Por Oscar Medina
La normalidad en San Antonio del Táchira no es la de
los abrazos y la diplomacia. Aquí en la frontera con
Colombia la normalidad es cada vez más la escasez. Las
tropas desplegadas regresaron a sus puestos sin haber olido
la pólvora y fue una suerte, porque esa era una guerra
que obviamente -salvo las FARC, quizás- nadie quería.
Los corresponsales de tantas agencias, diarios y cadenas
televisivas también se fueron aunque la realidad aquí
sigue siendo dura y la tranquilidad depende de un hilo muy
fino que pasa por las libertades para ir y venir cruzando
el puente, que pasa por el humor o las órdenes que reciban
los uniformados de la Guardia Nacional, pero, especialmente,
depende de las directrices que imponga el poder desde muy
lejos.
San Antonio -y en general la frontera tachirense- no sólo
resulta afectada cada vez que los presidentes deciden mostrarse
dientes y colmillos desde Caracas a Bogotá. La última
crisis fue sólo un momento agudo de una situación
constante: si en el resto del país hace rato que desaparecieron
unos cuantos productos de consumo básico, la excusa de
la lucha para detener el contrabando de extracción tiene
a la gente de esta zona en dieta permanente.
Los anaqueles de los abastos en la ciudad se ven repletos.
Pero desde lejos. Donde debía haber leche en polvo hay
jabón en polvo, donde debería apilarse el aceite
hay jabón azul, donde debería estar el azúcar
hay más jabones, pero de baño. Y así. Los comerciantes
se quejan de que esto no es nuevo. Señalan que, como
en toda Venezuela, padecen la escasez pero potenciada aún
más desde que el año pasado Hugo Chávez anunció
el llamado Plan Soberanía Alimentaria, cuya estrategia
central parece ser "que no llegue hasta Táchira, para
que no se vaya a Colombia".
"Y si vas a comprar la mercancía a San Cristóbal,
tampoco te dejan traerla a San Antonio porque y que se va
para Cúcuta", dice la joven Gladis Torres con algo de
frustración y hartazgo en la barra del pequeño negocio
que maneja con su padre: "Como que no se dan cuenta de que
aquí tenemos necesidades. Si tienes un fardo de arroz
para venderlo, te lo quitan diciendo que estás acaparando.
Esto está muy desabastecido. Lo que hay es puro jabón".
Luis, su padre, evoca mejores momentos: "Antes se conseguía
de todo".
Ese "antes" puede tener distintas lecturas. Para él
se trata de "hace como seis años", pero también
puede ser un momento bastante más cercano. El 4 de agosto,
hablando de múltiples importaciones, el ministro de Alimentación,
Rafael Oropeza, contó que una inspección en San
Antonio le permitió determinar que allí tenían
más comida de la necesaria: "Los volúmenes de abastecimiento
que había en esos almacenes se corresponden más
a poblaciones que tienen ciudades colombianas fronterizas
como Cúcuta". Entonces queda claro: había que cortar
el flujo. No combatir de manera más efectiva el gran
contrabando, sino reducirle el menú al Táchira.
Una manguera y a discreción
A partir de ese momento en la vecina Cúcuta asumieron
que la "frontera" se había trasladado unos kilómetros
más allá en vista de que el transporte con carga
de alimentos ya no podía circular libremente por el estado
andino. En enero la situación era grave y desde Fedecámaras
denunciaban que ya la industria de alimentos no podía
abastecer a la región en vista de los continuos decomisos
de mercancía.
Al cierre de enero, el presidente de Fedecámaras, José
Manuel González, señaló que en un mes el comercio
de San Antonio había caído en 85%. Mientras que
entre ese mes y la primera semana de febrero, las ventas en
los supermercados y grandes cadenas radicadas en Cúcuta
aumentaron 40%, de acuerdo con una encuesta de la Federación
Nacional de Comerciantes de Colombia. Los venezolanos, explicaron
en Fenalco y en la Cámara de Comercio de Cúcuta,
ante la escasez están cruzando la frontera para adquirir
lo que no encuentran en Táchira. Y los colombianos están
comprando más en su propio país lo que antes conseguían
-a un cambio ventajoso- más barato al otro lado de la
línea, especialmente los productos distribuidos por Mercal.
Para principios de febrero tan mal pintaba la situación
que los comerciantes de ambos lados buscaban la manera de
que los productores colombianos distribuyeran directamente
en Táchira artículos de consumo ajustados a los
precios controlados impuestos por el Gobierno. Eso, sin embargo,
quedó en suspenso una vez que se dispararon las tensiones
en marzo tras la muerte del jefe guerrillero Raúl Reyes
en territorio ecuatoriano. Y el gremio comerciante de Cúcuta
prefirió el bajo perfil durante los días de la llamada
"crisis andina" al extremo de que un comunicado firmado con
sus pares venezolanos terminó engavetado: prefirieron
no tocar más sensibilidades.
José Rozo, presidente de Fedecámaras Táchira,
asoma una propuesta distinta para combatir el contrabando
sin afectar tanto la vida de sus paisanos: "Que se regule,
vía Banco Central, el valor real del bolívar en
la frontera para equilibrarlo con el peso colombiano". La
debilidad de la moneda es lo que alimenta esa fuga: los supermercados
de Cúcuta tienen de todo, pero con un cambio de 0,42
pesos por bolívar, el negocio de cruzar a Venezuela es
atractivo. Y más todavía el del comercio ilegal.
"El contrabando es un delito económico y en estos casos
lo que hay que aplicar son medidas de tipo económico".
Tendrían que inventarse una buena propuesta también
para el caso de la gasolina. Los transportistas locales estiman
que necesitan 12 mil litros diarios de gasolina y gasoil.
Pero hay que estar aquí para entender cómo es eso
de vivir en un lugar en el que hay que dar vueltas para saber
cuál estación de servicio está operativa y
empezar en eso muy temprano porque hay que hacer largas colas
y el poco combustible que llega no alcanza para mucho, contando
además que entre San Antonio y Ureña existen más
de un centenar de empresas de transporte y 114 industrias
que requieren gasoil para sus operaciones.
El asunto es más complicado: parte del combate a la
extracción de gasolina lo hace la Guardia Nacional revisando
al azar a vehículos que van rumbo a Colombia en busca
de tanques modificados. O en busca, a veces, sencillamente
de tanques llenos que deben ser vaciados hasta la mitad dentro
del Destacamento Número 11. El instrumento de control
es casi ridículo: una manguera que marca el nivel de
líquido. Y ya.
Aún bajo ese régimen y mientras el Gobierno dice
estar calculando el consumo real de la región, por sobre
las restricciones se impone el empuje de la actividad binacional.
Por los puentes fronterizos se movilizan 40 mil vehículos
cada día y unos 500 de carga por jornada. En San Antonio
hay 4.500 negocios comerciales, 90 agencias aduaneras y 20
almacenadoras, pero además, según Rozo, "hay grandes
empresas: se producen cuatro millones mensuales de pantalones
de jean y algunas marcas famosas de calzado. También
hay autopartes, cuero y metalmecánica".
¿Cómo se mueve eso sin combustible?