ROBERT ANDRÉS GOMEZ
Los mundos fabulados
Es curioso cómo los creadores, cuentistas, intérpretes
y fabuladores, todos esos seres que viven en su propio mundo
reinventando el mundo de a pie, terminan tarde o temprano
viviendo en la ficción de otros. Lo extraordinario de
sus vivencias, lo m´agico que habita en su imaginación,
pasan a ser parte del día a día del resto de la
humanidad en una suerte de divina comedia que ni el propio
Balzac habría imaginado.
Así, la vida de Bob Dylan -cuyos pulmones aún respiran
en esta tierra-, termina siendo una fábula coral que
se desmarca del biopic al uso tipo Ray o Johnny&June.
Con I'm not there (No estoy allí), Todd Haynes
-Safe, Velvet Goldmine, Lejos del cielo- ha violado
las convenciones de este "subgénero" en un atrevimiento
imperdonable que le ha dejado lejos de la Academia. No hay
que culparla, la cinta de Haynes es un material de museo digno
de la Tate Gallery y no propiamente del Oscar.
Como sea, en I'm not there no hay hechos biográficos.
No hay un Bob Dylan acudiendo a la escuela, o viendo morir
a la madre ni descubriendo una guitarra en el sótano
de la abuela. En I'm not there no hay abuela ni tampoco,
en realidad hay un Bob Dylan. Él, en realidad, no está
allí, al menos no en carne y hueso.
En I'm not there hay un niño llamado Woody, un
artista andrógino llamado Jude (Cate Blanchett), un fugitivo
de nombre Billy (Richard Gere), un cantante (Christian Bale)
-John-, que termina siendo predicador -Jake- y un actor desangelado
llamado Robbie (Heath Ledger).
En I'm not there hay historias, sensaciones, hay miradas
y visiones. Hay un mundo, raro, extraño, de ficción,
que reinventa la vida; la de Dylan, según el mundo de
Haynes.
No ha hecho falta la figura taciturna de Dylan, su cigarrillo
en mano y su mirada desoladora; un tanto decepcionada y un
tanto hacia el futuro. Sólo el eco de su mundo, notas
incluidas.
Haynes consigue que ese eco permanezca por más tiempo
y resuene dentro de cada quien. Produce sensaciones lúdicas,
de asombro, risa y a ratos de tristeza. Cada personaje es
como una cuerda de guitarra y cada actor va dejando su propia
huella.
La inocencia, la irreverencia, la sabiduría, la suerte,
la tristeza, quedan reflejadas en este viaje sin destino aparente
en el que Haynes marca la pauta y sus actores le siguen marcando
su propia senda.
Como Blanchett interpretando a un divo profundo, a un filósofo
pop que abre las entrañas de la imaginación de los
otros. O como Heath Ledger, que a ratos da la impresión
de mirarse a sí mismo: un actor que no encuentra su propio
lugar ni su satisfacción. Un actor a quien el mundo le
ha dejado una marca y ya no encuentra referentes en su espacio
inmediato. O como el propio Gere en ese rol inesperado huyendo
de la vida y topándose de sopetón con ella. Y con
él, el espectador a quien no le queda otra que pasarse
al otro lado del espejo y comenzar a andar en ese camino.
Y si ya I'm not there no ha sido fiel a la vida de
Dylan, -ni falta que ha hecho-; sí lo ha sido a su mundo,
al fin y al cabo, al mundo de la creatividad, de la imaginación,
de la poesía, de la vida, de las fábulas que habitan
dentro de cada quien.