Hay una nueva amenaza a la revolución: Homero Simpson.
El desgarbado barrigón se convirtió, de la noche
a la mañana, en un Osama de cartón que espanta a
la feligresía del Sha y el Che. En un giro a los que
ya nos ha acostumbrado la majadería gubernamental, esta
semana el padre de Bart fue más importante que los secuestros,
la matazón o la anarquía generalizada. La urticaria
por el personaje de ficción llegó a tal punto que
unos grupos, de esos muy gubernamentales, le pagaron a un
experto mexicano para que diera una charla en el Centro Latinoamericano
Rómulo Gallegos y, luego, pasara otra semana de gira
por el país exponiendo el horror de la comiquita, en
busca de otros molinos de viento con los que pelear.
Llama la atención la naturaleza de los izquierdistas-redentores-amén.
Cuando andan de peripatéticos por el mundo, financiados
de la forma más burdamente capitalista, tienen un halo
de librepensadores, una postura de apariencia rebelde que
tiene que ver más con la ropa que con el fondo. Franquician
un tono de voz de apariencia ilustrada y un pequeño manual
de citas que reviven entre cerveza y cerveza, así como
en los convites recargados y costosos que organiza la burguesía
roja. Se regodean de su sensibilidad social, -que creen monopolizar-
e implícitamente, de su incapacidad para comprender los
hilos sociales.
Luego de la buena onda de la mochila al hombro, algunos logran
conquistar las mieles del poder. En estos casos, invariablemente,
la conducta es otra. Si bien sigue habiendo un cierto respeto
por la muy cuidada estética guevarista, el ánimo
reaccionario de todo mandón se convierte en una epilepsia
incontrolable. Los jactanciosos anticlericales súbitamente
descubren pecados irreconciliables con la revolución.
Elaboran un índice que incluye los libros de todo aquel
considerado de derecha, incluyendo, por ejemplo, a Jorge Luis
Borges. Pero se trasciende a los libros y se pasa a una etapa
moralizadora que incluye una densa preocupación por el
contenido de periódicos, revistas y hasta de una serie
de dibujos animados.
Puede discutirse el tenor de la polémica serie. Lo que
es inaceptable es que un gobierno promotor de la corrupción
e incapaz de evitar los robos en medio de la autopista, de
mantener hospitales, de combatir el narcotráfico; en
definitiva, un gobierno que ha sido paradigma de decadencia,
desperdicie tiempo y dinero en una cruzada contra una parodia
de una parte marchita de la sociedad norteamericana.
La actitud redentora que ha mantenido el gobierno en el caso
Simpson, más que la de un ente regulador, ha sido la
de la mamá de Ligia Elena -esa de la canción de
Rubén Blades, horrorizada porque su hija tan chic se
le va con un trompetista- o la de las viejas esas que se escandalizan
porque a La Toya Jackson se le vio una teta durante dos segundos
en el Super Bowl.
Si alguien desea ver Los Simpson, el beisbol, Play Boy o
Disney Chanel, es un asunto privado. Si no le gusta, cambie
de canal, no hay cadena de TV. Esto es algo tan primitivo
que ni a Homero se le ocurriría.
La verdad que todo esto es como para un capítulo que
transcurra enteramente en el irreductible bar de Moe. ¡Salud!
mrcarrillop@gmail.com