NOELIA SASTRE
ESPECIAL PARA EL UNIVERSAL
Nueva York, EEUU.- Vestido de blanco tras los cristales
blindados del resplandeciente papamóvil blanco, Benedicto
XVI recorrió ayer la Quinta Avenida de Manhattan, desde
la calle 51 hasta la 73, saludando a los fieles que llevaban
horas esperando su llegada. Un baño de multitudes en
el corazón de Nueva York al que las fuertes medidas de
seguridad restaron emoción y espontaneidad.
"Nos están dando órdenes contradictorias", se quejaba
una mujer apostada frente a la catedral de San Patricio desde
las 6:00 am. Y es que en esta era post 11S, la visita del
Papa a Nueva York ha movilizado al Departamento de Policía,
al Servicio Secreto y al FBI, que ayer no dejaron ni un solo
milímetro de calle sin cubrir, con agentes uniformados
y de civil cada dos pasos y francotiradores apostados en los
rascacielos.
La Quinta Avenida estaba sellada: nadie podía entrar
o salir de las tiendas ni de las viviendas hasta que pasara
el Papa. El desfile de carros oficiales comenzó a la
1:30 pm, presidido por el papamóvil desde el que Benedicto
XVI sonreía a la multitud. Tras él, otros 13 automóviles,
furgonetas y ambulancias.
"Vivo en California y he venido a pedirle la bendición
para mi familia. Estoy muy emocionada viendo a tanta gente",
decía Evelia Carlos, mexicana de Zacatecas, conforme
con las medidas de seguridad porque "deben mantener el orden".
A su lado, César Campo y Marta Díaz, colombianos
de Santa Marta, no quisieron perderse esta "oportunidad histórica".
Además, Benedicto XVI les ha conquistado. "Tiene tanto
carisma como Juan Pablo II", dijo ella.
Ajenos al desfile, los turistas descansaban en el jardín
de esculturas del MoMA, junto a la Quinta Avenida, mientras
un taxista tibetano, reflejo de la diversidad cultural y religiosa
de Nueva York, apuntaba: "Yo respeto todas las religiones.
Creo que es mejor rezar que pelear".
Horas antes de su paseo, el Pontífice celebró la
primera misa de un papa en la catedral de San Patricio, el
gran templo del Catolicismo estadounidense. Allí, Benedicto
XVI hizo una llamado a la unidad, a una "nueva primavera"
en la Iglesia norteamericana, herida por los casos de abusos
sexuales de sacerdotes a menores. "Me uno a sus rezos para
que éste sea un momento de purificación para las
comunidades religiosas. Un momento para cicatrizar las heridas",
dijo frente a 3.000 curas y seminaristas.
Pero su homilía de 22 minutos fue sobre todo una celebración
de fe en una catedral repleta de curas, monjas, obispos, cardenales
y políticos -entre ellos el actual alcalde Michael Bloomberg
y su predecesor, Rudolph Giuliani-, y un llamamiento a la
conciliación dentro de la Iglesia.