El ejercicio de la profesión del Derecho siempre ha
dado mucho que hablar. Sin lugar a dudas, son tiempos y circunstancias
difíciles para quienes nos corresponde cumplir este oficio.
No obstante, advertimos una verdad incuestionable: ha cambiado
la praxis del jurista, ora litigante, ora corporativo. Reconociendo
las enseñanzas del famoso "Decálogo" del maestro
Couture, y sin olvidar el valioso aporte del "Alma de la Toga"
del reputado autor Osorio; hoy dibujamos algunos principios
rectores a respetar por los abogados en su ministerio.
En primer orden, rechazamos la afirmación por errónea,
acerca del "exceso de abogados" en el país. Lo cierto
es que la ciencia del Derecho continúa exigiendo el estudio
diario, la docencia, el ejercicio corporativo y en los tribunales.
Por ello, debe acudirse al arte de la expresión oral,
escrita y corporal. La Jurisprudencia, la Ley y la Doctrina
(esto es, lo que han escrito los expertos), siempre se darán
la mano. El abogado conforma "ciencia y arte", aunque, en
estos días, afirman, representa "más arte" que ciencia.
El peligro está cuando el componente "ciencia" se ausenta
en quienes, no muchos, administran e imparten justicia, o
desempeñan altos cargos en la función pública
en su carácter de abogados. Otros sostienen, en atención
a lo anotado, que el abogado exitoso y más "buscado"
es aquel que logra resolver los conflictos de forma rápida
y menos dispendiosa; sin "pisar los tribunales". Hay que procurar
conocer todas las áreas del Derecho, aunque resaltamos
la importancia de los especialistas. Debe formarse equipo
de trabajo con varios colegas en la búsqueda de soluciones
acertadas.
Es fundamental para alcanzar el éxito: la capacidad
para precisar la voluntad del representado. Determinar: ¿Qué
persigue el cliente? ¿Qué resultados espera obtener
de su abogado? Algunas veces ni el cliente lo sabe. El abogado
debe patrocinar las causas que acepta como propias. Asumirá
el interés ajeno como interés personal para aumentar
el grado de diligencia y certeza profesional, lo que se traduce
en óptimos beneficios. El objetivo es la victoria; aunque
para alcanzarla, se adviertan las posibles injusticias "propias
de la Ley". Todo vale, siempre que la defensa lo requiera
y nuestra moral o ética lo autorice. Sin embargo, subrayamos
que la moral, la razón y el derecho, persistirán
en eterna disputa. Parte de nuestra defensa es analizar los
argumentos de "ataque" del oponente.
De seguidas otros dogmas. No abandonar al poderdante, salvo
que sea indigno de nosotros. La renuncia al patrocinio será
la excepción; debemos substanciar el caso en procura
del triunfo. El norte es mantener al poderdante satisfecho
en el decurso de nuestras gestiones. La vocación y el
sentido común jurídico aumentan con los años
del ejercicio profesional. Hay que mantener "equilibrio mental"
en el triunfo y en la derrota. Preocúpese si el abogado
de la otra parte lo alaba, lo corriente es observar lo contrario.
Nadie posee el monopolio del saber; sólo la imaginación
vence al conocimiento. El abogado honesto es aquel que le
señala a su representado el camino correcto; aunque éste
no acate el consejo y equivoque a su voluntad. Por último,
hay quienes desacreditan al abogado; por lo que, cuestionamos:
¿qué pensar acerca de aquel que lo llama para desenredar
sus "desaguisados"?
Abogado Litigante. Profesor UCV, UCAB y USM.
asomivis@cantv.net