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Caracas, lunes 14 de enero, 2008  
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Santiago Quintero // La educación emocional

En muchas circunstancias y en muchas ocasiones, el ser humano se siente impulsado a ser violento. La mayoría de las veces, tanto los medios de comunicación como la Sociedad en general, observan la situación desde las perspectivas de sus consecuencias, de sus efectos. Y de acuerdo a éstos, se califica como nociva. Cuando el crimen ha sido consumado, cuando el accidente ocasionado nos da muestras de su sangre y dolor, cuando los hematomas del ultraje se evidencian, cuando las lesiones son más que elocuentes.

Hay mucha inteligencia para analizar causas, para proyectar efectos.Pero muy poca para resolverlos.Allí hay ausencia de inteligencia, allí el cuociente intelectual se hace cero. Allí se encuentran agotados nuestra creatividad, nuestro ingenio, nuestro desarrollo civilizado del cual tanto nos ufanamos. Allí la Sociedad vuelve a ser primitiva como hace decenas de miles de años, allí el hombre vuelve a enseñarnos su rostro de primate enfermo. ¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué no resolvemos el problema? ¿Qué nos falta por hacer, si todo lo hemos hecho? La firme creencia de que es así, nos impide ver el fondo del problema.
El victimario es acusado, amonestado, sancionado y castigado según lo establece la Ley. La Sociedad se siente retribuida.Ha triunfado la Justicia.La investigación termina. El victimario pasa, pero el crimen queda. Y vuelve a ocurrir y se reproduce sin que nadie pueda explicarse por qué, a pesar que Galileo ya utilizó unos lentes para ver las lunas de Júpiter y hay psicólogos,  psiquiatras y sociólogos.Pero nadie los contrata para que investiguen el estado del delincuente y del delito luego de su consumación. Para que indagen su entorno, sus relaciones afectivas.Sencillamente porque decimos: ya para qué, ya pasó, ya las vidas se perdieron, ya es tarde. Y no pensamos en la vida que aún vive, y en la vida que está por venir.

Es mas fácil pensar en construir una nueva casa para el castigo que en una entrevista para la redención. Buscar la salida más costosa, que iguale en dinero a la magnitud del problema.Así nos agradaría saber que ahora si vamos a resolver el problema porque hay recursos. Y hasta pensamos en la próxima Torre Petrona, bien grandota, para que sea la gran cárcel donde quepan todos los delincuentes. Pero las armas siguen libres, a ellas ni con el pétalo de una rosa.Ellas gozan de nuestra aceptación, de nuestra bendición, de nuestros elogios estéticos. A ellas les damos todos los aplausos, en el cine, en la televisión, en el videojuego. Nunca nos detenemos a pensar si educamos las emociones que ellas provocan, si colocamos en perspectiva lo que significan. ¿Alguien ha escuchado algo sobre educación emocional? Nadie. Eso no existe. Hay inteligencia emocional pero no educación emocional. ¡A quién se le ocurre! Pero en nosotros es común aquello de ¡me provoca matarlo!, cuando nos referimos al ser querido que hizo algo que no es de nuestra aprobación.Pero la cosa no pasa de allí, quizás porque el amor familiar hizo algo más importante en nosotros que la propia escuela, que el liceo, que la universidad: nos educó las emociones.

Así entendemos que el analfabetismo emocional es mucho más funcional que la más preciada de las lecciones de letras o matemática. Ante un estímulo contrario que contradiga a la emoción, si esta no se ha educado, es capaz de matar como lo hace un depredador con su presa. Al animal se lo perdonamos. Al tigre o al león lo vemos comiendo su presa y decimos ¡qué bello! En el ser humano, sin embargo, lo vemos como un crimen. No obstante, aplaudimos a rabiar al  triunfador de una pelea de boxeo, sin pensar en el daño psicológico o físico que se ha causado al contrincante, a su familia, a sus hijos. Nadie piensa en ellos. Así como nadie auxilia a la familia del delincuente, nadie coopera con llevar atención a esos seres inocentes. No. Son tambien víctimas del crimen cometido por su familiar, el cual puede ser pobre o rico, pero era un analfabeto emocional que sucumbió ante la falta de control de sus emociones.

Lo importante de la entrevista con el reo es indagar dónde estuvo la carencia afectiva, dónde faltó la enzima del amor para que inhibiera su violencia.Quizás estamos en presencia de una enfermedad sociológica y no nos damos cuenta porque es mas fácil contar los cadáveres que están a la vista, que hurgar en el entorno del monstruo para averiguar por qué no se le brindó la educación emocional que merecía.Alguen dirá: ¡pero eso es un problema de familia, que cada quien  lo resuelva! Hasta el momento que el destino nos atrape y un depredador haya alcanzado a uno de nuestros seres queridos.Es hora de reflexionar y de ampliar socialmente nuestra perspectiva de las emociones. El problema de la seguridad, aunque usted no lo crea y dogmáticamente no lo queramos ver, es un problema de emociones desbordadas. Es hora de afrontar el desaguadero emocional si queremos evitar el derramamiento de la vida humana.

santiagoquintero@gmail.com



 
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