A pesar de las largas conversiones que sostuve con mis improbables
compañeros de espera en el aeropuerto de Damasco, ninguno
quiso hacer comentarios relativos al sistema de gobierno.
Un espejo de la situación que prevalece en el resto del
país. Decidí venir a Siria, el país más
occidental dentro del "eje del mal" (Bush dixit), por
su extraordinaria riqueza histórica, pero también
para ser testigo del culto a la personalidad, el gobierno
familiar compartido por padre e hijo durante 38 años.
Hafez al-Assad tomó el poder en 1970, y a su muerte
en el año 2000 el testigo fue entregado a su hijo Bashar,
de apenas 34 años. Para hacer esto posible fue necesario
modificar la edad mínima (entonces 40) para poder acceder
a la presidencia. Casi me puedo imaginar a la versión
siria de Willian Lara, argumentando que no se trataba de un
cambio oportunista, sino que los estudios biológicos
más recientes coincidencialmente concluían
que el cerebro humano ya estaba plenamente facultado para
dirigir una nación a partir de los treinta y cuatro años
y un día.
La familia al-Assad ha gobernado la nación con mano
de hierro. La última vez que se supo de la oposición
fue en 1982, cuando una revuelta organizada por Muslim
Brotherhood en la ciudad de Hama, fue repelida por más
de 8.000 efectivos militares del régimen (comandados
por un hermano del presidente), que masacraron a más
de 25.000 personas, sin ninguna distinción entre rebeldes
y civiles, y redujeron la ciudad a escombros en apenas tres
semanas. Terminada la revuelta, se reconstruyó la ciudad,
dejando una manzana entera en el centro completamente en ruinas.
Hama es palabra anatema aquí, no debe mencionarse entre
las ciudades a visitar a la llegada a Siria; pero ese silencio
convive con el testimonio macabro de la enorme manzana en
ruinas en medio de la ciudad, un ejemplo muy visual de lo
que podría ocurrir a cualquier trazo de oposición
que se dibuje en el horizonte.
Así, el gobierno y los habitantes de Siria parecen haber
alcanzado un equilibrio tácito. El Gobierno ofrece estabilidad
y seguridad, dos activos nada despreciables a la luz de la
experiencia de otros vecinos inmediatos (Líbano, Israel
y los territorios ocupados, e Irak). También ofrece seguridad.
Hace un par de meses, en noviembre 2007, cinco jóvenes
acusados de robo y asesinato fueron colgados de la hermosa
torre del reloj, en el centro de Aleppo, a la vista de todos.
A cambio, la gente ha optado por no hablar, no criticar, no
mencionar al Gobierno. No he podido conseguir en una semana
entera viajando por Siria a nadie dispuesto a hablar del régimen,
para bien o para mal. Si se habla, y seguro que se habla,
es de las puertas de las casas para adentro.
Mientras tanto, Bashar al-Assad observa desde todas partes,
su rostro está presente en todas las calles, esquinas,
estatuas, luces de faroles de las plazas, semáforos e
imanes de nevera (la imagen se vende en combo con Admadinejah
y Hassan Nasrallah, líder de Hezbolá). A decir verdad,
su imagen es más ubicua que la de Chávez en Venezuela,
aunque no hay aquí ninguna del tamaño de las que
cuelgan del techo de la antigua Pdvsa en Chuao, o en el Seniat
de Mata de Coco.
www.miguelangelsantos.blogspot.com