Como los del Chapulín Colorado, todos los movimientos
de Chávez "están fríamente calculados". Inicialmente,
había pedido tiempo para elaborar su proyecto de abolir
la Constitución y preparar la maquinaria y afinar el
ventajismo para hacerlo aprobar, esperando entre otras cosas
que lo ayudara el abstencionismo incontaminado "de oposición".
Pero en esas el gordo Antonini se dejó pescar "maleteando"
unos dólares que trasladaba confiado en que tanto Cadivi
como el Seniat se habían hecho una vista tan gorda como,
muy justamente, el propio portamaletas, quien olvidó
que como dice el dicho, "seguro mató a confianza". Confiado
por su parte en su invencibilidad, Chávez decidió
adelantar la fecha de un referéndum aprobatorio que estaba
seguro de ganar. El adelanto haría que la gente se olvidara
de maletines y esas cosas.
Ni para una caimanera
La cuartilla anterior relata una versión de la prisa
de Chávez en hacer votar sus "reformas" frente a la cual,
debo decirlo, siempre fui escéptico: nunca creía
a un gobernante tan cretino como para montar un truco tan
infantil. Pero al escuchar ahora la novela río de Chávez
sobre la muerte del Libertador a manos de esos colombianos
malucos, de lo que comienzo a dudar es de mi escepticismo:
pensar que ese alboroto se arma cuando se destapa de nuevo
el dolarizado maletín, y para taparlo, no es tan descabellado
como lo supuse antes: porque uno puede creer en una coincidencia,
pero ¡en dos!.. Chávez pensó en el primer caso que
referéndum mata maletín, y que en el segundo, Libertador
remata el mismo maletín.
La táctica no era errada, en el escenario de un triunfo
suyo del cual Chávez no dudó ni un minuto. Pero
en aquel caso, nuestro Chapulín Colorado (o sea, rojo-rojito)
"no contaba con la astucia" de un pueblo que logró derrotarlo
en el referéndum. Que insista ahora con ese bate quebrado,
indica que Chávez no es ni siquiera bueno para una caimanera.
El rancho ardiendo
De modo pues, que no caigamos en la trampa, poniéndonos
a discutir sobre las lejanas cenizas del Libertador cuando
nuestro propio, contemporáneo, actual, rancho está
ardiendo. No caigamos en la trampa: lo que se busca con ese
escándalo patriótico es también ocultar que,
"a la sombra del misterio" (como hubiese dicho el mismísimo
Libertador), Chávez prepara algo grueso.
En primer lugar, busca que la gente, sobre todo en el exterior,
se olvide de que fue derrotado en el referéndum. Y además,
remendar el capote del desastre del actual diciembre, tratando
de rodear el obstáculo de diversas formas, la más
peligrosa de las cuales es la convocatoria de una Asamblea
Constituyente, idea a la cual es necesario oponerse con toda
la energía posible. Entre las razones para oponerse a
eso hay dos principales, una de principios y otra circunstancial.
La primera es caer en la viejísima maña venezolana
de elaborar constituciones inmaculadas nada más que por
el gusto de desvirgarlas: "La Constitución es un librito
de tapas amarillas que se cambia todos los años y se
viola todos los días" solía decir Lucho Villalba.
Argumento de mala fe
Por cierto, séanos permitida una digresión: dicen
ahora Chávez y sus "fosforitos" de ambos sexos que la
Constitución de 1999 es tan perfecta, que ahora la oposición
la defiende y la considera intangible. Ese, por supuesto,
es un argumento de mala fe. Lo que se defiende, entre otras
partes en esta columna, no es ese adefesio votado en 1999
en medio del deslave de Vargas, sino la existencia de una
Constitución, cualquiera que ella sea, frente al propósito
de Hugo Chávez que es abolir toda Constitución para
disfrutar de un poder discrecional absoluto.
Lo circunstancial a que aludíamos más arriba no
lo es del todo, ya que forma parte de la misma tradición.
Con excepción de la de 1830, la de 1936, la de 1947 y
la de 1961, todas las reformas constitucionales han tenido
nombre y apellido, pues lo único que en realidad importaba
era eliminar ese molestoso artículo que prohibía
la reelección inmediata. Es por eso que a la Asamblea
de 1999 la bauticé desde el inicio "la Reelectuyente",
y ni siquiera tuve que sentarme a la puerta de mi tienda para
ver pasar el cadáver de mi enemigo: la cosa salió
tal cual lo dijimos.
Lo único que le interesa
No hay que ser muy agudo para advertir que una nueva Asamblea
Constituyente buscaría lo mismo: aprobar lo único
que le interesa a nuestro novísimo abridor de sarcófagos,
o sea la presidencia vitalicia; tanto que se sentiría
complacido en extremo si la nueva Constitución propuesta
tuviese un solo artículo: "Se establece la presidencia
vitalicia con poderes absolutos del Héroe del Museo Militar,
Mariscal Hugo Rafael Chávez Frías, hasta la consumación
de los siglos. Firmado, Dios y Chávez, Mariscal Hugo
Rafael Chávez Frías, Presidente; Adán Chávez
Frías, Secretario. Comuníquese y Publíquese".
Pero no es cosa de broma. La convocatoria a una nueva y muy
acelerada Asamblea Constituyente (en un país donde la
palabra "constituyente" tiene un hálito mágico)
puede ser la más astuta forma de volver a plantear esa
abolición de la Constitución que fue derrotada el
dos de diciembre. Por mucha paz y tranquilidad que se desee
para comer las hallacas, es mejor hacerlo con los ojos bien
abiertos para evitar que un madrugonazo nos condene a comerlas
intranquilos y con la misma salsa llanera durante muchísimos,
demasiados años.
hemeze@cantv.net