Al ver a Chávez bailar hip hop después de decretar
la movilización, recordé una película de Woody
Allen llamada Bananas. Cuando la vi, hace mucho tiempo,
me indigné pues reproducía todos los estereotipos
sobre las repúblicas bananeras, los militares y los revolucionarios.
Con nuestro Presidente, Woody Allen se quedó corto. Se
declaró una cuasi guerra y los militares responsables
se quedan disfrutando del show presidencial. ¿Será
que ya nadie cree en los combates heroicos anunciados por
Chávez? ¿O quizás en el selecto grupo de invitados,
están seguros que guerra o no guerra, a ellos no les
pasará nada? En cambio, unos días después hemos
visto las fotos de madres y esposas de los soldaditos llevados
como eventual carne de cañón a la frontera, llorando
desesperadas porque si se produce un incidente armado, los
muertos serán ellos.
No creo que haya una guerra con Colombia. En la reunión
de la OEA, los miembros, sin siquiera nombrarlo, le dijeron
a Chávez que nada tenía que buscar en el conflicto
actual. Pero Chávez quiere guerra. Sigue buscando un
enemigo externo que aglutine al pueblo de Venezuela en torno
a su declinante liderazgo. Busca la guerra con sus palabras
violentas, con su prédica constante sobre enemigos históricos
o virtuales. Busca la guerra, porque a pesar de que habla
de su vida militar, nunca ha conocido lo que es una guerra.
La noche del domingo, después de la declaración
de movilización, en una televisora pasaron un reportaje
sobre Somalia, país sumergido en un conflicto cuyos motivos
ya nadie recuerda. En la capital, para evitar morirse de hambre
la gente se come a los perros callejeros. Estos perros están
gordos y bien nutridos porque se alimentan con los cadáveres
humanos que ya nadie recoge. Esas son las consecuencias de
la guerra, Sr. Chávez.
maru1789@yahoo.com