ANA MARÍA HERNÁNDEZ G.
EL UNIVERSAL
La pianista Monique Duphil, con larga trayectoria y cincuenta conciertos para piano y orquesta entre las conyunturas de sus dedos, le había sacado el cuerpo al Concierto No. 21 de Mozart. O por lo menos hasta el próximo viernes, cuando debutará finalmente con la pieza. ¿La razón? Para los pianistas, dice, es un fastidio que identifiquen la excelsa partitura del autor austríaco con la banda sonora de la película sueca Elvira Madigan (1967).
Lo cierto es que Duphil, una francesa tropicalizada a punta de sol venezolano, esperó cuarenta años para adentrarse en las notas de este concierto.
"Nunca la había aprendido. Saberme cuarenta y nueve conciertos es mucho. Este es el número cincuenta y me llevó un mes aprenderlo", comenta.
La experiencia de Duphil es parecida a la de los ejecutantes de su generación: en los años setenta, cuando se disponían a estudiar el concierto, lo normal era que los vecinos preguntaran: "¿Tocas Elvira Madigan?", como si a Mozart le hubiera tocado la anacrónica tarea de escribir música para películas.
"Sencillamente yo conocía este concierto como oyente", agrega Duphil. "Se identificaba con la película, y por esta razón nunca lo aprendí. Pero ahora estoy muy contenta de haber estado prácticamente obligada a aprenderlo, porque es una obra muy conmovedora".
La obligación proviene de una petición que le hizo la Orquesta Sinfónica de Venezuela y el director alemán Raoul Grüneis para iniciar este viernes 15 de febrero, a las 8:00 p.m., en el auditorio del Colegio Emil Friedman, la temporada musical 2008 de la agrupación.
"Es una pieza que tiene mucho contrastes de ánimo, partes nostálgicas, soñadoras. Partes muy alegres, con mucha imaginación. En algunas frases le siento como miedo a la muerte, como una amenaza. Es una obra muy impresionante", describe Duphil.
Grüneis concuerda con la solista, sobre todo en que es un concierto muy profundo. "Para mi es difícil por la conexión con la película, pero probamos tocar puro Mozart. Su profundidad es comparable a la de Don Giovanni. Muchas cosas me recuerdan a la ópera, la sensualidad de Zerlina en el segundo movimiento, el miedo a la muerte de Don Giovanni. Esa es una música que se da después de lo erótico. El último movimiento lo siento como una ironía, sarcástico, diabólico, sardónico. Para mi es fantástica la forma como Monique toca el concierto: no es rococó y tampoco música linda".
La otra obra, Sinfonía Alpina, Op. 64 de Richard Strauss, es "una obra maestra, dice Grüneis. "Esta sinfonía marca el final de las obras para grandes orquestas. Nada más fue posible después, contiene una perfección y profundidad tal, porque es mucho más que la descripción de la montaña. Strauss quería mostrar el Anticristo, tal como lo leyó de Nietzsche. Es muy profunda esa idea, y se desarrolla con una orquestación absolutamente perfecta. Después de esta sinfonía fascinante, no hubo más nada, marca el fin de una era".
Para el músico alemán, la respuesta de la OSV ha sido refrescante. "Están seguros de tocar con mucha emoción latina. La OSV toca esa decadencia y le da vida a esa música", acota.