He sido afortunado al haber nacido en este valle donde está
asentada la que fuera una apacible, plácida y amable
ciudad que, aún hoy, maltratada como ha sido en los últimos
sesenta años, sigue siendo Caracas la ciudad en la cual
me siento, y creo que me sentiría, plenamente feliz o
conforme de vivir en ella, al menos, ahora, puertas adentro.
Cuando los conquistadores llegaron a este valle, han debido
sentir que llegaban al Paraíso, en la Tierra de Gracia.
Cuánta rabia han debido sentir nuestros indígenas,
tratando de defenderlo fieramente de extraños, hasta
con su vida y ser completamente arrasados.
Creo que los caraqueños en los últimos sesenta
años perdimos la noción de nuestro entorno y todos
hemos contribuido, unos más, otros menos, a estropearla.
Hasta entonces, la ciudad había ido desarrollándose
al paso del tiempo al que crecía, sin premura. Muchas
veces sentí que en esa Caracas en que vivía muy
poco había cambiado con el paso del tiempo. Hasta que
llegaron la modernidad y el crecimiento violento y nos tomaron
de sorpresa. El caraqueño se quedó atrás y
bajo la presión de la inmediatez y consciente que no
era posible conservarla igual, que para convivir con la modernidad
había que emprender cambios radicales, olvidó que
las transformaciones a las ciudades no son tanto para vivirlas
y disfrutarlas sino pensadas a cien, doscientos o mas años
plazo, para los descendientes o para siempre.
Humildad y buen juicio
Hasta entonces nuestros arquitectos e ingenieros (no había
urbanistas), formados según principios de la Escuela
de Bellas Artes (Beaux Arts) de París, (Chataing,
Wallis, Guinand, etc.), habían intervenido la ciudad
con humildad y buen juicio, con obras que iban modernizando
y embelleciéndola, acordes a la mejor arquitectura de
su tiempo y al paso que la ciudad crecía. Fueron de esa
época la Gobernación de Caracas, el Hotel Majestic,
los ministerios de Educación, de Fomento y de Hacienda,
Correos, el Pabellón del Hipódromo, el Colegio de
Ingenieros, hoy un pasticho que ofende a su autor, Chataing;
los edificios Mercaderes y Veroes y otros, y como urbanismo
El Paraíso (digno de su nombre), la avenida Los Caobos
y la avenida La Paz (bellas como ninguna hasta ahora), etc.
Muy buenas obras, no para que el nombre del arquitecto sobreviviera
en la historia, sino para servir y embellecer la ciudad, de
acuerdo con su escala y con el futuro previsible. Hoy, todas
han sido intervenidas con tan poco aprecio, profesionalismo,
desprecio y mal gusto que, si se quisieran conservar, deberían
ser llamados verdaderos especialistas para reconstruirlas,
pues en su acabado y decoración intervinieron, además
de excelentes arquitectos, decoradores de reconocida solvencia
profe- sional y en sintonía con lo mejor de su tiempo,
incorporándoles material y obras valiosas, muy bien escogidas,
que fueron modificadas, destruidas o desaparecidas y mucho
se ha perdido.
Bajo presión
Cuando la presión de la modernidad se hizo perentoria,
se recurrió al concepto de Zonificación, regido
por una ordenanza que oficializó lo que había, poco
y poco valioso, salvo esas obras que cité anteriormente
y poco más. Al mismo tiempo, se abandonó la influencia
europea, ya se estaban incorporando algunos conceptos en el
mundo de la modernidad, los principios urbanísticos americanos,
los de la California del futuro, Los Ángeles, la ciudad
para automóviles.
Algunos conceptos se hibridizaron o inventaron, el de "gabarito",
por ejemplo, que se estableció en nuestras ordenanzas,
aunque la palabra no aparece en nuestros diccionarios y que
me imagino viene de la expresión francesa "gabarit".
Es una constante para definir la relación entre la distancia
entre las fachadas hacia la calle de edificios enfrentados
y la altura máxima edificable, con el objeto de obtener
niveles adecuados de ventilación e iluminación,
que en la Ordenanza significa: La relación entre la altura
máxima "posible" y el ancho de la calle entre fachadas
opuestas.
Los límites
En Europa, París, por ejemplo, la aplicación de
esa norma es muy rigurosa, viene desde la transformación
de París por el Barón Haussman: La altura es "única
y obligatoria" para toda la ciudad y sin espacios entre edificaciones
vecinas, además de que hay restricciones en cuanto al
diseño de las fachadas mismas. No hay escogencia. Eso
hace que las fachadas sean armónicas y constituyan no
sólo un límite muy definido de la vía, sino
un doble paisaje para el transeúnte a cada lado de la
vía. En nuestro caso, en cambio, la altura, variable
con el ancho de la vía es, además, en cada caso,
la "máxima posible", no es obligatoria sino electiva.
La fachada de cada edificación puede tener, desde un
mínimo hasta un máximo. No hay armonía. No
hay límite. No hay paisaje. Cada edificación interviene
o modifica el paisaje a su manera, además de la ruptura
que producen los espacios de los retiros entre edificaciones.
Otra gran diferencia que ha tenido una gran influencia en
nuestra ciudad.
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