humanos en Myanmar.