Por estos días en Damasco, hacia el final de la tarde,
la temperatura se aproxima a cero grados. Eso hace todo aún
más irreal. A pesar del frío y de ser domingo, los
camareros del café Al-Nafura (la fuente) me aseguran,
a través de señas tan inequívocas como universales,
que Abu Shady vendrá. Se trata del último contador
de cuentos profesional (hakawati) de la tradición
Siria.
Como muchas otras tradiciones árabes, a esta también
le ha costado sobrevivir al siglo XX. Abu Shady está
dispuesto a mantenerla viva mientras pueda. Desde 1990 aparece
en este pequeño café en la parte de atrás de
la mezquita de Omayyad todas las tardes (más de seis
mil quinientas hasta hoy), ataviado con sus pantalones bombachos
grises y su chaqueta sin cuello del mismo color, una fez roja
y un mostacho similar al de Groucho Marx. Camina lentamente
hacia el pequeño podio que hay en medio del café,
abriéndose paso entre la gente y el humo de narguiles.
Se sienta con cierto aire de solemnidad, se pone los lentes,
saca del bolsillo su cuaderno de notas y lo abre, mira una
vez más a la concurrencia por encima de los cristales.
Comienza a leer.
La mayoría de los asistentes ya conocen sus historias,
vienen por la forma en que las cuenta, la entonación,
las interrupciones para intercalar chistes y comentarios,
las relaciones que hace con algunos de los asistentes, la
acentuación, y la forma en que deja caer tanto los silencios
como los golpes de sable que da sobre la mesa de cobre cuando
se requiere más énfasis.
Según me cuentan, la historia de esta noche ha sido
sobre un hijo del sultán Antar ibn Shadad, que conoce
al amor de su vida en el banco de una plaza, mientras va camino
a casarse con otra mujer que garantizaría la estabilidad
de su padre en el trono. Todas provienen de la tradición
escrita árabe, de héroes y episodios históricos,
de Las mil y una noches. En esta última, el rey
Shahryar es traicionado (adulterio) por su esposa con uno
de sus hermanos. A partir de ahí, ordena a través
de un decreto a su Visir que le consiga una mujer distinta
cada noche, que será degollada a la mañana siguiente,
y así sucesivamente. Scheherazade, hija del Visir, se
ofrece como voluntaria y consigue sobrevivir noche a noche
entreteniendo al rey con una serie de historias extraordinarias.
Con el tiempo se convertirá en reina, le dará tres
hijos, y el rey terminará por olvidar su decreto.
Escuchando a Abu Shady y recordando la historia que abre
la puerta de de Las mil y una noches (no eran sino
282 cuentos, 1001 representa "un numero interminable de noches"),
no pude dejar de pensar en todas esas historias que nos han
venido contando desde hace ya mucho tiempo. El magnicidio,
la invasión del imperio, el complot de la derecha golpista
que esconde los alimentos, los gallineros verticales, los
sicarios que contrata la oposición para luego protestar
por la inseguridad, las vacas ahogadas en Puerto Cabello,
la estación espacial venezolana, el asesinato de Bolívar;
a cada cual más extraordinaria, puestas allí todos
los días para distraer nuestra atención y prolongar
la vida política, en la mismísima tradición
de Scheherazade (con el perdón de Abu Shady y del más
noble de los oficios).
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