Cuando el avión de Conviasa aterrizó en Damasco
hace diez días, todos los equipajes fueron colocados
en forma de cuadrículas en un patio abierto, mientras
un escuadrón de perros antidrogas olisqueaban las maletas
con cierta voracidad. Pensé que se trataba de un procedimiento
normal en un Estado policial. Sin embargo, hace dos días
volví a aterrizar en Damasco, proveniente de Amman, y
toda mi preparación mental se diluyó en la sonrisa
de los mismos guardias, esta vez apurando a los tripulantes
hacia la salida sin ninguna medida de precaución.
Esta mañana, el vuelo de Conviasa volvió a hacer
escala aquí a primera hora de la mañana, proveniente
de Teherán, en ruta a Caracas. Estaba programado para
las 11:15 am. Dos horas después no se sabía nada
de él. Así llegué a saber que Conviasa no tiene
oficinas en Damasco, subcontrata a una agencia de viajes para
"administrar" la ruta. En Julia Duma (la agencia) se habla
árabe, poco inglés, y cero español. El grupo
de sesenta y ocho iraníes que salieron esta mañana
de Teherán no podían conseguir en todo el aeropuerto
a una sola persona que hablara farsi y les explicara lo que
estaba pasando.
Finalmente alguien dio con un controlador de tráfico
aéreo sirio con antepasados iraníes, que fue traído
a la puerta y les explicó en farsi que no aparecía
la gasolina que requieren las catorce horas de vuelo entre
Damasco y Caracas. Dos horas después, los altoparlantes
anunciaron en árabe que el avión estaba listo, los
sirios hicieron señas a los venezolanos e iraníes,
y abordamos el avión. Una hora después el capitán,
esta vez en español y en pésimo inglés, anunció
que el avión tenía un problema en una turbina, que
la reparación tardaría al menos una hora. Ante la
confusión general y los gritos de desesperación,
los venezolanos procedimos a explicar en inglés a los
sirios, y en señas a los iraníes, lo que estaba
ocurriendo.
Algunas horas después, un joven sirio descendiente de
ucranianos nos explicó (en inglés) que el vuelo
se cancelaría, a la turbina del Airbus le faltaba una
parte que no estaba disponible en Siria; había sido ordenada
a Madrid y tardaría en llegar. ¿Cuánto? Un
día, dos días, no se sabe. Mientras tanto, Conviasa
mantiene alojados a los más de 120 pasajeros con tres
comidas diarias en un hotel cinco estrellas (Ebla Cham Palace),
con un costo por día estimado en 12.000 dólares.
Esta mañana me encontré de nuevo a los iraníes
en la recepción, estaban nerviosos porque vieron a unos
sirios montarse en un autobús, y pensaron que iban al
aeropuerto. Pero qué va. Un sirio rezagado explicó
(en señas) que esto pasa todas las semanas, que el avión
no tarda en salir menos de dos días, así que están
yendo de compras y a fumar narguiles al viejo Damasco.
Los iraníes se miran unos con otros, se ríen, y
repiten "Venezuela, made in Venezuela". La ruta Caracas-Damasco-Teherán
es apenas un microcosmos, un tubo de ensayo, que describe
una forma de hacer política, de resolver problemas. Es
el mismo enfoque de Barrio Adentro llevado al aire, sin personal
venezolano, sin inventario de repuestos, y sin ninguna preocupación
por el sentido económico y social. Sólo un avión,
un escritorio, y eso sí, bastante real.
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