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Caracas, viernes 22 de febrero, 2008  
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Miguel Ángel Santos // De la puerta para adentro: soy yo o es el caos

No he podido conseguir en una semana en Siria a nadie dispuesto a hablar del régimen

A pesar de las largas conversiones que sostuve con mis improbables compañeros de espera en el aeropuerto de Damasco, ninguno quiso hacer comentarios relativos al sistema de gobierno. Un espejo de la situación que prevalece en el resto del país. Decidí venir a Siria, el país más occidental dentro del "eje del mal" (Bush dixit), por su extraordinaria riqueza histórica, pero también para ser testigo del culto a la personalidad, el gobierno familiar compartido por padre e hijo durante 38 años.

Hafez al-Assad tomó el poder en 1970, y a su muerte en el año 2000 el testigo fue entregado a su hijo Bashar, de apenas 34 años. Para hacer esto posible fue necesario modificar la edad mínima (entonces 40) para poder acceder a la presidencia. Casi me puedo imaginar a la versión siria de Willian Lara, argumentando que no se trataba de un cambio oportunista, sino que los estudios biológicos más recientes coincidencialmente concluían que el cerebro humano ya estaba plenamente facultado para dirigir una nación a partir de los treinta y cuatro años y un día.

La familia al-Assad ha gobernado la nación con mano de hierro. La última vez que se supo de la oposición fue en 1982, cuando una revuelta organizada por Muslim Brotherhood en la ciudad de Hama, fue repelida por más de 8.000 efectivos militares del régimen (comandados por un hermano del presidente), que masacraron a más de 25.000 personas, sin ninguna distinción entre rebeldes y civiles, y redujeron la ciudad a escombros en apenas tres semanas. Terminada la revuelta, se reconstruyó la ciudad, dejando una manzana entera en el centro completamente en ruinas. Hama es palabra anatema aquí, no debe mencionarse entre las ciudades a visitar a la llegada a Siria; pero ese silencio convive con el testimonio macabro de la enorme manzana en ruinas en medio de la ciudad, un ejemplo muy visual de lo que podría ocurrir a cualquier trazo de oposición que se dibuje en el horizonte.

Así, el gobierno y los habitantes de Siria parecen haber alcanzado un equilibrio tácito. El Gobierno ofrece estabilidad y seguridad, dos activos nada despreciables a la luz de la experiencia de otros vecinos inmediatos (Líbano, Israel y los territorios ocupados, e Irak). También ofrece seguridad. Hace un par de meses, en noviembre 2007, cinco jóvenes acusados de robo y asesinato fueron colgados de la hermosa torre del reloj, en el centro de Aleppo, a la vista de todos. A cambio, la gente ha optado por no hablar, no criticar, no mencionar al Gobierno. No he podido conseguir en una semana entera viajando por Siria a nadie dispuesto a hablar del régimen, para bien o para mal. Si se habla, y seguro que se habla, es de las puertas de las casas para adentro.

Mientras tanto, Bashar al-Assad observa desde todas partes, su rostro está presente en todas las calles, esquinas, estatuas, luces de faroles de las plazas, semáforos e imanes de nevera (la imagen se vende en combo con Admadinejah y Hassan Nasrallah, líder de Hezbolá). A decir verdad, su imagen es más ubicua que la de Chávez en Venezuela, aunque no hay aquí ninguna del tamaño de las que cuelgan del techo de la antigua Pdvsa en Chuao, o en el Seniat de Mata de Coco.

www.miguelangelsantos.blogspot.com

 



 
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