En muchas circunstancias y en muchas ocasiones, el ser humano
se siente impulsado a ser violento. La mayoría de las
veces, tanto los medios de comunicación como la Sociedad
en general, observan la situación desde las perspectivas
de sus consecuencias, de sus efectos. Y de acuerdo a éstos,
se califica como nociva. Cuando el crimen ha sido consumado,
cuando el accidente ocasionado nos da muestras de su sangre
y dolor, cuando los hematomas del ultraje se evidencian, cuando
las lesiones son más que elocuentes.
Hay mucha inteligencia para analizar causas, para proyectar
efectos.Pero muy poca para resolverlos.Allí hay ausencia
de inteligencia, allí el cuociente intelectual se hace
cero. Allí se encuentran agotados nuestra creatividad,
nuestro ingenio, nuestro desarrollo civilizado del cual tanto
nos ufanamos. Allí la Sociedad vuelve a ser primitiva
como hace decenas de miles de años, allí el hombre
vuelve a enseñarnos su rostro de primate enfermo. ¿Qué
ha ocurrido? ¿Por qué no resolvemos el problema?
¿Qué nos falta por hacer, si todo lo hemos hecho?
La firme creencia de que es así, nos impide ver el fondo
del problema.
El victimario es acusado, amonestado, sancionado y castigado
según lo establece la Ley. La Sociedad se siente retribuida.Ha
triunfado la Justicia.La investigación termina. El victimario
pasa, pero el crimen queda. Y vuelve a ocurrir y se reproduce
sin que nadie pueda explicarse por qué, a pesar que Galileo
ya utilizó unos lentes para ver las lunas de Júpiter
y hay psicólogos, psiquiatras y sociólogos.Pero
nadie los contrata para que investiguen el estado del delincuente
y del delito luego de su consumación. Para que indagen
su entorno, sus relaciones afectivas.Sencillamente porque
decimos: ya para qué, ya pasó, ya las vidas se perdieron,
ya es tarde. Y no pensamos en la vida que aún vive, y
en la vida que está por venir.
Es mas fácil pensar en construir una nueva casa para
el castigo que en una entrevista para la redención. Buscar
la salida más costosa, que iguale en dinero a la magnitud
del problema.Así nos agradaría saber que ahora si
vamos a resolver el problema porque hay recursos. Y hasta
pensamos en la próxima Torre Petrona, bien grandota,
para que sea la gran cárcel donde quepan todos los delincuentes.
Pero las armas siguen libres, a ellas ni con el pétalo
de una rosa.Ellas gozan de nuestra aceptación, de nuestra
bendición, de nuestros elogios estéticos. A ellas
les damos todos los aplausos, en el cine, en la televisión,
en el videojuego. Nunca nos detenemos a pensar si educamos
las emociones que ellas provocan, si colocamos en perspectiva
lo que significan. ¿Alguien ha escuchado algo sobre educación
emocional? Nadie. Eso no existe. Hay inteligencia emocional
pero no educación emocional. ¡A quién se le ocurre!
Pero en nosotros es común aquello de ¡me provoca matarlo!,
cuando nos referimos al ser querido que hizo algo que no es
de nuestra aprobación.Pero la cosa no pasa de allí,
quizás porque el amor familiar hizo algo más importante
en nosotros que la propia escuela, que el liceo, que la universidad:
nos educó las emociones.
Así entendemos que el analfabetismo emocional es mucho
más funcional que la más preciada de las lecciones
de letras o matemática. Ante un estímulo contrario
que contradiga a la emoción, si esta no se ha educado,
es capaz de matar como lo hace un depredador con su presa.
Al animal se lo perdonamos. Al tigre o al león lo vemos
comiendo su presa y decimos ¡qué bello! En el ser humano,
sin embargo, lo vemos como un crimen. No obstante, aplaudimos
a rabiar al triunfador de una pelea de boxeo, sin pensar
en el daño psicológico o físico que se ha causado
al contrincante, a su familia, a sus hijos. Nadie piensa en
ellos. Así como nadie auxilia a la familia del delincuente,
nadie coopera con llevar atención a esos seres inocentes.
No. Son tambien víctimas del crimen cometido por su familiar,
el cual puede ser pobre o rico, pero era un analfabeto emocional
que sucumbió ante la falta de control de sus emociones.
Lo importante de la entrevista con el reo es indagar dónde
estuvo la carencia afectiva, dónde faltó la enzima
del amor para que inhibiera su violencia.Quizás estamos
en presencia de una enfermedad sociológica y no nos damos
cuenta porque es mas fácil contar los cadáveres
que están a la vista, que hurgar en el entorno del monstruo
para averiguar por qué no se le brindó la educación
emocional que merecía.Alguen dirá: ¡pero eso es
un problema de familia, que cada quien lo resuelva!
Hasta el momento que el destino nos atrape y un depredador
haya alcanzado a uno de nuestros seres queridos.Es hora de
reflexionar y de ampliar socialmente nuestra perspectiva de
las emociones. El problema de la seguridad, aunque usted no
lo crea y dogmáticamente no lo queramos ver, es un problema
de emociones desbordadas. Es hora de afrontar el desaguadero
emocional si queremos evitar el derramamiento de la vida humana.
santiagoquintero@gmail.com