MARÍA GABRIELA MÉNDEZ
EL UNIVERSAL
Un observador de solitarios. Eso fue Adriano González
León. Quizás porque la soledad era su más recurrente
compañera. Y así lo encontró la muerte la tarde
del sábado. Desde la soledad -la propia, la ajena- alimentó
la poesía que le se le daba fácil y que le hacía
tejer versos en el aire.
Solía encontrar las palabras para traducirse a sí
mismo. Por eso, cada cosa que dijo era una flecha en dirección
al blanco; la lucidez, la sabiduría, la memoria. Tres
condiciones que cultivó en sus 76 años de vida.
"En mi pueblo teníamos la esperanza de conocer el lago
de Maracaibo algún día. Nos decían que desde
Escuque lo podríamos ver, pero la bruma nos impedía
hacerlo; por eso nos dedicamos a imaginarlo", así probablemente
justificaba su manía de crear, de voltear el mundo, de
verlo a través de las palabras y de la poesía.
Su infancia marcó el rumbo definitivo. En una entrevista
dijo: "Yo creo que a una persona sin infancia rural, y esto
es una arbitrariedad mía, le cuesta mucho escribir, porque
los fantasmas habitan en los bosques. Y también están
esos fantasmas que salían a veces en los hogares. Los
juegos, la familia, la escuela, los animales, todo esta en
mis cuentos".
"No se puede escribir un cuento, ni siquiera un verso bueno,
si no hay una concepción del mundo. Y una buena escritura
tiene que ser el resultado del deseo de explorar el universo,
interior o exterior. Cuando esas exploraciones no se dan se
siente un hecho no cumplido", dijo en una entrevista en 1995.
Este intelectual escribió y habló sobre los más
diversos temas, no se guardó el desparpajo y nunca lo
abandonó el humor: "Desafortunadamente aquí lo único
que se lee es la Gaceta Hípica", solía decir.
Y sus críticas hacia la literatura local eran ampliamente
conocidas: "Es imposible que un escritor para poder escribir
escape del proceso pensante de su tiempo. Yo creo que uno
de los problemas de la literatura venezolana, salvo excepciones,
es la falta de información, de cultivo interior y las
ganas de entrar en la gran marea universal de las ideas. Creo
que hay mucho provincianismo".
Tenía moral para hablar de universalidad luego de que
su novela País portátil (1968) alcanzara
el reconocimiento con el Premio Biblioteca Breve. Obra que
le permitió entrar en la oleada del boom, al lado
de Carlos Fuentes, Julio Cortázar, José Donoso,
Miguel Ángel Asturias, Mario Vargas Llosa y Gabriel García
Márquez.
"La literatura de estos tiempos ha agarrado un carácter
industrial realmente impertinente. El libro se ha convertido
en un objeto de venta antes que de lectura. Siento que el
interés por el bestseller es sumamente grave", solía
criticar. "El que un libro sea el más vendido no significa
que sea el mejor y ni siquiera que sea el más leído.
La gente compra libros porque se ponen de moda, porque la
oferta publicitaria es exactamente igual al consumo. Muchos
escritores se ven beneficiados con este sistema, pero, lamentablemente,
dejan de ser escritores y se convierten en máquinas de
hacer libros".
Era sabida su admiración por Mariano Picón Salas,
Jorge Luis Borges, Miguel Ángel Asturias y Alejo Carpentier,
por sólo mencionar una minúscula lista que bien
podrían engrosar Bretón, Joyce o Lautreamont. El
surrealismo lo raptó y a él le debió sus relatos
breves y su poesía. También esos textos sin género
y no por ello menos valiosos. Adriano se empeñó
en "encontrar el más allá en el aquí
mismo".
"En mí las palabras se agolpan y resuenan con una fuerza
implacable, por eso sólo me interesa hablar de mis imágenes,
de las que surgen en mi propia mente y de las que heredé,
pero que yo trastoco. Nunca podré ser un escritor comercial,
ni siquiera soy un escritor profesional", dijo en una entrevista.
Apenas el 17 de diciembre escribió una bella carta a
su amigo Francisco Masiani: "Todos los tragos desde los mesopotámicos
son en honor de los poetas. De los poetas como tú , que
domestican las constelaciones y las meten en una copa. Y se
la beben solitarios, para mayor riqueza de la imaginación.
Recuerdo que Omar Kayam decía 'Voy por el camino con
mi botella y mi sombra. Afortunadamente mi sombra no bebe'".
"La barra de un bar", decía, "es un templo para la imaginación":
Nadie duda de que en muchas barras de Las Mercedes se fraguaran
muchas de las historias.
Eran famosas sus clases en las escuelas de Letras y de Comunicación
Social. Cuando no daba clases sentía nostalgia: "La gente
me está esperando. Lo digo con mucho orgullo y me da
una enorme tristeza acercarme por los pasillos y ver que no
estoy ahí ya" (2001).
"Creo que todo escritor, si no parte de la poesía, jamás
podrá lograr nada importante. La poesía es la madre
de los géneros, es la sustancia fundamental en la creación,
hasta el punto de que hoy en día no establezco diferencia
entre los géneros".
Adriano le puso nombre a la muerte de sus seres más
queridos : "Son agresiones, yo las llamo agresiones de la
naturaleza o de Dios, no sé". Basta sentir el inmenso
hueco que deja su partida para entender esa agresión
que es la ausencia.